The Human Career: Human biological and cultural origins.
(La profesión humana: los orígenes culturales y biológicos de la humanidad)
Richard G. Klein.
The University of Chicago Press (2009)

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El paradigma científico postula la existencia de la realidad —no una realidad, sino la realidad—, y postula además que ésta es única y es cognoscible. Así nos educó la matemática —"el valor de pi […], que alguna vez fue presentado como constante y universal, es percibido ahora en su inescapable historicidad" dijo la burla de Sokal,† que era tan buena burla porque pi existe, es único y lo conocemos—, y nos lo han demostrado una y otra vez a lo largo de la época de oro actual de la humanidad la física, la química, la biología, la ingeniería, la medicina… Y mejor ahí le paramos porque empezamos a tener problemas conforme nos acercamos a la medicina ⎯la homeopatía no existe, pero cura⎯, la psicología, la sociología, la antropología social, la economía y la poesía moderna; en donde encontramos razones convincentes para discutir la existencia de una realidad y su cognoscibilidad. No me deja de preocupar el futuro de mi relación con mis amigamps de debate feminista luego de venir a contarles no sólo que existen razones convincentes para postular el origen de algunas de nuestras características como humanos —el bipedalismo, digamos— en la capacidad femenina de cuidar la prole y recibir alimentación de los machos —como si fuéramos curas del siglo… digo, de cualquier siglo—, sino además, de argumentar que es necesario conocer estos argumentos y, si se me permite la osadía, convencerlamps de que pertenecen a esa realidad única y cognoscible.
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The Medea Hypothesis: Is life on earth ultimately self-destructive?
(La hipótesis de Medea: ¿La vida en la tierra es a fin de cuentas autodestructiva?)
Peter Ward
Princeton University Press (2009)

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A finales de la década de 1970 —simultáneamente con The Wall de Pink Floyd y la aparición de The Police—, James Lovelock, un admirado científico con formación de químico y médico, quien había medido, gracias a un invento original, los clorofluorocarbonos en la atmósfera —y abrió así el camino al descubrimiento del agujero del ozono—, volvió famosa una idea —la hipótesis de Gaia— que él venía madurando desde los años sesenta (los mismos que entronizaron a The Beatles y Bob Dylan). Dicha hipótesis, como tantas otras ideas famosas, tiene significados distintos para la numerosa humanidad que la menciona, pero trataremos de concentrarnos, como lo hace Ward en el libro que nos ocupa, en el que podemos denominar su significado científico: la vida tiende a ajustar el ambiente —la temperatura, el pH del océano, la composición de los gases en la atmósfera— en condiciones que permitan su bienestar, el de la vida. O sea que cuando alguna causa provoca el aumento o la disminución del CO2 por fuera de las concentraciones atmosféricas que permiten la vida en la tierra, la vida misma se ajusta para que el CO2 deje de aumentar o de disminuir, y así la vida sigue. La causa que provoque un efecto contrario a la vida puede estar, desde luego, desprovista de volición, como la actividad volcánica o la colisión con un asteroide. Pero también puede provenir de la voluntad de uno de los múltiples representantes de la vida, por ejemplo la de los humanos de recorrer grandes distancias a gran velocidad a bordo de poderosos automóviles.
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Global Catastrophes and Trends: The next fifty years
(Catástrofes y tendencias globales: Los cincuenta años que siguen)
Vaclav Smil
The MIT Press (2008)

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Vaclav Smil no tiene comparación. Quizá lo recuerden. Es el profesor canadiense con quien coincidí hace dos años en Harvard al que “se la prenden unos foquitos en los ojos […] —justo a un lado de un letrero que no alcanzo a ver pero que juro que está ahí y que dice on— y empieza a hablar” Entre aquella visita y ahora, ya publicó dos libros (y tiene planes para publicar dos más este año y otros dos en 2010): Energy in Nature and Society ⎯que presentaremos en este espacio próximamente⎯ y el que ahora nos ocupa: Global Catastrophes and Trends: The next fifty years. Me imagino a Smil pensando “y ahora, ¿qué escribo?”, y respondiéndose inmediatamente que nos va a hacer una lista pormenorizada de las catástrofes ⎯las que le parecen amenazadoras y las que le parecen absurdas⎯ que podrían hacerle un serio daño súbito a la humanidad. Además, añade todas aquellas acciones globales en curso que pueden, poco a poco, destruir a la humanidad tal y como la conocemos. Y hace una cosa más: limita su estudio a lo que puede ocurrir con estas dos formas de tragedia —las catástrofes y las acciones globales— en los próximos cincuenta años, como diciendo que más allá de eso ya no nos garantiza nada.
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Something New Under The Sun: An environmental history of the twentieth-century world
(Algo nuevo bajo el sol: Una historia ambiental del mundo vigesímico)
J. R. McNeill
Norton (2001)

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No nos cansamos de expresar nuestra admiración ante los portentosos acontecimientos de la modernidad. Es que, mire usted, de verdad que son impresionantes. Imaginemos la investigación en la que pretendemos averiguar cuántos homínidos —primates superiores más o menos identificables con el homo sapiens— han vivido en toda la historia. Luego, para cada época, habría que hacer la estimación de su esperanza de vida media, con el objetivo de calcular cuantos años humanos se han vivido en absoluto. El cálculo, hecho por algunos valientes demógrafos, apunta a que han nacido unos 80 mil millones de homínidos. Y que entre todos hemos vivido unos 2.16 millones de millones de años. Lo portentoso de la modernidad es que de ese montón de años humanos, el 28% se han vivido después de 1750 —poco más de un cuarto del total en los últimos dos siglos y medio—, que 20% desde 1900 —un quinto del total en el último siglo— y 13% después de 1950 —un octavo en menos de sesenta años, sin contar los años que vivieron antes de 1950 personas que aún están vivas—. ¿Cuál es el precio ambiental de este portentoso crecimiento de la población humana? ¿Cómo hemos modificado el ambiente en el proceso de convertirnos en esta multitud? El autor de este libro, profesor de historia en una universidad de Washington, no se plantea contestar estas preguntas en toda su posible amplitud, sino sólo en el sentido de los cambios que este portento ha producido desde el punto de vista del propio ser humano. Es decir, plantea la pregunta limitada de ¿cuáles han sido los efectos de la multiplicación de los humanos en el ambiente que sirve las necesidades de los mismos seres humanos? Además limita su estudio al siglo pasado. Límite que resulta ahora sí que académico, porque, como veremos, casi todo lo que le hemos hecho al ambiente se lo hemos hecho durante el siglo pasado.
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Hubbert´s Peak: The Impending World Oil Shortage
El pico de Hubbert: La inminente escasez de petróleo
Kenneth S. Deffeyes
Princeton University Press (2001)

Deffeyes

El petróleo es un recurso natural no renovable. Acerca de eso no cabe la menor duda. Y la cantidad de petróleo que hay en la Tierra es finita. Tampoco hay duda. La humanidad consume en la actualidad grandes cantidades de petróleo; el consumo crece año con año, mes a mes, día tras día. Es aquí donde ya se puede empezar a discutir. Los contreras querrán discutir qué significa “una gran cantidad”. Pueden argumentar que los 84 millones de barriles de petróleo que quemamos cada día no son tantos. Pudieran tener razón, el tamaño de ese número debe medirse en comparación con la cantidad —finita— de petróleo que hay en la Tierra. Y ahí es donde la puerca tuerce el rabo. Porque nadie sabe cuánto petróleo hay en la Tierra.
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The God Delusion
(La humana fantasía de dios)
Richard Dawkins
Houghton-Mifflin (2007)

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En La creación, su más reciente libro, el “eminente biólogo de Harvard” E. O. Wilson presenta una magistral clase de biología —ecología, evolución, conservación— en la forma de una carta dirigida a un imaginario pastor protestante, a partir de la justificación de que las dos fuerzas más poderosas de la sociedad gringa son la ciencia y la religión. Así, el argumento de Wilson es que, independientemente de que estemos de acuerdo o no con respecto a la evolución, nos podríamos poner de acuerdo en la necesidad de evitar la extinción de especies en la que estamos metiendo al mundo —su comparación dice que antes de la existencia de los humanos se extinguía una de cada cien mil especies cada año, ahora se extinguen mil de cada cien mil especies al año—. Este guiño a la mochilez es un tanto sorprendente para un universitario mexicano acostumbrado a la muy efectiva separación de la iglesia y los asuntos públicos que norma nuestra convivencia. No es que no se note que oficialmente somos un pueblo de noventa y tanto por ciento de católicos, ni que no los haya entre todos los actores de la vida pública, ni que la jerarquía de la iglesia se quede calladita y no se meta en los asuntos públicos, ni que la campana de la capilla coapana no esté a diez metros de la recámara de mi adolescencia. Pero nuestro peso no mienta a dios, nuestros políticos —normalmente— tampoco y las escuelas religiosas se mantienen moderadamente a raya gracias a los esfuerzos de la SEP por defender la educación laica. Así que llama mucho la atención la ubicua presencia de la religión en la sociedad gringa. Desde los vestigios triviales del puritanismo que prohíben la venta de alcohol los domingos antes de las doce del día —¿quién toma chela antes de las doce? pero, ¿por qué no podemos ir por ellas temprano para irlas enfriando?—, pasando por las increíblemente estultas transmisiones de tele de los pastores de todas las denominaciones posibles, hasta la necesidad, la oportunidad y la pertinencia de un libro como el de Dawkins.
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The Worst Hard Time
(Los tiempos más difíciles)
Timothy Egan
Mariner Books (2006)

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La historia es bastante directa. La pradera donde pastó el búfalo fue colonizada —la civilización moderna es una cosa de blancos, dice un personaje en Queimada de Pontecorvo— durante el siglo XIX, y el búfalo y los comanches fueron sustituidos por vacas y cowboys —el rancho XIT tenía ciento cincuenta mil cabezas de ganado y mil doscientos kilómetros de alambradas (el alambre de púas se inventó en 1874) en 1887. La pradera y sus pastizales formaron el ecosistema más grande de Norteamérica, con excepción del bosque boreal, con cobertura de 21% del área de Estados Unidos y Canadá actuales. En Texas, tan sólo, el ecosistema tenía 470 especies nativas. Pero, durante la segunda década del siglo XX, la presión demográfica y el destino manifiesto y el automóvil y los tractores y los fertilizantes modificaron una vez más el equilibrio económico y las vacas y los cowboys fueron sustituidos por agricultores con la misión de producir trigo y maíz. En la zona de las grandes praderas, la Homestead Act de 1862 fue modificada a principios del siglo XX para proporcionar 260 hectáreas por familia —o el doble si se invertía en irrigación. La zona que nos interesa para este remojo de barbas es la llamada vasija de polvodust bowl—, una zona de 250 km de ancho por 300 de altura en la frontera entre los estados de Nebraska, Colorado, Kansas, Nuevo México, Texas y Oklahoma. Esa zona produjo cantidades récord de maíz y trigo durante los años veinte. En coincidencia con buenos precios del grano en el mercado internacional, se generó una fiebre del oro agrícola y se crearon pueblos de la noche a la mañana.
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Creating the Twentieth Century:
Technical Innovations of 1867-1914 and Their Lasting Impact
(La creación del siglo veinte:
Las innovaciones técnicas de 1867-1914 y su impacto en la actualidad)
Vaclav Smil
Oxford University Press (2005)

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De nuevo con el tema Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. En los inicios del siglo veintiuno nos hemos acostumbrado a que la técnica en la que fuimos entrenados sea inconmensurable con la técnica en la que son entrenados los profesionales que nos reemplazarán cuando nos jubile el ISSSTE. O lo podemos ver así: durante la abrumadora mayoría de la historia de la humanidad el entorno vital de un individuo —sus quehaceres diarios, sus herramientas, sus costumbres, sus relaciones sociales, sus etapas de vida, en fin, su entorno vital— era el mismo que el de su madre, su abuelo, su hija y su nieto; en cambio, en los últimos cien años, el entorno vital de un padre es casi inconmensurable con el de su hija. O, enfatizando, como dice Smil
  • La enormidad del brinco posterior a 1860 es tal que la gente que vivía en 1913 estaba más apartada del mundo de sus bisabuelos que vivían en 1813 de lo que éstos últimos estaban, a su vez, de sus ancestros que vivieron en 1513. (p. 304)

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Medidas de desigualdad en un microcosmos
académico

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Realícese el siguiente ejercicio de la ociosidad académica que dispone de recursos. Visítese el sitio del Departamento de Química y Biología Química de la Universidad de Harvard. Descúbrase que ahí están listados sus veintitrés profesores regulares —exclúyanse los profesores de investigación y los eméritos—. Aprovéchese la información privilegiada de que tres de ellos fueron contratados este año y elimíneselos también. Váyase a las bases de datos de la productividad científica y averígüese cuántos papers ha publicado cada uno de estos profesores y, ya que se está ahí, cuál es su índice H —prométase una descripción detallada de este parámetro más adelante—.
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Energy Autonomy: The economical, social and technological case for renewable energy
Autonomía energética: El argumento económico, social y tecnológico a favor de la energía renovable
Herman Scheer
Traducción del alemán de Jeremiah M. Riemer
Earthscan (2007)

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El autor de este libro es un diputado alemán. Tiene un doctorado en economía y fue nombrado por la revista Time —que, desde luego, es sólo una revista, pero ya ven que ahora los nombramientos de algunas de esas revistas tienen mucho prestigio— “Héroe del siglo verde”. En estos días anda en el circuito universitario de conferencias presentando éste, su segundo libro, que acaba de ser traducido al inglés. No es un conferencista extraordinariamente brillante, que es la moneda corriente en Harvard, quizá porque el inglés no es su lengua materna —o porque está dentro del conjunto definido por George Bernard Shaw en “nadie que tenga un gran conocimiento de su propio idioma puede dominar otro”—, pero tiene esa característica, deseable en el político, de la emoción. O sea, el hombre se va calentando conforme habla y al rato ya está predicando a todo pulmón, generando emociones. Su estilo es un tanto inusual en el rumbo de los expertos en energía renovable que me ha tocado conocer y que suelen ser gabachos, ingleses, canadienses, y que hablan del problema energético concentrándose en Estados Unidos con casi absoluta exclusión del resto del mundo. Scheer habla de Europa y, de vez en cuando —sólo de vez en cuando—, de algún otro lugar. La otra singularidad del personaje es que es absolutamente belicoso con respecto a las compañías energéticas del orden económico actual: las compañías que controlan el petróleo, el gas, el carbón, la energía nuclear y la energía eléctrica son el enemigo. Punto. Así que sus opiniones son recibidas con “silencio de tapioca congelada”, como diría Cortázar, por el auditorio de esta universidad. Pero tiene cosas qué decir. Muchas, de hecho; tantas que no intentaremos una revisión concienzuda de sus posturas, sino sólo señalaremos tres de ellas.
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