Biografía



We are alive: Bruce Springsteen at sixty-two
(Estamos vivos: Bruce Springsteen a los sesenta y dos)
David Remnick
The New Yorker (30 de julio de 2012)

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‘Cause tramps like us, baby we were born to run!

A Gustavo Espino y al Lira. A Ceci.

Enfrento el riesgo de exagerar y, peor aún, repetirme. Pero el New Yorker se lo merece. Me acabo de dar cuenta de un gesto suyo de extraordinaria sensibilidad. Como saben que no puedo leer su revista cada semana, y que solo dispongo del largo tiempo necesario para realmente aquilatar su extraordinario periodismo cuando me toca agarrar el avión, acomodan sus ediciones para que lea los artículos que más me interesan y que, sin duda, escriben para mí. Porque vean, en su número de ida a Boston publicaron el artículo del cambio climático —ya nadie defiende su inexistencia ni discute si de veras lo originamos los humanos automovilistas; si acaso, se discute el pronóstico de sus inminentes consecuencias— junto con el de la fotosíntesis artificial —Daniel Nocera, un profe que Harvard le acaba de robar a MIT por chopotorromil dólares, liderea la búsqueda de un catalizador que permita a los fotones de la luz solar electrolizar agua para almacenar hidrógeno y quemarlo luego en nuestras carreteras—; dos de mis temas favoritos. Y luego, en el vuelo de regreso, el número destacaba un largo artículo sobre Bruce Springsteen.
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Just Kids
(Nomás son unos chamacos)
Patti Smith
Ecco Paperback Harper Collins (New York, 2010)


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Debe haber sido en 1977 la primera vez que oí mentar a Patti Smith. El disco era Radio Ethiopia, el lugar la inefable casa de Claudia Vidal en el Cerro del Judío ⎯yo llegaba allí luego de unas dos horas en autobús y hacía el tonto chiste de que cuando fuera famoso contaría que mi educación se consumó leyendo libros en esos largos viajes de transporte público⎯ adonde quizá fuimos esa vez para buscar a Lupita Gavarre, que acababa de huir de la casa materna a sus escasos 17 años. No me acuerdo de la música de ese disco. Y, a pesar de que seguramente lo oí en otras ocasiones, acepté el dictamen del Rolling Stone Record Guide que lo consideró, si la memoria no me falla, reserved for the most bathetic bathwater; lo que, con respecto a ese disco, centró mis recuerdos en la andrógina figura de la rockera. Años después habría de escuchar y de adoptar como discos favoritos Easter y Horses, que repetí con frecuencia obsesiva a pesar de que nunca le gustaron a ninguna de las muchachas que se vieron forzadas a oírlos conmigo ⎯lo cual, ahora que lo pienso, quizás influyó en mis divorcios.

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The Swerve: How the World Became Modern
(El golpe de timón: cómo el mundo se volvió moderno)
Stephen Greenblatt
W. W. Norton & Co. (2011)

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En la novela El nombre de la rosa, publicada en 1980, Umberto Eco inventa al extraordinario Guillermo de Baskerville, quien es capaz, a la manera de Sherlock Holmes, de deducir lógicamente casi todo, incluso la localización de Brunello, el caballo que se le escapa al abad de la incógnita abadía donde el mismo Guillermo encontrará el segundo libro de la Poética de Aristóteles, y donde esta única copia de la que se tiene conocimiento acabará en llamas. En el transcurso de siete días habrá mucha acción, algo de sexo, mucha ambición, varias corretizas, una que otra fuga imposible y eruditas discusiones sobre el sentido, el objeto y la necesidad de la religión católica. Esta novela, en la lista de los cien libros del siglo según el diario francés Le Monde, ha vendido más de quince millones de ejemplares.
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The man who knew too much: Alan Turing and the Invention of the Computer
El hombre que sabía demasiado: Alan Turing y la invención de las computadoras
David Leavitt
Atlas Books, W. W. Norton & Co. (2006)

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Todavía no sabemos cómo construir una computadora cuántica. Pero sabemos que cuando se construya, podremos explotar las bizarras cualidades del mundo cuántico —superposición, paralelismo, indeterminación, colapso— para realizar proyectos de cálculo de una magnitud extraordinariamente mayor a todo lo que podemos hacer ahora con las computadoras convencionales. Por eso hay multitud de científicos e ingenieros averiguando cómo, cuando tengamos el aparato, lo programaremos para explotar de la mejor manera esas cualidades. Hace setenta años no teníamos computadoras —ni transistores, vaya, ni bulbos—, pero sí un puñado de científicos e ingenieros averiguando el equivalente a cómo inventar una computadora. Alan Turing destacó entre ese puñado de científicos e ingenieros y nos legó el arquetipo minimalista de la actividad de una computadora en una máquina imaginaria, la máquina de Turing. Hace setenta años, en un mundo sin computadoras y sin voto para las mujeres, Turing vivió su homosexualidad de la forma más abierta posible en Inglaterra, tolerado hasta un punto después del cual sufrió un proceso similar al que, cincuenta años antes, había acabado con Oscar Wilde. Su biografía, imposiblemente más moderna, reitera la idea de la increíble licuadora de usos y costumbres que fue el siglo XX.
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A well ordered thing:
Dmitrii Mendeleev and the shadow of the periodic table
Michael D. Gordin
Basic Books (2004)

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Cada generación se acostumbra a su entorno y aprende a verlo como la forma que tiene el mundo. Lo problemático es que en los últimos ciento cincuenta años las cosas han cambiado con tal celeridad que el entorno de cada generación —en general, y en particular en cada una de las profesiones— es, con frecuencia, inconmensurable con el de las generaciones más cercanas. Tomemos como ejemplo de esto último algunos desarrollos de la química. Hace apenas setenta y cinco años que conocemos la ecuación de Schrödinger; setenta y cinco años que es ahora la esperanza de vida de muchísimos seres humanos. Así que el bisabuelo de cualquier químico profesional —bueno, si mucho me apuran, el tatarabuelo— estaba vivo cuando no se conocía la tabla periódica y se discutía la existencia de los electrones. Pero no sólo ocurre este fenómeno con respecto a los resultados de nuestra ciencia. También ocurre con nuestras formas de practicarla. Lo que vemos ahora como una empresa de interés público que debe ser financiada por la sociedad, no era visto así hace apenas ciento cincuenta años. En la transformación de los dos aspectos —la creación de la tabla periódica y la inclusión de la ciencia como asunto público y del científico como figura pública— es importante Mendeleev.
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Incompleteness: The proof and paradox of Kurt Gödel
Rebecca Goldstein
W. W. Norton (2004)


El teorema de Gödel es quizá el teorema más famoso de las matemáticas. Justamente, su fama deriva de su importancia, al haber modificado revolucionariamente el conocimiento existente y abrir rutas nuevas —e insospechadas— para su desarrollo posterior. Sin embargo, el teorema de Gödel es tan complejo, que incluso enunciarlo es difícil. Esto ha provocado, comprensiblemente, que tan famoso teorema sea frecuentemente malinterpretado.
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