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	<title>Lecturas y escrituras</title>
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	<description>Este es un blog con las reseñas de los libros que voy leyendo.</description>
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		<title>El maíz viene del Balsas</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Jun 2010 20:11:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>amador</dc:creator>
				<category><![CDATA[Antropología, historia y humanidad en general]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo científico]]></category>

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		<description><![CDATA[<br />
<div class="w-floatr">
<span class="w-notes"></span>Starch grain and phytolith evidence for early ninth millennium B.P. maize from the Central Balsas River Valley, Mexico.<br />
(Almidón de grano y fitolitos como evidencia de la presencia de maíz hace nueve mil años en el Valle Central del Río Balsas, México)<br />
Piperno D. R., Ranere A. J., Holst I., Iriarte J., Dickau R.<br />
Proc Natl Acad Sci USA &lt;strong&gt;106&lt;/strong&gt; [13] 5019-5024 (2009).<br />
<span class="w-notes"></span>
</div>
<br />
<img class="right" src="http://amador.cbsj.org/wp-content/uploads/2010/06/teosinte1-150x150.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
<br />
<br />
<br />
La ciencia moderna es principalmente egocéntrica o, si acaso, comunitaria. La más importante motivación de un científico, esa que l@ convence de trabajar largas horas, resolviendo complicadísimos problemas, es la importancia que tendrán sus descubrimientos y la admiración —y sana envidia— que ésta causará entre sus pares. Pero lo más común, lo que ocurre con la vasta mayoría de nosotros, es que no dispongamos de logros de ese tamaño. En esos casos optaremos por el pensamiento comunitario y defenderemos los logros de nuestros amigos, nuestros compañeros de universidad y, por último, de nuestros compatriotas. Y como en algunos países nos cuesta trabajo encontrar compatriotas con logros de ese tamaño, pues nos vemos obligados a buscarlos con mucho esmero. Déjenme presentarles un logro, mexicano, de a deveras. <br />
</wikka>
<span id="more-41"></span>
<wikka><br />
El maíz no existe como una planta silvestre. ¿Qué planta que enseña su producto —multitud de granitos perfectamente alineados en multitud de filas por mazorca— tan abierta y abundantemente puede sobrevivir en lo salvaje? Y no ha sido fácil entender qué planta conocida —existente o extinta— pudo ser su progenitora. La explicación que creemos exitosa en la actualidad empieza en la primera mitad del siglo XX con la observación de un estudiante de la Universidad de Cornell (posteriormente premiado con un Nobel, aunque por otras razones), George W. Beadle, de que el teosinte y el maíz tienen cromosomas muy semejantes. Observación difícil de predecir porque el teosinte —que existe en la actualidad en numerosas formas distintas— es si acaso una yerba que en el mejor de los casos junta diez granitos escuálidos encerrados en una cáscara que habría que romper con un cascanueces. Es decir, nada recomendable para preparar esquites.<br />
<br />
<div class="indent">Pero los científicos son insistentes y para la última década del siglo pasado, John Doebley y sus colegas en la Universidad de Wisconsin, ya habían juntado todas las variedades de teosinte existentes en el mundo. Y habían analizado su ADN y lo habían comparado con el de las variedades  de maíz para concluir que todas éstas últimas venían de un teosinte proveniente del valle del Balsas, en lo que actualmente es el estado de Guerrero. Y para estimar que la separación de estas dos especies ocurrió hace algo así como nueve mil años. </div>
<br />
<div class="indent">Lo cual era totalmente consistente con los descubrimientos anteriores de otros dos grupos notables de científicos. Unos encontraron en la región árida de San Marcos, en el valle de Tehuacán, evidencia del empleo hace alrededor de 5500 años de maíz domesticado. Los otros, en la cueva de Guilá Naquitz, muy cerca de Mitla en el valle de Oaxaca —en una región semiárida— evidencia del empleo de maíz domesticado setecientos años antes que lo hallado en Tehuacán.  La conclusión clara, salvo la pelea entre poblanos y oaxaqueños por la prioridad del descubrimiento, es que la evidencia más antigua de la domesticación del maíz está en esa zona —el altiplano mexicano— y tiene por ahí de 6000 años de antigüedad.</div>
<br />
Así, la historia iba en que el teosinte se domesticó para crear el maíz. Que el teosinte moderno más parecido al que se usó para obtener maíz es el del valle del Balsas. Y que los lugares con evidencia clara del empleo de maíz domesticado son los valles de Oaxaca y de Tehuacán. Desde luego quedaban algunas preguntas: ¿en dónde se domesticó el teosinte/maíz originalmente? ¿por qué se domesticó? Es decir, ¿cómo se le ocurrió a alguien que valía la pena esforzarse tanto por los doce granitos duros del teosinte? En los últimos años dos ideas han sido muy influyentes para proporcionar una explicación a estas preguntas. La primera es la que dice que el maíz se domesticó en regiones semiáridas del altiplano. Idea basada en las características de las zonas donde se ha hallado el maíz más antiguo. La segunda es que quizá no se intentó domesticar el teosinte por las propiedades futuras de sus mazorcas, sino por las presentes en sus tallos. Y es que los tallos, incluso los del teosinte, son singulares —tanto que se parecen a los de la caña— en que sirven para generar azúcares que se pueden usar para fermentar y obtener un quiebre. ¿Qué mejor razón que la del alcohol, nos preguntamos los humanos del siglo de oro de la humanidad, para inventar el cultivo? Así, las hipótesis dominantes hasta la elaboración del paper que nos ocupa eran que el teosinte/maíz había sido domesticado en el altiplano (sea Tehuacán en el valle de Oaxaca, sea la cueva de Guilá Naquitz cercana a Monte Albán) y que su primera aplicación fue la de alegrar la vida de nuestos ancestros. <br />
<br />
La primera idea —a toro pasado, desde luego— es medio floja. Porque a fin de cuentas no es extraño que la evidencia de que algo ocurrió hace seis mil años se encuentre en regiones áridas o semiáridas. Ahí es donde se conservan mejor las cosas de la antigüedad, toda vez que el agua no descansa y ayuda a acabar con todo. Así era buena idea para un científico buscar un —raro— lugar más o menos seco en la región húmeda del valle del Balsas donde se localiza el teosinte original del que proviene el maíz. La segunda idea es más romántica. El artículo original  de sus proponentes sugiere  <br />
<ul class="w-thread"><li>... que durante el periodo inicial de la domesticación del maíz, los tallos proporcionaron una fuente fundamental de azúcar para usos diversos, incluída la confección de bebidas alcohólicas, y que la importancia social de la producción del alcohol ayudó a precipitar su distribución inmediata y veloz.</li></ul>
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
Aquí es donde aparece el descubrimiento reciente de Dolores Piperno y sus colegas, ,  quienes se pusieron, precisamente, a buscar bajo las piedras en el valle del Balsas. Encontraron una piedra de 17x16x14 metros cubriendo lo que llaman el albergue de Xihuatoxtla, cerca de Tlaxmalac, en Guerrero. En una longitud de un metro de profundidad encontraron al menos cinco estratos temporalmente distintos. En algunos de estos encontraron piedras de mano con restos de almidón y fitolitos.† Como es de esperarse —si no, no hubieran aceptado sus papers— el almidón y los fitolitos corresponden a maíz, no a teosinte. Y, todavía más sorprendente, la antigüedad estimada de estas muestras es de al menos 9000 años. Un dato duro más: los fitolitos son de las mazorcas y no de los tallos. <br />
<br />
<div class="indent">Así que el estado de la investigación sobre el origen del maíz cambia con estos resultados. Sabemos ahora que se domesticó hace al menos nueve mil años, lo que pone esta tecnología a la par con la más antigua conocida para la humanidad, ocurrida en el medio oriente. Sabemos que, actualmente, la evidencia más antigua de su existencia está localizada en una zona tropical, húmeda. Y sospechamos que no influyó en su domesticación el empleo de su tallo para producir azúcar y alcohol. </div>
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
Entre los científicos que han logrado todo esto en las últimas decenas de años, figuran muy pocos mexicanos. En los artículos citados en este texto aparece solamente Froylán Cuenca que es el dueño del terreno en donde está el albergue de Xihuatoxtla. Pero los que hicieron la parte más difícil del trabajo científico que le dio maíz a la humanidad desde hace nueve mil años, son los premexicanos, preguerrerenses, que se protegían de las inclemencias en el albergue de Xihuatoxtla. O cerca de allí,* ya que no es improbable que los logros que detectamos ahora en ese albergue hayan sido realizados por multitud de seres humanos en un esfuerzo científico y tecnológico radicalmente distinto al esfuerzo fundamentalmente egocéntrico que caracteriza a la ciencia moderna. <br />
<div class="w-center">
--------
</div>
<br />
† Un fitolito es un cuerpo microscópico rígido existente en varios tipos de plantas. El más común es el de óxido de silicio. Los fitolitos varían en tamaño y forma dependiendo de la planta de la que se trate y de la parte de ella —tallo, hoja, raíz— de la que provengan. Sirven, entre otras cosas, para dar sostén estructural a las plantas. <br />
<br />
* Por ejemplo en la tierra de mi madre, Coyuca de Catalán. ;-)<br />

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		<title>El largo viaje del homo sapiens</title>
		<link>http://amador.cbsj.org/?p=38</link>
		<comments>http://amador.cbsj.org/?p=38#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 05 Feb 2010 00:24:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>amador</dc:creator>
				<category><![CDATA[Antropología, historia y humanidad en general]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo científico]]></category>

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		<description><![CDATA[<br />
<div class="w-floatr">
<span class="w-notes">The Human Career: Human biological and cultural origins. <br />
(La profesión humana: los orígenes culturales y biológicos de la humanidad)<br />
Richard G. Klein.<br />
The University of Chicago Press (2009)<br />
</span>
</div>
<br />
<img class="right" src="http://amador.cbsj.org/wp-content/uploads/2010/02/klein.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
<br />
El paradigma científico postula la existencia de la realidad —no <em>una</em> realidad, sino <em>la</em> realidad—, y postula además que ésta es única y es cognoscible. Así nos educó la matemática —"el valor de pi […], que alguna vez fue presentado como constante y universal, es percibido ahora en su inescapable historicidad" dijo la burla de Sokal,† que era tan buena burla porque pi existe, es único y lo conocemos—, y nos lo han demostrado una y otra vez a lo largo de la época de oro actual de la humanidad la física, la química, la biología, la ingeniería, la medicina… Y mejor ahí le paramos porque empezamos a tener problemas conforme nos acercamos a la medicina ⎯la homeopatía no existe, pero cura⎯, la psicología, la sociología, la antropología social, la economía y la poesía moderna; en donde encontramos razones convincentes para discutir la existencia de una realidad y su cognoscibilidad. No me deja de preocupar el futuro de mi relación con mis amigamps de <em>debate feminista</em> luego de venir a contarles no sólo que existen razones convincentes para postular el origen de algunas de nuestras características como humanos —el bipedalismo, digamos— en la capacidad femenina de cuidar la prole y recibir alimentación de los machos —como si fuéramos curas del siglo… digo, de cualquier siglo—, sino además, de argumentar que es necesario conocer estos argumentos y, si se me permite la osadía, convencerlamps de que pertenecen a esa realidad única y cognoscible.<br />
</wikka>
<span id="more-38"></span>
<wikka><br />
Confío en que estos postulados no se interpreten como un imperativo de lo humano. Quizás el peor error de la sociobiología sea encontrar en los acontecimientos del pasado una legitimación para las desigualdades del presente. Reconocer el peso de la biología en la generación de las características que nos definen como especie no significa reivindicar a la biología como el fundamento de las relaciones sociales. La naturaleza y la evolución nos brindan hechos que nos permiten explicar nuestra configuración como especie animal, como entidades biológicas que respiran, comen, defecan y se reproducen todavía como cualquier otro animal. Los significados de esas funciones, y las maneras en que la vida social y la cultura son capaces de construir esos significados, son otra cosa.<br />
<br />
<div class="indent">Pero si creemos en la evolución, tenemos que aceptar que lo que permite la existencia de una especie ⎯con todas sus características, que normalmente son biológicas, químicas y físicas, pero que en el caso particular y único del homo sapiens son también psicológicas y culturales⎯ es su eficacia para mantenerse viva y reproducirse en el ambiente que le tocó que la rodea. El largo viaje del homo sapiens, como el de cualquier ser vivo, empezó poco después del evento de la sopa primigenia hace más de tres mil millones de años, y pasó por la aparición de los primeros primates hace unos 65 millones de años, los primeros homínidos hace alrededor de seis millones de años, los humanos anatómicamente modernos hace ciento cincuenta mil años, los humanos conductualmente modernos hace cincuenta mil años y l@s químic@s teóric@s hace menos de doscientos años.</div>
<br />
<div class="indent">Así, también tenemos que reconocer que lo que hemos hecho en los últimos doscientos años ⎯o mil o diez mil o, incluso, cien mil si mucho me apuran⎯ ha tenido todavía poca influencia en nuestra fundamental conformación biológica, química y física, que depende de cosas que ocurrieron mucho antes. ¿Qué cambios en la conformación fundamental permitieron que los humanos hablen? ¿Por qué somos los únicos animales que hablan? ¿Qué cambios permitieron que los humanos caminen en dos pies? ¿Por qué en la actualidad somos los únicos primates bipedales? ¿Qué les pasó a los otros primates bipedales que no llegaron al presente? ¿Por qué, luego de pasar casi cien mil años encerrados en África, hace cincuenta mil decidimos poblar el mundo entero? Las posibles respuestas ⎯inconclusas, sujetas a verificación, quizás equivocadas, pero que sólo podrán ser reemplazadas por otras que expliquen todo lo que éstas explican⎯ involucran cosas que ocurrieron hace decenas de miles de años, cientos de miles de años y millones de años. Nuestras capacidades actuales nos permiten apenas atisbar desde muy lejos esos eventos antiquísimos.</div>
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***
</div>
<br />
La revista <em>Science</em> forma, con <em>Nature</em>, la pareja de las revistas científicas más importantes del mundo. Publicar un artículo en <em>Science</em> puede constituir el máximo logro de una respetable carrera científica. La UNAM entera aparece en esa revista durante lo que va del siglo en 14 artículos, y solamente tres representan trabajo realizado mayoritariamente en México. Señalamos este dato para aumentar el efecto del siguiente informe: en el número del 2 de octubre de 2009, C. Owen Lovejoy, profesor de  antropología en Kent State University, publica ¡ocho artículos!† Todos relacionados con los hallazgos y análisis de fósiles originalmente localizados en África del Este, a lo largo de más de siete años, en un esfuerzo internacional en el que Lovejoy ha participado como director. Los fósiles pertenecen al <em>Ardipithecus ramidus</em> y los sorprendentes hallazgos reorientan nuestras ideas acerca del origen de nuestra notable especie. <br />
<br />
<div class="indent">Para empezar, los hallazgos vuelven inútil la celebrada respuesta de Thomas Huxley ⎯el “bulldog” defensor de Darwin⎯ que prefería “ser descendiente de los monos que de un sabio que empleara su abundante talento para suprimir un debate”. Porque una de las primeras cosas que dejan claro es que no descendemos de los monos, por lo menos, no de los monos vivos en la actualidad. Y es que resulta que el <em>Ardipithecus ramidus</em> ⎯a quien ya empiezan a llamar “Ardi”, siguiendo la costumbre que llamó “Lucy” al <em>Australopithecus afarensis</em> que, por cierto, es descendiente de Ardi⎯  es un antepasado nuestro que caminó en dos patas en las que mantenía un pulgar oponible que le permitía, también, la habilidad de maniobrar en los árboles. Adicionalmente, a pesar de que no tiene los grandes dientes posteriores de Lucy, los cuales se han explicado como la adaptación a una dieta novedosa más abrasiva, comparte con ella la existencia de un canino superior pequeño, distinto a los gigantescos colmillos superiores del resto de los primates. Los monos actuales no caminan en dos patas y tienen caninos superiores grandes. La separación entre la rama de los homínidos y la de nuestros parientes más cercanos ⎯bonobo, chimpancé y gorila⎯, es decir, la existencia de nuestro último antepasado común ocurrió hace más de 4.5 millones de años, que es la antigüedad estimada de Ardi.</div>
<br />
<div class="indent">Más interesantemente, Ardi proporciona datos a la discusión de cómo evolucionamos hasta llegar a los seres humanos anatómicamente modernos desde hace más de cien mil años y cuya cultura data de hace más de cuarenta mil años. Porque el paradigma central de la evolución es la habilidad para sobrevivir y procrear. Y las características encontradas en Ardi señalan los caminos de la humanidad en esa dirección.  </div>
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
La investigación arqueológica ⎯particularmente su subespecialidad, la paleoantropología⎯, como tantas otras actividades humanas, ha tenido un desarrollo exponencial en las últimas décadas. Los detalles relacionados con nuestra historia como especie, eso que Richard Klein llama la “carrera humana”, se amplian, ajustan y detallan ahora a gran velocidad. Además del quizá popular datado con carbono 14, contamos ahora con protactinio 231, torio 230, uranio 234, cloro 35, berilio 10, potasio 40, uranio 238 y rubidio 87.  Por otro lado tenemos técnicas analíticas modernas como los métodos de luminiscencia y resonancia del espín del electrón ⎯esta última permite conocer cuándo dejó de renovarse el esmalte de un diente, o sea, cuándo murió el animal⎯  y la estratografía paleomagnética ⎯basada en los cambios conocidos del sentido del eje magnético terrestre. Finalmente, contamos con las capacidades del análisis de ADN mitocondrial que se ha aplicado recientemente a huesos arqueológicos.<br />
<br />
<div class="indent">Todo esto proporciona continuamente una pieza más al rompecabezas que hemos armado durante más de ciento cincuenta años para explicar la carrera humana. En el camino las ideas cambian, se generan debates apasionados y aparecen y desaparecen teorías. No es extraño, entonces, que uno de los libros de texto más empleados en la enseñanza de las múltiples especialidades que se mezclan en este armado de rompecabezas acabe de aparecer en su tercera edición,† exactamente veinte años después de que apareció la primera y diez después de la segunda; ni que las modificaciones a la nueva edición incluyan todo el texto, y que las referencias bibliográficas se hayan incrementado en mil setecientos artículos publicados en los últimos diez años ⎯para sumar ¡cuatro mil doscientas!</div>
<br />
<div class="indent">Entre las piezas del rompecabezas que se han añadido ⎯confiablemente por el momento⎯ se encuentra la certeza de que existieron humanos anatómicamente modernos desde hace más de cien mil años en África, y que, a pesar de ser idénticos físicamente a los siete mil millones de seres humanos que respiramos el día de hoy, su comportamiento era mucho más parecido al de sus contemporáneos neanderthales que vivían en Europa y Asia, que al comportamiento que empezaron a tener cuando salieron de África hace unos cuarenta mil años. Se sabe que los homínidos que habrían de dar origen a los neanderthales habían salido también de África hace entre uno y dos millones de años. Se habla entonces de dos eventos “Out of Africa” ⎯a partir de la novela de Isak Dinesen. Y desde luego, hay cosas que no se saben, y se discute si no se saben todavía o si no se sabrán nunca. Por ejemplo, qué fue lo que pasó hace cuarenta mil años que convenció por fin a los humanos de salir de África, luego de pasar más de sesenta mil años disfrutando del clima tropical, para ir a visitar Europa y Siberia, entre otros fríos lugares.</div>
<br />
<div class="indent">Estas novedosas técnicas analíticas permiten conocer historias apasionantes, como la hipótesis actual sobre el origen de nuestra capacidad para hablar. Como se sabe, el aparato vocal humano es muy complejo. Se sabe que la laringe de los bebés (humanos) está colocada en la parte alta del cuello, al igual que en los monos (bebés y adultos). Esta localización reduce importantemente la probabilidad de asfixia por broncoaspiración, ya que el canal de la alimentación y el canal de la respiración están alejados. Así es difícil que un bebé humano se ahogue con su comida. Pero por ahí del año y medio de edad, la laringe de los humanos baja y los dos tractos, el de la comida y el de la respiración, se juntan peligrosamente; ajuste que nunca ocurre en los monos. ¿Cuál es la ventaja evolutiva que proporciona esta notable deficiencia? La ampliación del espacio supralaríngeo permite la producción de un intervalo mucho más amplio de sonidos, entre los que están las vocales y las consonantes que, juntas o por separado, caracterizan todos los lenguajes conocidos y que son esenciales en la producción y decodificación del lenguaje articulado de gran velocidad; exactamente como es el de los humanos. Por otro lado, recientemente se ha podido identificar el gene que regula, parcialmente al menos, el lenguaje y el habla. Este gene estelar se conoce como FOXP2, y codifica la proteína reguladora que gobierna el desarrollo embrional de los circuitos neuronales relacionados con el lenguaje. Se han estudiado tres generaciones de una familia que tiene mutaciones en este gene, por lo que se conoce su importancia.† Como también se sabe, los genes tienen montones de segmentos que no contribuyen a la codificación. Pues resulta que en los humanos actuales estos segmentos inútiles varían de manera inusualmente alta, lo que se interpreta como que la parte que sí codifica se fijó en el gene recientemente. Un cálculo teórico estima que la fijación se hizo hace unos doscientos mil años. Júntese ahora estas dos hipótesis acerca del origen de la capacidad para el lenguaje de los humanos y compárese con lo que se sabe acerca de los neanderthales, es decir, que su base craneal era demasiado plana para permitir el descenso de la laringe que hay en los humanos adultos. La conclusión es que esto es consistente con la idea de que los Neandarthales no hablaban, al menos que no hablaban tan bien como hablamos los humanos, porque no alcanzaron a tener la estructura mecánica necesaria. Esa diferencia, la de no hablar tan bien como los humanos, puede explicar por qué desaparecieron en tan poco tiempo luego de la llegada de los <em>homo sapiens</em> a sus tierras.  </div>
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
Los neanderthales están entre los homínidos favoritos de los paleoantropólogos. En parte porque los paleoantropólogos ⎯al igual que los neanderthales⎯ han sido mayoritariamente europeos y han buscado, encontrado y estudiado los restos fósiles en su territorio con mucha más dedicación que en otros lugares del mundo. También, porque fueron animales muy cercanos en forma y capacidad a los humanos actuales. Así es natural que surja la duda ⎯y la explicación⎯ de por qué los humanos actuales no tenemos un pariente más o menos cercano, a la manera en que lo tienen los perros y los caballos. Una explicación popular en el pasado fue que los neanderthales fueron esos parientes y que nos combinamos con ellos para formar a los humanos modernos. Otra explicación es que no tenemos parientes porque nos deshicimos de ellos a gran velocidad. El reciente desarrollo exponencial de las técnicas empleadas por los paleoantropólogos arrojan evidencia que orienta este debate. <br />
<br />
<div class="indent">Conocemos a los neanderthales desde que se encontraron fracciones de un esqueleto (un cráneo adulto y 15 huesos postcraneales), muy parecido al de un humano, pero también con diferencias indudables, en el valle del Neander, en Alemania, en 1856. De entonces a la fecha hemos encontrado gran cantidad de ejemplares</div>
<br />
<ul class="w-thread"><li>La muestra total de neanderthales suma en la actualidad unos 350 individuos en más de setenta sitios. La mayoría de ellos está representada sólo por fragmentos, que van desde dientes aislados hasta cráneos parciales o casi completos; pero en amplio contraste con la situación con respeto a homínidos más antiguos, algunos individuos están representados por esqueletos completos o casi completos, extraídos de las más antiguas tumbas intencionales que se conocen. (Klein, op. cit. p. 440)</li></ul>
<br />
El esqueleto de los neandertales, la única evidencia sobre su naturaleza que proporcionan los fósiles, indica que es un homínido distinto al ser humano actual, notablemente en la existencia de una protuberancia en el frontal —justo por encima de la cejas—, en el menor tamaño de sus antebrazos —mucho más cortos que el radio y cúbito de los humanos— y en sus antepiernas —muchos más cortas que la tibia y el peroné de los humanos—, y en la mayor anchura de su cadera y su tórax —cuerpo de bóiler, como dicen por ahí—. Esos son los datos de su anatomía. El resto de lo que sabemos de ellos  es lo que podemos conjeturar a partir de las muestras de objetos relacionados con ellos que se han encontrado junto a sus huesos originalmente y, posteriormente, que se suponen suyos por la cercanía temporal y espacial con los objetos iniciales. <br />
<br />
<div class="indent">Para no aventurar de más, en lugar de asignar a los neanderthales todos los objetos que se encuentran así, se prefiere asignarlos a un tipo de “industria”. Así se denomina industria mousteriana —llamada así por el nombre del lugar francés donde se definió inicialmente— a la creación de las herramientas que se encuentran cerca de fósiles de neanderthales, y que incluye muchas herramientas de piedra, moderada cantidad de herramientas de hueso y escasas herramientas de madera —abundancias que se asocian con la durabilidad del material. La pura presencia de las herramientas de piedra permite saber, además de para qué se usaban y cómo se producían, de dónde las traían —algunas de ellas se encuentran en lugares muy alejados de una cantera adecuada— y permite especular cuánto podían desplazarse o intercambiar objetos entre sí los neanderthales. </div>
<br />
<div class="indent">La industria mousteriana permite saber que los neanderthales tenían menos habilidades y costumbres que los humanos modernos que los sustituyeron geográficamente hace alrededor de cuarenta mil años. No hay evidencia de adornos personales —pendientes o collares—, ni de instrumentos musicales, ni de representaciones artísticas —típicamente, pequeñas esculturas como la Venus de Lespugue (piedra) y de Kostenki (marfil) y el Hombre León de Alemania (marfil)— todo esto hallado cerca de homo sapiens datados alrededor de treinta mil años atrás. Sí enterraban a sus muertos, pero no los decoraban con adornos como nosotros. Comían mariscos, pero sólo en la época del año en que abundaban sobre el litoral. Llegaron lejos a partir de su origen africano, pero</div>
<br />
<ul class="w-thread"><li>[s]i nos basamos en la distribución de sitios conocidos, los mousterianos ocuparon sólo aquellas partes de Europa donde la temperatura promedio en enero supera -15°C. La gente del Paleolítico Superior [casi uniformemente homo sapiens] fue la primera en colonizar regiones mucho más frías, y lo hizo en tiempos glaciales en que las temperaturas promedio de enero eran comúnmente 50°C o más por debajo de las actuales. Los habitantes del Paleolítico Superior aparentemente fueron también los primeros en poblar las regiones particularmente inhóspitas de las latitudes subárticas y árticas del centro y norte de Siberia (por encima de 50°N de latitud) en donde, a pesar de esfuerzos intensos, no se han encontrado aún sitios mousterianos o anteriores. (Klein, p. 539)</li></ul>
<br />
Existe evidencia de la producción controlada y prolongada de fuego por parte de los mousterianos, pero no hay, ni de lejos, evidencia de su arquitectura. En cambio, ésta abunda para la gente del Paleolítico superior, lo que constituye otra evidencia de la gran diferencia biológica/cultural entre ambas especies de homos. <br />
No nos deja de atraer la idea de que nuestros antepasados eran menos leones que hienas, es decir, menos cazadores que animales de carroña. Y desde luego, existe evidencia de que los mousterianos eran más carroñeros que sus sucesores. La cosa es un poco más complicada porque, como lo muestra cierta evidencia reciente, el trabajo del cazador está íntimamente mezclado con el trabajo del carroñero. Los hadza actuales del norte de Tanzania obtienen 80% de sus alimentos cárnicos de mamíferos grandes cazados con arco y flecha y 20% como carroñeros. Pero esta carroña a menudo se obtiene alejando a los leopardos, hienas o leones de sus víctimas, y si los cazadores originales no se quieren ir hay que ahuyentarlos o matarlos. Así es más justo hablar de carroñeros confrontacionales y tratar de medir si su acceso a los cadáveres es pronto o tardío. Hay claves para el antropólogo: el acomodo en el que se encuentra la parte del esqueleto fósil del animal, las edades de las presas al ser cazadas y la frecuencia y posición de las marcas del daño en los huesos. Klein tiene debilidad por los homos mousterianos y favorece la opinión de que eran más cazadores que carroñeros. Existen estimaciones de las edades a la muerte de los animales cuyos huesos se encuentran. Los búfalos morían o muy jóvenes o muy viejos, lo cual pone en duda la hipótesis de que fueran consumidos carroñeramente; los elands,† en cambio, eran consumidos a todas las edades, en números tan altos que sugieren el mecanismo cazador de aventar manadas enteras por un barranco.<br />
<br />
<div class="indent">Los huesos fósiles informan sobre los patrones anatómicos de los neanderthales. La frecuencia con que se han encontrado deformaciones traumáticas en los huesos sugieren conductas parecidas a las de los vaqueros de los rodeos actuales. Aunque también revelan características sociales parecidas a las nuestras. Los individuos cuyos huesos muestran patologías y traumatismos deben haber sufrido de incapacidades que los hubieran matado aún más temprano de no ser por la ayuda y el cuidado de sus camaradas. </div>
<br />
<div class="indent">¿Qué fue de los neanderthales? Una pregunta particularmente interesante es si hubo intercambio de genes y de cultura con sus contemporáneos, y a fin de cuentas,  sucesores. La comparación entre el ADN de los humanos y el de los neanderthales —¡de veras!, en el siglo de oro de la humanidad se puede extraer ADN de la médula de los huesos fósiles— indica categóricamente que si acaso hubo intercambio, éste fue insignificante. Otra duda interesante es cuánto tiempo pasó entre la llegada de los humanos y la extinción de los neanderthales. Y aquí hay una discusión actual apasionante. Porque existe una industria, encontrada originalmente en la Grotte du Renne (Francia), que se conoce como la industria châtelperronian. Y es que es claro que los châtelperronios eran neanderthales ⎯como lo demuestra un fragmento de temporal juvenil, veintinueve dientes aislados y un esqueleto incompleto⎯, y en la Grotte du Renne se han encontrado artefactos de piedra y hueso que son quintaesencialmente Paleolíticos Superiores, o sea de los de homo sapiens. La conclusión es que hubo neanderthales que dominaron esa tecnología, que vivieron en Francia y que estaban ahí hace cualquier cosa entre 33 y 39 mil años. Aun luego de aceptar esta conclusión, queda la duda de cómo llegaron esos neanderthales a adquirir la tecnología: ¿la inventaron por su cuenta?, ¿la copiaron de humanos modernos?, ¿la robaron o fueron generosamente ayudados? No se sabe. Y lo que complica más esta conclusión es que no se ha encontrado más evidencias de neanderthales que dominaran la tecnología, lo que ha incrementado las dudas acerca de la adecuada caracterización ⎯entre 1948 y 1966, o sea en el Paleolítico en términos de la velocidad con que ha avanzado la tecnología arqueológica⎯ de los hallazgos de la Grotte du Renne. </div>
<br />
<div class="indent">Corresponde a la literatura responder si hubo Julietas Sapiens y Romeos Neanderthales. O quizá Prometeos.</div>
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
El paradigma central de la evolución, decíamos, es que la existencia de una especie se debe a su habilidad para sobrevivir y procrear. Ardi nos orienta sobre algunas de las direcciones que tomó la evolución, con respecto a las costumbres de nuestras especies de antecesores, direcciones que nos han traído hasta el presente, en el que podemos discutir matrimonios homosexuales e igualdad de género por primera vez en la historia de los seres vivos. <br />
<br />
<div class="indent">La inexistencia actual de especies de parientes cercanos nos obliga a informarnos sobre los caminos que siguió la carrera humana a partir de parientes lejanos existentes y de homínidos fósiles. Nuestros parientes existentes menos lejanos son los bonobos, los chimpancés y los gorilas. Nuestros homínidos fósiles más lejanos, antes de Ardi, es decir Lucy, son mucho más parecidos a nosotros que a los parientes existentes. Con esos datos, la hipótesis usual ha sido que los parientes existentes evolucionaron en la dirección que, pasando por Lucy, terminó en Thomas Huxley, por mencionar a alguien. Así se justifica el estudio detallado de las características de sobrevivencia y procreación de nuestros parientes lejanos. Y ahí se pone buena la cosa. </div>
<br />
<div class="indent">Empecemos con tres factores clave en la conducta reproductiva de los antropoides:† la competencia del esperma, la competencia macho-a-macho por la hembra y la ausencia de cripsis reproductiva. El primero significa que hay que acercar todo el esperma propio que se pueda al óvulo correspondiente. Se favorece esta competencia eyaculando mucho, con facilidad y con rapidez, e impidiendo que el esperma de otro individuo se acerque. La evidencia despacha abusivamente esta posibilidad en el humano: nuestras tasas eyaculatorias son un orden de magnitud menores que las de otras veinte especies de primates, nuestro semen no tiene la reacción coagulativa que produce un tapón en la vagina; tenemos, desde el punto de vista morfológico, el pene más simple, sin una superficie queratinosa que promueva la eyaculación veloz, como la tienen tantos otros primates y, para acabarla de amolar, somos el único catarrino que no tiene hueso en el pene. El segundo significa que los machos pelean entre sí por el acceso al óvulo correspondiente. En los primates, la principal manera de competir se realiza mediante la abundante exhibición del canino superior ⎯que alcanza magnitudes temibles en algunos primates. La evidencia despacha, aún más abusivamente, esta posibilidad en los humanos. El tercero se refiere a que las hembras primates muestran su disponibilidad de óvulos ⎯y los machos las detectan⎯ tanto visual como olfativamente. Las humanas tienen cripsis reproductiva, es decir que ocultan la disponibilidad de sus óvulos. Así, estos tres aspectos de la procreación de nuestros parientes lejanos no existen en los humanos. Los caminos evolutivos que hemos seguido nos alejaron en algún momento de esas costumbres. </div>
<br />
<div class="indent">Y aquí es donde el reciente hallazgo del Ardipithecus ramidus (Ardi) se vuelve muy importante. Porque cuando nos encontramos que el Australopithecus aferensis (Lucy) no tiene un enorme colmillo superior, adjudicamos esa carencia a que éste fue sacrificado para dejar espacio a los enormes molares ⎯necesarios para incluir en la alimentación cosas más difíciles de masticar, a diferencia de los chimpancés que mastican sólo fruta madura. Pero Ardi no tiene ni colmillos superiores enormes ni molares enormes. ¿Por qué perdió entonces sus colmillos superiores enormes?</div>
<br />
<div class="indent">Antes de postular la hipótesis que Lovejoy y sus colegas han ofrecido conviene pasar a otra de las características especiales de Ardi: su capacidad para el bipedalismo. De nuevo, ninguno de los parientes cercanos ⎯pero lejanos, como hemos visto⎯ contemporáneos del hombre son capaces de bipedalismo. Todavía más, desde el punto de vista mecánico, el bipedalismo es una mala idea, sobre todo para quienes vienen de andar en los árboles. No es tan difícil que un primate se levante en dos patas, pero de ahí a que camine ⎯o peor, que corra⎯ hay una buena distancia.  Porque nuestras piernas son enormes ya que se desarrollaron para contener casi todos los músculos originalmente requeridos para trepar en los árboles. Nuestros músculos de la parte posterior del muslo ⎯los jamoncitos, hamstrings, como se les dice en inglés⎯ tienen que desacelerar la oscilación de la pierna a cada paso, y cuando corremos la inercia de la pierna puede ser tan grande como para desgarrar los músculos. Cuando levantamos una pierna perdemos su soporte y el soporte de la pelvis, y tienen que ser los glúteos los que estabilicen constantemente la pelvis y el tórax y nos impidan la caída.† Se ha postulado un buen número de hipótesis evolutivas ⎯a cual más ingeniosa⎯ para explicar el bipedalismo de los homínidos: el aumento de la habilidad para recoger frutas de los árboles más chaparros, la reducción en el área de la piel expuesta al sol al mediodía, la disminución de la energía necesaria para caminar a paso lento, la habilidad de ver con mayor claridad a la distancia, la facilidad de efectuar actos amenazadores en la disputa por recursos escasos. Y dejamos dos más para el final, porque tienen que ver con las hipótesis que Lovejoy postula a partir del hallazgo de Ardi: el incremento en la habilidad para cargar comida y llevarla a refugios o a otros miembros del grupo y la habilidad para cargar a los pequeños homínidos durante largas distancias. </div>
<br />
<div class="indent">Ahora sí sólo nos falta un detalle para llegar a las conjeturas que defiende Lovejoy. En algunos primates se observa el intercambio de derechos sexuales a cambio de derechos alimenticios:</div>
<br />
<ul class="w-thread"><li>…la estrategia frecuente del género Pan [chimpancés y bonobos] de intercambiar la cópula por comida importante (p. ej. carne o fruta especialmente valiosa con alto contenido en grasas y proteínas), particularmente si ésta requiere mucho tiempo para conseguirla. (C. Owen Lovejoy, op. cit. p. 74e5) </li></ul>
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
Así llegamos a las conjeturas que defiende Lovejoy. Con base en la combinación de lo que sabemos acerca de la fisiología reproductiva de los mamíferos con el registro fósil de los homínidos, podemos suponer que en algún momento ocurrió una modificación fundamental en la estructura social de éstos. Modificación que redujo el conflicto macho-macho y concentró tres nuevas conductas: la posibilidad de transportar comida, la creación de parejas fijas y la cripsis reproductiva. <br />
<br />
<div class="indent">La bipedalidad permite el transporte de comida a largas distancias. Las hembras y su descendencia se benefician con la disminución del riesgo de depredación y los machos con la atención materna a su prole</div>
<br />
<ul class="w-thread"><li>…en esas circunstancias […] la formación de parejas temporales basadas en el intercambio de sexo por comida facilita el acoplamiento con machos eficaces como proveedores, en vez de con machos eficaces en la dominación o en la eliminación agresiva de los competidores como la que favorece la existencia de caninos enormes. (C. Owen Lovejoy, ibidem)</li></ul>
<br />
 Los machos con caninos menores tienen más posibilidades de sobrevivir y reproducirse porque pelean menos y las hembras los eligen porque traen comida. Ambos ganan porque su prole gana. Los caninos desaparecen con el tiempo y todo lo que ayude a caminar y cargar comida se mantiene. Con la creación de parejas fijas ⎯basta con que sean temporales; la explicación de la pareja ligada hasta que la muerte los separe requeriría otros descubrimientos⎯, la cripsis reproductiva es una ventaja, principalmente como protección para ambos sexos frente a la infidelidad. Si las homínidas muestran su estro, los machos pueden ser infieles con homínidas distintas de las que los están esperando para comer, pero las homínidas pueden ser infieles con los machos que no fueron a buscar comida y se quedaron mostrando sus colmillos. <br />
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
Hace cuatro y medio millones de años existió un homínido del que descendemos evolutivamente los humanos. Las condiciones de su existencia favorecieron, por un lado, la desaparición de los enormes caninos superiores que exhibieron tantos otros antecesores del humano y que interpretamos con base en su función en otros primates contemporáneos nuestros; y por otro lado, la capacidad única de los humanos de caminar en dos pies. Estos datos son compatibles con la interpretación de que su efecto fue favorecer las posibilidades de supervivencia y reproducción de ese homínido y, a través de éste, de la humanidad. Los humanos anatómicamente modernos aparecieron hace más de cien mil años. Su época de oro, la que permite discutir ⎯y a veces ganar⎯ acuerdos para el equilibrio de género, tiene doscientos años si acaso. El largo viaje del ser humano ha recorrido un largo camino. 


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		<title>Cincuenta (por diez a la siete) años más</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Jun 2009 20:44:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>amador</dc:creator>
				<category><![CDATA[El mundo se va a acabar]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo científico]]></category>

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		<description><![CDATA[<br />
<div class="w-floatr">
<span class="w-notes">The Medea Hypothesis: Is life on earth ultimately self-destructive?<br />
(La hipótesis de Medea: ¿La vida en la tierra es a fin de cuentas autodestructiva?)<br />
Peter Ward<br />
Princeton University Press (2009)</span>
</div>
<br />
<img class="right" src="http://amador.cbsj.org/wp-content/uploads/2009/06/medea_ward.thumbnail.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
<br />
<br />
A finales de la década de 1970 —simultáneamente con <em>The Wall</em> de Pink Floyd y la aparición de The Police—, James Lovelock, un admirado científico con formación de químico y médico, quien había medido, gracias a un invento original, los clorofluorocarbonos en la atmósfera —y abrió así el camino al descubrimiento del agujero del ozono—, volvió famosa una idea —la hipótesis de Gaia— que él venía madurando desde los años sesenta (los mismos que entronizaron a The Beatles y Bob Dylan). Dicha hipótesis, como tantas otras ideas famosas, tiene significados distintos para la numerosa humanidad que la menciona, pero trataremos de concentrarnos, como lo hace Ward en el libro que nos ocupa, en el que podemos denominar su significado científico: la vida tiende a ajustar el ambiente —la temperatura, el pH del océano, la composición de los gases en la atmósfera— en condiciones que permitan su bienestar, el de la vida. O sea que cuando alguna causa provoca el aumento o la disminución del CO2 por fuera de las concentraciones atmosféricas que permiten la vida en la tierra, la vida misma se ajusta para que el CO2 deje de aumentar o de disminuir, y así la vida sigue. La causa que provoque un efecto contrario a la vida puede estar, desde luego, desprovista de volición, como la actividad volcánica o la colisión con un asteroide. Pero también puede provenir de la voluntad de uno de los múltiples representantes de la vida, por ejemplo la de los humanos de recorrer grandes distancias a gran velocidad a bordo de poderosos automóviles.<br />
</wikka>
<span id="more-34"></span>
<wikka><br />
<div class="indent">Esta idea inmediatamente produjo dos consecuencias predecibles. Por un lado motivó la interpretación de la vida como un ente dotado de voluntad. Así, se interpreta la hipótesis de Gaia —la Madre Tierra para los griegos, <em>aka</em> Gea— como la existencia en la tierra de una diosa madre que se encarga de proteger la vida de sus hijos. La tierra es un ser viviente que controla y regula el ambiente para que la vida exista. Por otro lado, amable lectora, piense ahora en el efecto que estas ideas pueden tener sobre algunos de los <em>hippies</em> sesenteros más apasionados… el <em>New Age</em> es un producto de los setentas y uno puede encontrar en la actualidad espiritualidad, <em>energy healing</em> y ascensión espiritual en dos teclazos de la palabra Gaia. </div>
<br />
<div class="indent">Pero los científicos son tozudos y trabajadores. Y han mantenido una enorme actividad basada en <em>grants</em> y <em>papers</em> con el objetivo de saber si la hipótesis de Gaia tiene o no sentido, y si hay manera de demostrar que la vida regula al ambiente. O lo contrario. Como ustedes recordarán, Karl Popper nos convenció hace tiempo de que demostrar que algo es cierto es imposible, y por lo tanto, lo más que podemos hacer es demostrar que algo es falso.  Entonces, debemos de aspirar si acaso a la falsación de las hipótesis.</div>
<br />
Numerosos científicos se han dedicado a falsear la hipótesis de marras, y ahora Peter Ward nos cuenta los resultados de estas averiguaciones y contraataca con una hipótesis de su creación: la hipótesis de Medea. Antes de decir de qué se trata, recordemos que Medea es la madre de los hijos de Jasón, el Argonauta, quien luego de un apasionado romance, la abandonó por la joven Glauca. No es muy importante para nuestros fines presentes saber que Medea despachó de mala manera a Glauca, pero sí que mató también a los dos hijos que ella —Medea— había procreado con Jasón. Así que ya se ve qué tiene en mente Ward cuando opina sobre la hipótesis de Gaia:<br />
<ul class="w-thread"><li>Mi objetivo es proponer una nueva hipótesis que pueda explicar una variedad de hechos y características de la vida en la Tierra. Así que propongo lo que llamaré la hipótesis de Medea, que puede formalizarse de la siguiente manera. La habitabilidad de la Tierra ha sido afectada por la presencia de la vida, pero el efecto global de la vida ha sido y será el de reducir la longevidad de la Tierra como planeta habitable. La vida misma, al ser inherentemente darwiniana, es biocida, suicida y crea una serie de retroalimentaciones positivas a los sistemas de la Tierra (como la temperatura global y el contenido de dióxido de carbono y metano) que dañan a las generaciones posteriores. Así que es la vida la que causará su propio final, en este planeta o en cualquier otro habitado por vida darwiniana, a través de perturbaciones y cambios de temperatura, de composición atmosférica de los gases o de ciclos elementales que los vuelvan insostenibles para la vida (p. 35).</li></ul>
<br />
Ahora hay que ver qué hace la evidencia científica con estas dos hipótesis. Y para hacerlo, nos tenemos que poner de acuerdo en lo que sabemos acerca de cómo medir el estado de la vida. ¿Estamos en el mejor momento de la vida en la Tierra? ¿Hemos tenido mejores épocas? La mejor era, ¿está por venir? Vamos a tener que aceptar que nos importa la vida en general, no la de una especie en particular. Eso ya nos permitirá, cuando menos, aceptar la posibilidad de que el siglo de oro del animal humano no corresponda necesariamente con el mejor momento de la vida en la Tierra. Conviene recordar que la vida en el planeta existe desde hace unos cuatro mil millones de años, que hay animales desde hace unos seiscientos millones de años, mamíferos desde hace unos doscientos millones, que el género <em>homo</em> tiene menos de dos y medio millones de años y que las personas existen desde hace menos de doscientos mil años. Finalmente, vamos a tener que ponernos de acuerdo en cómo se puede calificar el estado de la vida. Ward discute una gran variedad de posibilidades, pero atiende tres con detalle: el número de especies existentes, el número de ejemplares existentes de cada especie y la biomasa total existente. La primera la despacha rápidamente:<br />
<ul class="w-thread"><li>La diversidad de los animales y las plantas superiores se ha mantenido en un estado estacionario durante más de 300 millones de años desde la conquista evolutiva de la tierra firme, aunque este valor de largo plazo se haya reducido ocasionalmente debido a extinciones masivas. En segundo lugar, no conocemos cómo era la diversidad de la vida microbiana antes de la existencia de los animales, pero lo más probable es que fuera mayor (p. 126).</li></ul>
<br />
No hay manera sencilla de evaluar la segunda, pero somos montones los seres humanos —lo cual le da fundamento a nuestra idea antropomórfica de que éste es el mejor momento para la vida. La tercera es la que se puede estudiar con más detalle:<br />
<ul class="w-thread"><li>Los resultados de [modelaciones recientes] indican que la biomasa en la Tierra tuvo un máximo hace entre trescientos y mil millones de años y que ha disminuido desde entonces. Dado que existen dos factores principales que afectan el valor de la biomasa —los valores de la temperatura y del carbón atmosférico— debemos atender a estos dos. La temperatura se ha mantenido esencialmente constante, pero los valores de carbono han disminuido porque el CO2 ha sido retirado de la atmósfera debido al incremento de la meteorización (<em>weathering</em>) del silicato de carbono producido por las plantas, así como a la mayor eficiencia en la producción de esqueletos de carbono de animales y plantas, desde los microscópicos hasta los de gran tamaño (p. 127).</li></ul>
<br />
Y listo. De acuerdo con Ward, no tenemos la menor evidencia que sostenga que la vida se acomode para seguir y progresar en el futuro. Hasta ahí la hipótesis de Gaia. Consideradamente, Ward aclara que la idea de Lovelock, con todo y ser falsa, ha sido muy útil y muy exitosa. Útil y exitosa porque generó intensa investigación moderna sobre la propia definición de vida, centralizada en la especialidad científica que se conoce como Ciencia del Sistema Terrestre, la cual se encarga de entender los procesos de la química cíclica que permiten la existencia de la vida. Estudios que, a fin de cuentas, son los que le permiten proponer la nueva hipótesis y postular las siguientes conclusiones. <br />
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
<br />
El mundo se va a acabar, como se ha repetido hasta la saciedad en estas reseñas. Pero la discusión de si se va a acabar en los próximos cincuenta años o en las siguientes cincuenta décadas es muy pertinente y apasionada. Lo que no se discute es que, a más tardar, el mundo se va a acabar cuando el Sol estalle como giganta roja en unos quinientos millones de años, y aun antes —como nos explica Ward en uno de los hallazgos de la ciencia del sistema terrestre—, cuando el carbono atmosférico sufra la meteorización que hace reaccionar al silicato con dióxido de carbono y produce carbonato y sílica. Porque, interesantemente, ése es el destino final del carbono en la Tierra. Como se sabe, ahora nos preocupa muchísimo que la actividad humana —las ganas de circular a gran velocidad por periféricos inmensos— produce grandes cantidades de CO2 que, disuelto en la atmósfera, genera el calentamiento global. Pero ese efecto es momentáneo. A lo largo de suficientes millones de años acabará ganando el hecho de que el silicato de calcio —abundantísimo en la corteza terrestre— reacciona con CO2 para producir carbonato de calcio y sílica<br />
<br />
<a class="w-missingpage" href="" title="" rel="nofollow">CaSiO3</a> + CO2 → <a class="w-missingpage" href="" title="" rel="nofollow">CaCO3</a> + <a class="w-missingpage" href="" title="" rel="nofollow">SiO2</a><br />
<br />
<em>captura el carbono</em> y lo deposita en la corteza terrestre, de donde no podrá ser recuperado por los seres vivos para hacer proteínas, músculo, tallos, hojas, ni nada de eso. Así que la vida se va a acabar ahora sí que por falta de carbono. Igual y nuestra afición por el petróleo se puede interpretar como una actividad de tipo Gaia: al quemar petróleo, estamos prolongando unos pocos millones de años la presencia de la vida en la Tierra ;-)<br />
<br />
Ward sugiere entonces la hipótesis de Medea:<br />
<br />
<ul class="w-thread"><li>[L]a vida, y la vida futura, se limita a sí misma de diversas maneras, entre ellas, importantemente, causando una retroalimentación positiva en varios de los sistemas terrestres necesarios para mantener la vida (p. 127).</li></ul>
<br />
No me parece primordial demostrar si la hipótesis de Medea será falsada o no. Me parece más importante una de sus consecuencias. Ward deduce que, de ser cierta, estamos en el hoyo. Y declara que es su deseo —como el de la gran mayoría de los seres humanos, con la posible excepción de los del Movimiento por la Extinción Voluntaria de la Humanidad—  que no desaparezca la vida humana. La consecuencia es que la única forma de preservarla es la utilización de la racionalidad de una sola de sus especies y una artificialización de la vida en la tierra que permita nuestra conservación. En pocas palabras, que nos dejemos de consideraciones y aceptemos que nuestro único chance es utilizar nuestra singularidad en el uso de la racionalidad —y el conocimiento de la química, la física, la ingeniería y todo eso— para arreglar a mano el ambiente. Hay ideas de sobra. Por el momento, para evitar el calentamiento global, presentamos una lista reciente: <br />
<br />
•	Construir una flota de 1500 barcos con hélices que generen un  <em>spray</em> de agua. Este <em>spray</em> aumentará la nubosidad que aumenta el albedo terrestre reflejando hacia fuera de la atmósfera una mayor fracción de la radiación solar. <br />
<br />
•	Construir un arsenal de veinte rifles electromagnéticos —de kilómetro y medio  de longitud, localizados a gran altura— que envíen discos de cerámica al espacio, a esa zona en que la fuerza de gravedad de la Tierra se cancela exactamente con la fuerza de gravedad del Sol y se puedan quedar ahí en calidad de parasoles que disminuyan la radiación solar que llegue a la Tierra.<br />
<br />
•	Enviar a la estratosfera suficiente aerosol de azufre como para que refleje una gran proporción de la radiación solar que llega a la Tierra. Ésta tiene la ventaja de que produciría novedosos escenarios de amaneceres y atardeceres, a la manera imaginada por los artistas que hicieron  <em>Blade Runner</em>.<br />
<br />
•	Inventar, mediante avances futuros de la biología, árboles con raíces tan anchas y tan profundas que al morir no se pudran generando CO2 a la atmósfera sino que se pudran subterráneamente de tal manera que el carbono quede fijado ahí, con la ventaja añadida de aumentar la producción agrícola del suelo. <br />
<br />
•	Inyectar el CO2 generado en la combustión a los pozos petroleros, ahora vacíos, de donde salió originalmente parte de ese carbono. <br />
<br />
Ahora sí que ante esto vamos a tener que preguntar a cada rato “¿Voy bien, Camilo?”<br />



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		<title>Cincuenta años más</title>
		<link>http://amador.cbsj.org/?p=33</link>
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		<pubDate>Tue, 26 May 2009 20:58:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>amador</dc:creator>
				<category><![CDATA[Antropología, historia y humanidad en general]]></category>
		<category><![CDATA[El mundo se va a acabar]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo científico]]></category>
		<category><![CDATA[Estación Esperanza]]></category>

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		<description><![CDATA[<br />
<div class="w-floatr">
<span class="w-notes">Global Catastrophes and Trends: The next fifty years<br />
(Catástrofes y tendencias globales: Los cincuenta años que siguen)<br />
Vaclav Smil<br />
The MIT Press (2008)<br />
</span>
</div>
<br />
<img class="right" src="http://amador.cbsj.org/wp-content/uploads/2009/05/smilgc.thumbnail.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
<br />
Vaclav Smil no tiene comparación. Quizá lo recuerden. Es el profesor canadiense con quien coincidí hace dos años en Harvard al que “se la prenden unos foquitos en los ojos […] —justo a un lado de un letrero que no alcanzo a ver pero que juro que está ahí y que dice <em>on</em>— y empieza a hablar” Entre aquella visita y ahora, ya publicó dos libros (y tiene planes para publicar dos más este año y otros dos en 2010):  <em>Energy in Nature and Society</em> ⎯que presentaremos en este espacio próximamente⎯ y el que ahora nos ocupa: <em>Global Catastrophes and Trends: The next fifty years.</em> Me imagino a Smil pensando “y ahora, ¿qué escribo?”,  y respondiéndose inmediatamente que nos va a hacer una lista pormenorizada de las catástrofes ⎯las que le parecen amenazadoras y las que le parecen absurdas⎯ que podrían hacerle un serio daño súbito a la humanidad. Además, añade todas aquellas acciones globales en curso que pueden, poco a poco, destruir a la humanidad tal y como la conocemos. Y hace una cosa más: limita su estudio a lo que puede ocurrir con estas dos formas de tragedia —las catástrofes y las acciones globales— en los próximos cincuenta años, como diciendo que más allá de eso ya no nos garantiza nada.<br />
</wikka>
<span id="more-33"></span>
<wikka><br />
Veamos con detalle la diferencia entre estas dos posibilidades. En la primera se encuentran aquellas cosas horribles que nos pueden llegar de repente sin decir siquiera “agua va”: el meteorito que en su trayecto sin sentido se tope con nuestro planeta ⎯se calcula que uno de un kilómetro de diámetro generaría tanta energía como la explosión de un millón de megatones⎯, la megaerupción de un volcán que suelte unos miles de kilómetros cúbicos de <em>ejecta</em> en lugar de los meros veinte kilómetros cúbicos que soltó Krakatoa al este de Java ⎯o sea, más bien como el de Toba al norte de Sumatra, de hace unos 74000 años, y que, se sospecha, sólo dejó a unos diez mil humanos vivos en todo el mundo⎯, la guerra mundial o el ataque terrorista de buen tamaño ⎯no nos da ya tanto miedo que se caliente la Guerra Fría, pero ¿qué tal de loco nos parece Kim Jong-il?⎯ y, finalmente, la que, debido a los últimos sucesos, merece comentario aparte: la pandemia. Así que vulneraremos las reglas básicas de la reseña y en lugar de continuar inmediatamente con la descripción de las acciones globales en curso, daremos una vuelta por lo que Smil dice de la pandemia. <br />
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
Primero, Smil nos recuerda que vivimos el siglo de oro del animal humano, y que nunca en la historia de la humanidad habíamos estado tan protegidos como ahora ⎯higiene, vacunación, descubrimiento de infecciones e inmunización de urgencia⎯ en contra de bacterias y virus. También nos recuerda que no estamos totalmente a salvo, que el más reciente antibiótico efectivo contra la tuberculosis data de 1968, y que la polio anda queriendo regresar por sus fueros.  Así que tenemos multitud de potenciales enemigos: Ebola, Creutzfeldt-Jakob (vacas locas), criptoesporidiosis, cicloesporiasis ⎯estos dos nombres como de programa del Dr. House⎯, SARS y HIV. Pero éstos no son, en opinión de Smil, los que debemos temer:<br />
<br />
<ul class="w-thread"><li>[E]n lo que concierne a discontinuidades impredecibles, sólo una amenaza somática es capaz de asustarnos: seguimos siendo altamente vulnerables a otro episodio de pandemia viral … [la] influenza [es] una infección aguda del tracto respiratorio causada por los virus de serotipo A y B que pertenecen a la familia <em>Orthomyxoviridae.</em> Las epidemias de influenza barren anualmente el mundo, principalmente durante los meses invernales, pero con intensidades diferentes … [L]a pandemia de influenza ocurre cuando uno de los 16 subtipos (H1-H16) de virus de serotipo A, distinto a las cepas previamente presentes en humanos, emerge inesperadamente, se difunde con rapidez por todo el mundo (usualmente en unos seis meses) y contagia entre 30% y 50% de la gente. La enfermedad, con sus síntomas característicos de fiebre, mialgia, dolor de cabeza, tos, coriza, debilidad y malestar general, se desarrolla rápidamente (su periodo de latencia es de 1 a 4 días) y a menudo se complica con neumonía bacterial o viral. La primera puede aliviarse con el uso de antibióticos, pero como no hay tratamientos para la segunda, ésta se convierte en la principal causa de muerte durante una pandemia de influenza. (pp. 40-41) </li></ul>
<br />
La historia de las pandemias es alucinante. La más antigua de la que tenemos datos confiables ocurrió en 1580, y hubo seis en los últimos doscientos años. Cinco de ellas fueron “normales”: las de 1830, 1836 y 1889 ⎯de esta última ya se sabe que el subtipo fue H2/H3⎯ se originaron, hasta donde se sabe, en Rusia; la de 1957 ⎯tipo H2N2, dos millones de muertos⎯  se originó en China y la de 1968 ⎯tipo H3N2, un millón de muertos⎯ se originó en Hong Kong. Pero la que se lleva las palmas, la madre de todas las pandemias, es la de 1918 que se conoce como la <em>Influenza Española</em>, aunque seguramente se originó en Estados Unidos:<br />
<br />
<ul class="w-thread"><li>[L]a pandemia de 1918-1919 ha sido, por mucho, el mayor desastre infeccioso súbito de la modernidad. La interpretación más aceptada es que su primera ola, moderadamente virulenta, se originó en marzo de 1918 con las infecciones registradas en [un campo militar en Kansas] … Para mayo el virus había cubierto casi todo Estados Unidos, Europa occidental, África del norte, Japón y la costa este de China; para agosto había llegado a Australia, Latinoamérica y la India. La segunda ola, entre septiembre y diciembre de 1918, fue la responsable de la mayoría de las muertes causadas por la pandemia, con una tasa de mortalidad de hasta 2.5%; la tercera ola (de febrero a abril de 1919) fue menos virulenta.  (p. 41)</li></ul>
<br />
Los datos disponibles acerca de esa pandemia no son tan precisos y abundantes como los que podemos adquirir en la actualidad ⎯incluso por internet, sin que haga falta ser un profesional de la salud⎯, pero se sospechan interesantes peculiaridades. Por ejemplo que a diferencia de las epidemias anuales, que se caracterizan por un patrón de mortalidad en forma de <em>U</em> ⎯si se grafica el número de muertes como función de la edad del difunto, la curva tiene una forma de <em>U</em> ya que mueren sobre todo niños y ancianos⎯, ésta causó gran mortandad entre gente de 15 a 35 años de edad, y 99% de los muertos eran menores de 65 años. Tampoco se sabe con exactitud cuántos decesos produjo esta pandemia; aunque normalmente se dice que hubo entre 20 y 40 millones de víctimas fatales, un documento oficial de la OMS menciona más de 40 millones y el paper más reciente asegura que fueron 50 millones. <br />
<br />
<div class="indent">Dice Smil,</div>
<br />
<ul class="w-thread"><li>[L]a probabilidad de otra pandemia de influenza durante los próximos 50 años es virtualmente 100%, aunque sólo se puede especular acerca de la estimación de las probabilidades de que sus efectos sean leves, moderados o severos, ya que simplemente desconocemos cuán patogénico será el nuevo virus ni qué categorías de edad atacará preferentemente. La estimación del tamaño probable de su morbilidad y su mortalidad es aún más difícil. A pesar de los enormes avances en la virología y la epidemiología, muchas de las preguntas científicas fundamentales acerca de los orígenes, la virulencia y la difusión de la influenza siguen sin respuesta. El origen de la pandemia de 1918-1919 sigue sin identificarse, y la propia cepa virulenta fue genéticamente distinta de cualquier otro virus analizado desde entonces. En consecuencia, la preocupación actual acerca del H5N1 aviar puede resultar injustificada, aunque una cepa nueva puede resultar la causante de una pandemia. […] Las predicciones optimistas de una nueva pandemia de influenza asignan la tasa de infección en 20% de la población mundial, con el ingreso hospitalario de una de cada cien personas enfermas (si es que alcanzan las camas) y 7 millones de muertos en los primeros meses. […] Sus efectos, sin embargo, no pueden predecirse con certeza porque no hay manera de conocer la virulencia de las cepas infecciosas nuevas. […] Lo cierto es que, cualquiera que sea su magnitud real, no estamos adecuadamente preparados para sus consecuencias. (pp. 46-47)</li></ul>
<br />
En resumen, Smil asegura en su libro de 2008 que viene una pandemia. Y yo lo leo en abril de 2009 al mismo tiempo que inicia la pandemia en la ciudad de México. Ha pasado ya un mes y el número de muertos todavía no llega a cien, lo que nos ha ayudado a recuperar el ánimo. Pero Smil tiene un párrafo más:<br />
<br />
<ul class="w-thread"><li>Una ola inicial moderada de infecciones, meses antes de la ola principal (como ocurrió en 1918 en Estados Unidos), puede no ser útil: en vez de darnos más tiempo para prepararnos, podría ocasionar más desánimo y temor ya que una nueva vacuna —cuyo desarrollo se echaría a andar después de que el virus de la pandemia haya empezado su difusión— no estaría disponible antes de que el virus cubriera todo el mundo. Pero si la pandemia se parece al episodio de 1918-1919, entonces el evento podría durar más de seis meses, la mortalidad sustancial podría continuar durante la segunda estación y muchas ciudades y países encontrarían particularmente difícil enfrentar la segunda ola. (p. 48)</li></ul>
<br />
Y ya nomás para terminar, Smil se pregunta cuál sería el efecto de una pandemia en la atención desigual a los habitantes de un país en donde la riqueza está de por sí altamente polarizada entre la población, léase México. <br />
<div class="indent"></div>
Pero regresemos a las amenazas súbitas y a las producidas por acciones globales en curso. <br />
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
Entonces ya quedó claro de qué se tratan las catástrofes súbitas que nos pueden hacer serio daño: asteroides, erupciones, guerra nuclear y pandemia de influenza. Ninguna de ellas, con la excepción de la pandemia de influenza, tiene una probabilidad apreciable de ocurrir en los próximos cincuenta años. Vamos ahora con las catástrofes debidas a acciones globales en curso. La idea es que la humanidad ha mantenido ciertas acciones durante los últimos tiempos ⎯decenas, cientos y, en algunos casos, miles de años⎯ las cuales poco a poco nos han puesto en una situación que puede modificar sustancialmente la forma en que vivimos. La primera, y mi favorita sentimental, es el uso de la energía. <br />
<br />
<div class="indent">Como sabemos, el motor de la modernidad, la causa principal del siglo de oro del animal humano, lo que nos ha permitido tirar la casa por la ventana en la fiesta de la humanidad, es la abundancia de energía barata. Hay mil maneras de contarlo. Hoy escogeré la que dice que consumimos diariamente una cantidad total de energía equivalente a poco más de 200 millones de barriles de petróleo, sin contar la que consumimos quemando madera. En esta cantidad se incluye lo que obtenemos del petróleo ⎯35%⎯, del gas ⎯24% ⎯, del carbono ⎯29%⎯, de la energía nuclear ⎯6%⎯ y de la hidroeléctrica ⎯6%⎯. En 1900 usábamos la vigésima parte de esa cifra, llegamos a la mitad en la década de los cincuenta y a las tres cuartas partes en 1990. De la lista anterior sólo la hidroeléctrica es renovable ⎯la solar y la del viento suman menos de 1%⎯. Ahí, pues, está la acción de la humanidad que se ha mantenido durante poco más de cien años y que paulatinamente nos ha llevado ⎯o nos llevará en poco tiempo⎯ al borde del derrumbe. Porque no es posible que sigamos aumentando el nivel de consumo de energía ⎯que es, insisto, no renovable⎯; de hecho, tarde o temprano será imposible mantener siquiera ese mismo nivel de consumo. Smil enumera las esperanzas que tenemos en los métodos alternativos para proseguir la fiesta: el etanol de biomasa ⎯tache⎯, las turbinas de viento ⎯tache⎯, las celdas fotovoltaicas ⎯tache⎯, el hidrógeno ⎯tache y risa loca⎯ y las celdas de combustible ⎯tache. La razón principal de tantos taches es que ninguna de esas tecnologías puede producir la cantidad de energía que estamos usando: no hay manera de crear una cantidad suficiente para reemplazar a la que disfrutamos ahora. Así que la única posibilidad que ve para los próximos cincuenta años es que sigamos usando la energía no renovable proveniente de los combustibles fósiles ⎯petróleo, gas y carbono⎯ y, si acaso, la que podamos sacar de los combustibles nucleares. Porque también está seguro de que no vamos a disminuir nuestro consumo de energía a menos que nos veamos obligados a hacerlo por la fuerza. Tan sólido realismo desbarra un poco, a juicio de este reseñista, cuando asegura que nos quedan en la tierra combustibles fósiles suficientes para llegar como vamos a la meta de los próximos cincuenta años y aún más allá.</div>
<br />
<div class="indent">Como hemos intentado mostrar en estas páginas, la discusión acerca de la disponibilidad de combustibles fósiles ha producido Montescos y Capuletos. Yo me identifico claramente con la familia Montesco, la que cree que no nos durarán por mucho tiempo. Pero, luego de ver a Julieta, he tratado lo imposible por acercarme un poco a los Capuleto, a quienes trato de hacer entrar en razón diciéndoles que no importa si los combustibles fósiles se van a acabar pronto o no. El punto es que debemos pensar qué tan conveniente es seguir aumentando nuestro consumo de energía. Porque, así como vamos, cada vez hay que sacar y quemar más combustibles, y si no dejamos de crecer, inevitablemente en algún momento habrán de agotarse los que no sean renovables. Los familiares de Julieta responden recordándome que la humanidad siempre ha sido capaz de resolver sus problemas con la inventiva y creatividad que la define. Y que ahí vienen la biomasa, las turbinas de viento, etcétera. A eso es a lo que contesta Smil diciendo que esas posibles soluciones no pueden producir energía en las cantidades en las que la estamos obligando a aumentar. Mi esperanza es que ese argumento haga pensar a los Capuletos que quizá no tenga sentido seguir aumentando nuestro consumo de energía. Para ello les muestro las actividades en las que hemos invertido nuestra energía extra en los últimos años, que incluye las carreras de automóviles o el uso de botellas de plástico, pero esa historia se las contaré en otra ocasión. Entonces, los Montesco aprovechan la distracción y añaden el argumento de que el uso de combustibles fósiles produce gases de efecto invernadero, con las consabidas consecuencias en el calentamiento global. Y se oyen a gritos palabras como Gore y <a class="w-missingpage" href="" title="" rel="nofollow">DiCaprio</a> y las espadas se vuelven a desenvainar y salta la sangre. Smil, astuto, deja para otro capítulo ese tema, a pesar de que es, claramente, uno de las posibles catástrofes debidas a acciones globales en curso.</div>
<br />
<div class="indent">En cambio, se arriesga a incluir un conjunto de acciones globales fuera del camino común de un científico que se confiesa forjado en el estudio de las ciencias naturales ⎯biología, química, geografía y geología⎯, pero es, en el fondo, “incorregiblemente interdisciplinario”.  Así, se lanza a evaluar las acciones globales en curso que pueden modificar el orden mundial existente. En tiempos recientes tenemos un magnífico ejemplo de cómo puede suceder algo así de manera estrepitosa e inesperada. Nadie pudo predecir con eficacia la desaparición, en pocos meses, de la Unión Soviética hace menos de veinte años, pero su principal efecto fue que transformó el orden mundial previo ⎯el orden bipolar de la Guerra Fría entre la Unión Soviética y Estados Unidos⎯ en el actual ⎯que puede interpretarse como unipolar, con la presencia exclusiva del gabacho⎯. Según Smil, los candidatos para suceder en el predominio global, además de Estados Unidos (tache), son Europa (tache), Japón (tache), el mundo musulmán (doble tache), Rusia (en una de esas) y China (tache).</div>
<br />
<div class="indent">Despacha a los <em>eurotrash</em> ⎯se refiere literalmente a la <em>eurohubris</em>⎯ que pronostican un resurgimiento de la Unión Europea como potencia dominante. Su principal problema es la demografía ⎯70 de cada 100 trabajadores estarán jubilados en 2030⎯, además sus compromisos con sistemas de salud y pensiones insostenibles en la actualidad y que sólo pueden empeorar en el futuro. A Japón le va peor en dos aspectos: el primero es que su demografía tiende aún más hacia la vejez que la de Europa ⎯la función de distribución de su población en 1950 es la típica pirámide con abundancia de niños y escasez de viejitos, la de 2000 tiene máximos locales por ahí de 30 y de 50 años, la pronosticada para 2050 es la improbable pirámide invertida, más bien parecida a un bat de béisbol en donde, por primera vez en la historia de la humanidad hay más octogenarios que niños⎯. Y el segundo, que la actividad económica del gigante de otros tiempos cayó a partir de la década de 1990 y su crecimiento promedia casi cero en los últimos diez años. Del mundo musulmán ni hablar: no hay país musulmán que esté participando exitosamente de la modernidad. Y si creemos que sólo en la modernidad es posible el dominio polar global…, pues eso. Rusia es enigmática y contradictoria. Tiene recursos naturales ⎯petróleo, gas⎯ que pueden volverse aún más importantes en el futuro próximo. Pero tiene también problemas demográficos como los de Europa y Japón, agravados por la deficiente salud de una población particularmente predispuesta al chupe. Finalmente, China tiene todo lo que hace falta para convertirse en una superpotencia excepto por un detalle. Tiene la población, la disciplina, el impulso y el tamaño. El detalle es que le falta todo lo demás: recursos naturales, agua, aire limpio, suelo, etcétera. </div>
<br />
<div class="indent">Así que no esperamos la creación de un nuevo régimen unipolar, sino más bien la desaparición del actual. Ahora bien, tanto como pronosticar los cambios que esta modificación general hará sobre el estado actual de la humanidad, puede que no se vaya a poder. Si acaso se puede pronosticar que la globalización será menos eficaz en un mundo menos regimentado. </div>
<br />
<div class="indent">No debe sorprender a nadie que México no sea considerado por Smil en esta lista de países con posibilidades de dominio ⎯todavía no nos recuperamos de la sorpresa que nos causó alguna vez la FIFA cuando nos considerado entre los cinco mejores países. Quizás esto sea una ventaja. Quizá México ha logrado estar lo suficientemente cerca de los líderes para gozar de las mejores ventajas del siglo de oro de la humanidad y suficientemente lejos para no tener que pagar por esa cercanía ⎯México en actitud de perro chico, diría Cortázar. </div>
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***
</div>
<br />
Exageré. Smil no se limita al calentamiento global, sino que generaliza y se refiere al cambio ambiental. Como de eso estamos hablando todo el tiempo, no vale la pena que nos detengamos en los detalles que relata Smil. Pero sí hay que señalar lo que distingue por su importancia: una tendencia menos conocida que la del calentamiento global, la el ciclo del nitrógeno. Nuestras necesidades de fertilización de cosechas, las  cosechas de leguminosas y nuestra combustión de gas, carbón y petróleo, agregan 150 millones de toneladas de nitrógeno por año al ambiente, igualando la producción natural. ¿Qué pasa con ese nitrógeno? Parte se disuelve en los ríos, parte se mete en los pozos de agua dulce ⎯generando enfermedades⎯, parte se denitrifica ⎯los microorganismos lo vuelven N2 y, según se acaba de descubrir, NO y N2O⎯ y parte es transportada atmosféricamente a los océanos ⎯donde genera zonas hipóxicas en las que no se ve un ser vivo, nunca⎯. Creo que a Smil le hubiera gustado citar a Schlesinger  diciendo: “En general, nuestra comprensión del ciclo del nitrógeno… es análoga a … la que existía para el ciclo de carbono en la década de los sesenta …  [L]o único que sabemos es que las concentraciones crecientes de nitrógeno en lugares inesperados causarán daños ambientales significativos que habremos de lamentar”. Lo que sí dice Smil es <br />
<br />
<ul class="w-thread"><li>La interferencia humana con el ciclo global del nitrógeno es una amenaza inherentemente más difícil de tratar que la descarbonización del suplemento de energía mundial. Esta última no será una transición sencilla, pero inevitablemente tendremos que llegar a un sistema energético libre de carbono. En contraste, no pueden existir los organismos libres de nitrógeno, y la población mundial más numerosa y más onerosa del siglo veintiuno demandará una mejor alimentación que tiene que provenir de la mayor aplicación de fertilizantes… (p. 202)</li></ul>
<br />
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
Ni Smil ni nadie puede pronosticar cuál de estas amenazas ⎯súbita o paulatinamente⎯ ocurrirá. Smil nos dice que son amenazas, que son auténticas y que <em>pueden</em> ocurrir. Él ya hizo su chamba al respecto. Ahora faltaría que el resto de los humanos decidamos si seguimos en la búsqueda de los tres pies del gato. La búsqueda de los tres pies de los muchos cuadrúpedos felinos que, gracias al trabajo de muchos científicos como Smil, sabemos que pueblan el vasto mundo. <br />
<br />
<br />

]]></description>
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		<title>El ambiente de nuestro siglo</title>
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		<pubDate>Tue, 06 Nov 2007 23:21:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>amador</dc:creator>
				<category><![CDATA[Antropología, historia y humanidad en general]]></category>
		<category><![CDATA[El economista aficionado]]></category>
		<category><![CDATA[El mundo se va a acabar]]></category>
		<category><![CDATA[Estación Esperanza]]></category>

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		<description><![CDATA[<br />
<div class="w-floatr">
<span class="w-notes">Something New Under The Sun: An environmental history of the twentieth-century world<br />
(Algo nuevo bajo el sol: Una historia ambiental del mundo vigesímico)<br />
J. R. <a class="w-missingpage" href="" title="" rel="nofollow">McNeill</a><br />
Norton (2001)<br />
</span>
</div>
<br />
<img class="right" src="http://amador.cbsj.org/wp-content/uploads/2007/11/mcneill.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
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No nos cansamos de expresar nuestra admiración ante los portentosos acontecimientos de la modernidad. Es que, mire usted, de verdad que son impresionantes. Imaginemos la investigación en la que pretendemos averiguar cuántos homínidos —primates superiores más o menos identificables con el <em>homo sapiens</em>— han vivido en toda la historia. Luego, para cada época, habría que hacer la estimación de su esperanza de vida media, con el objetivo de calcular cuantos años humanos se han vivido en absoluto. El cálculo, hecho por algunos valientes demógrafos, apunta a que han nacido unos 80 mil millones de homínidos. Y que entre todos hemos vivido unos 2.16 millones de millones de años. Lo portentoso de la modernidad es que de ese montón de años humanos, el 28% se han vivido después de 1750 —poco más de un cuarto del total en los últimos dos siglos y medio—, que 20% desde 1900 —un quinto del total en el último siglo— y 13% después de 1950 —un octavo en menos de sesenta años, sin contar los años que vivieron antes de 1950 personas que aún están vivas—. ¿Cuál es el precio ambiental de este portentoso crecimiento de la población humana? ¿Cómo hemos modificado el ambiente en el proceso de convertirnos en esta multitud? El autor de este libro, profesor de historia en una universidad de Washington, no se plantea contestar estas preguntas en toda su posible amplitud, sino sólo en el sentido de los cambios que este portento ha producido desde el punto de vista del propio ser humano. Es decir, plantea la pregunta limitada de ¿cuáles han sido los efectos de la multiplicación de los humanos en el ambiente que sirve las necesidades de los mismos seres humanos? Además limita su estudio al siglo pasado. Límite que resulta ahora sí que académico, porque, como veremos, casi todo lo que le hemos hecho al ambiente se lo hemos hecho durante el siglo pasado. <br />
</wikka>
<span id="more-29"></span>
<wikka><br />
<div class="indent">Desde luego que el libro presenta ordenadamente las respuestas a su pregunta clasificando los efectos de la humanidad en el ambiente de la Tierra por capas, es decir, la litosfera, la hidrosfera, la atmósfera y la biosfera. Pero uno no sabe por dónde empezar. ¿Platicamos primero de los camiones de 60 toneladas que se usan en la actualidad en los procesos de minería a cielo abierto y que tienen el efecto de mover montañas? ¿Platicamos de los efectos de la contaminación atmosférica producida por actividades de la industria química que en su momento se vieron como imprescindibles para la viabilidad de una nación?  ¿Platicamos de Thomas Midgley, el ingeniero químico a quien se le ocurrió la idea de echarle tetraetilo de plomo a las gasolinas y además inventó el freón, lo que lo hace el personaje de carne y hueso más cercano a un Lex Luthor —o C. M. Burns? Ese es casi mi favorito, pero mejor veamos el tratamiento que le hemos aplicado a las aguas en las obras de “plomería geológica”, las obras humanas más grandes de la historia y con las causas inmediatas más importantes: las presas y los canales para domar el agua. </div>
<br />
<div class="indent">Para abrir boca considérese esta historia. El régimen de Mussolini en Italia fue el primero que quiso encontrar petróleo en Libia —pensando que le tenía que tocar petróleo libio a Italia, como le había tocado petróleo iraquí a Inglaterra. En lugar de petróleo, encontró agua. Los primeros prospectores estadounidenses encontraron también agua. Y es que le habían atinado al Acuífero de Nubia, el más grande del mundo, con una extensión de más de dos millones de kilómetros cuadrados —área un poco mayor que la de todo México. Luego se encontró mucho petróleo en Libia, no tanto como agua, pero si tanto que el dinero alcanzó para hacer el Gran Río: un sistema de pozos, bombas y tubos, construido en la década pasada, que transporta algo así como seis millones de metros cúbicos de agua al día —poco más del doble de lo que consume la Ciudad de México— a lo largo de mil kilómetros para llevarla a las ciudades libias del Mediterráneo. El acuífero está debajo del Sahara, así que no se recarga. Esta es una acción que promueve el crecimiento, toda vez que una de las consecuencias previsibles del suministro de agua a las ciudades libias del Mediterráneo será el aumento de su población. La situación no es sustentable:  si un acuífero no se recarga, el agua se agotará tarde o temprano. Un <em>sustentabilista</em> encuentra en esto suficiente problema como para cuestionar semejante estrategia. Un economista más bien se queja de que el costo de esa agua —por lo que costó la obra y lo que cuesta mantenerla funcionando— es entre cuatro y diez veces mayor que el precio de los cultivos que permite. Pero por el momento los libios gozan de un nivel de desarrollo superior al del resto de Africa y Muammar al-Gaddafi sonríe. </div>
<br />
Porque el manejo del agua ha estado muy revuelto, en el siglo que nos interesa, con la política —fatalmente siempre de relumbrón. Capitalistas, comunistas y nacionalistas por igual han planeado, construido y hasta terminado monumentales obras de manejo de aguas. Como la historia de éxito que domó al Indus en el noroeste de India y actual Pakistán. Y creó la red de canales que convirtió al Punjab en la zona irrigada más grande del mundo —16 millones de hectáreas, poco más que todo el estado de Coahuila, poco menos que todo el estado de Sonora. O el desastre tanto económico como ecológico de la Unión Soviética estalinista que acabó con el Mar Aral:<br />
<br />
<ul class="w-thread"><li>La inversión en el algodón asfixió al Mar Aral. Antes de 1960 su flujo de entrada promediaba 55 kilómetros cúbicos al año, flujo comparable con los de los ríos Po (Italia), Níger (Africa occidental) o Snake (Estados Unidos); disminuyó pronunciadamente en 1960-1961 y continuó disminuyendo año con año. Para 1980 el Aral tenía tan sólo una quinta parte de su flujo de entrada anterior, y para los noventa cuando mucho un décimo y a veces nada de nada. El nivel del Mar Aral empezó a bajar lentamente en los sesenta pero más y más rápido a partir de 1973. Para mediados de los noventa el nivel del Mar Aral era quince metros menor que su nivel antes de los sesenta, y cubría menos de la mitad del área original. En 1990 se convirtió en dos mares, cuando apareció un puente natural en su extremo norte. Su volumen total era de un tercio del de 1960. La salinidad del Aral se triplicó entre 1960 y 1993.
</li><li>[…]
</li><li>La actividad pesquera del Mar Aral produjo unas 40,000 toneladas anuales en los años cincuenta. Desapareció por completo para 1990. La Enlatadora Muynak se mantuvo hasta principios de los noventa con el envío aéreo de pescados congelados desde el Báltico y su embarque en el Ferrocarril <a class="w-missingpage" href="" title="" rel="nofollow">TranSiberiano</a> desde el Pacífico, en la que ha sido sin duda una de las actividades más antieconómicas de los tiempos modernos (pp. 164-165).</li></ul>
<br />
O la historia de la domesticación del Nilo, de resultados contradictorios, difíciles de evaluar. Porque resulta que todos los ríos, pero especialmente el Nilo, cumplen dos funciones antropocéntricas: transportan agua que usamos para irrigar cultivos y transportan cieno que renueva los nutrientes del suelo. Un problema con la segunda función, sin embargo, es que se realiza traumáticamente —de nuevo, desde la visión antropocéntrica— con el desborde del río y la inundación de las tierras aledañas. Venga la domesticación, porque hacia el siglo XIX la inundación de finales del verano podía arruinar la segunda cosecha anual, que se levanta en esas fechas. Las obras de finales del XIX y principios del XX fueron meros ajustes menores frente a la que acometió el régimen nacionalista de Nasser: la Alta Presa de Asuán. <br />
<ul class="w-thread"><li>Las consecuencias ambientales de Asuán tuvieron alcances regionales, desde Sudán hasta el Mediterráneo central. La Alta Presa de Asuán puede almacenar unos 150 kilómetros cúbicos de agua en el Lago Nasser, el equivalente a dos o tres años de flujo del Nilo, y cerca de 30 veces más que lo que la presa de 1934 contenía. Detuvo el 98% del cieno que anteriormente cubría la parte habitada de Egipto. Revolucionó la agricultura egipcia, al permitir el uso más sistemático del agua y dos o tres cosechas al año. Permitió el control total de las inundaciones, protegiendo la cosecha de algodón aún de las peores inundaciones. La producción de arroz, maíz y algodón —cosechas de verano todas ellas— floreció. El Nilo después de Asuán se convirtió en un canal de irrigación gigante, completamente dócil. La turbinas de la presa alta generaron cerca de un tercio de la electricidad de Egipto entre 1977 y 1990. En estas medidas, la Alta Presa de Asuán cumplió las expectativas de Nasser, aunque no hizo de Egipto un país próspero e independiente. La presa aumentó, sin duda, la importancia de uno de los dos dones del Nilo. 
</li><li>Pero echó a perder el otro don. El subsidio Etiope al suelo dejó de llegar después de 1963. Sin la capa de cieno fértil, la agricultura egipcia tuvo que depender fuertemente de los fertilizantes químicos, de cuyo consumo Egipto se volvió uno de los principales países en el mundo. La mayor parte de la electricidad generada en Asuán se emplea en la fabricación de fertilizante. La amenaza de la salinización se volvió también importante. Sin el lavado de la inundación anual, los suelos conservan más sales… (p. 170)</li></ul>
El cieno con el que el Nilo insultaba —diría Borges— al Mediterráneo construyó el Delta. Éste ha perdido hasta 90 metros ante el mar cada año. Los nutrientes que llevaba el cieno dejaron de llegar al Meditarráneo y las sardinas y los camarones que vivían de ellos desaparecieron. Etcétera, etcétera. Pero de nuevo, gracias en parte a Asuán la población humana que sostiene Egipto se duplicó desde su construcción.<br />
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<br />
La historia ambiental del mundo en el siglo XX admite una división entre lo que ha pasado en los países industrializados y lo que está pasando en los países pobres. En muchas instancias —explotaciones mineras y madereras, usos de agua, industriales y pesqueros, prácticas de cultivo y de cría, contaminación de la atmósfera— la historia es semejante. Al inicio de ese siglo encontrábamos crecimiento exponencial de la actividad del caso en los países del primer mundo. Actividad que generó todo tipo de problemas ambientales: desde las crisis del humo de carbón en Londres, las crisis de contaminación del suelo con cobre y con cadmio en Japón, la eutroficación —exceso de nutrientes que tiene como efecto final la disminución del oxígeno en el agua y la muerte de casi todo ser vivo— de los cuerpos de agua en Japón (la Bahía de Minamata) y en el Mediterráneo, la contaminación por smog en Los Angeles y Atenas, las lluvias ácidas en la cuenca del Ruhr, en el “triángulo sulfúrico” de Dresden, Praga y Cracovia, y en la región de los Grandes Lagos y Ohio —donde se incendió el río y “la lluvia ocasionalmente era más ácida que la Coca de dieta”—, hasta el agujero en la capa de ozono. Esta serie de crisis provocó modificaciones en las prácticas económicas que redujeron sustancialmente sus causas. Los éxitos —siempre parciales— en el control de daños dan sustento a la idea de que la ciencia y la tecnología vienen a nuestro rescate, con soluciones eficaces, cada vez que la actividad económica nos mete en líos y ella misma pide auxilio. En la historia detallada de estos eventos podemos ver cómo los distintos gobiernos de estos países del primer mundo se hicieron de la vista gorda ante el desastre, en aras de adquirir una posición adelantada en el desarrollo de la industria en cuestión, lo que les permitió establecer y consolidar el dominio del mercado que habrían de explotar entonces y hasta ahora. Como si calcularan que cualquiera de estos problemas serían sacrificios aceptables en el camino del desarrollo. Alcanzada una posición de liderazgo se pudieron enfrentar algunos de aquellos problemas. Y en casi todas las instancias la situación actual ha mejorado. <br />
<br />
En contraposición, los países del tercer mundo no padecieron mayores problemas ecológicos en la primera mitad del siglo XX, pero mientras que los problemas del primer mundo se resolvían, los del tercero se  agravaban. La lista es semejante, con el mismo tipo de problemas, pero en sociedades menos organizadas y menos abiertas  y acerca de las cuales no hay tanta información. Las soluciones mágicas que ofreció la tecnología no se aplican en estos casos con la misma eficiencia. Y el tamaño del problema, conforme pasa el tiempo y la escala de la actividad económica aumenta de acuerdo con la doctrina del crecimiento initerrumpido, es cada vez más grande. <br />
<br />
Una corriente de pensamiento económico merece mención. Hospedada en el tercer mundo, sugiere que las noticias de nuestra aproximación a los límites de lo que la Tierra puede ofrecernos —energía, agua, suelo para cultivo y cría, cambio climático— es sólo el nuevo artificio del primer mundo para mantener su ventaja. Como todas las buenas teorías del complot, suena posible.  <br />
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<br />
La mano invisible del mercado goza de mucho prestigio. Y es que, cuando funciona, se lo merece. En la historia de los usos energéticos de la humanidad durante el siglo XX tenemos una situación interesante. Como se sabe, el petróleo reemplazó al carbón como el principal combustible fósil de la vida moderna entre 1910 y 1950 —el periodo inicia con la famosa iniciativa de Churchill de convertir toda la flota inglesa, la flota imperial de la época, de carbón a petróleo— a pesar de que la producción de carbón gozaba de cabal salud, particularmente en Inglaterra. La explicación favorita en la actualidad es que, en ese momento, el petróleo presentaba ventajas económicas —además de sus  ventajas tecnológicas. Ante los altos precios del petróleo que, según este reseñista, son causados por su actual escasez, ¿cabe esperar un resurgimiento del uso del carbón? ¿Lo podemos predecir viendo los precios de los combustibles fósiles? Resulta que el cálculo de los precios relativos de los combustibles es muy complicado. En principio, uno puede emplear los valores de contenido energético de los distintos combustibles: 30 GJ/ton para el carbón, 45 GJ/ton para el petróleo y 50 GJ/ton para el gas. Con la incertidumbre de las conversiones necesarias —la densidad del petróleo y del gas varían mucho dependiendo de su procedencia, por ejemplo, y el contenido energético nominal se puede extraer con rendimientos distintos en la producción de electricidad que en la producción de movimiento—, mis cálculos  dicen que el carbón cuesta menos de 2 USD/GJ, mientras que el gas cuesta por ahí de 7 USD/GJ y el petróleo 14 USD/GJ. Las diferencias son notables. ¿Cuánto hace falta para que veamos una migración hacia el carbón? ¿La migración hacia el gas que hemos visto en los últimos años es motivada por los altos precios del petróleo? ¿Cuánto se tarda la mano invisible en hacer su truco?  ¿El calentamiento global servirá como la invisible mano izquierda que detendrá lo que hace la otra mano?<br />
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<br />
La tentación de la racionalidad es encontrar causas, de preferencia sencillas, a los fenómenos que estudiamos. El recuento de <a class="w-missingpage" href="" title="" rel="nofollow">McNeill</a> no deja duda del aceleradísimo cambio ambiental al que las actividades humanas están sometiendo la Tierra. Y no deja duda de la fatal temporalidad de estas prácticas: es imposible que el crecimiento ininterrumpido continúe indefinidamente. De todas maneras la racionalidad quiere causas. <a class="w-missingpage" href="" title="" rel="nofollow">McNeill</a> hace el recuento de las tres que se han ofrecido solas y en combinación: el aumento poblacional, el aumento en el consumo y la integración o globalización de la economía. Ninguna de ellas explica por sí sola nuestra situación. Las cuentas son del estilo de la siguiente: entre 1900 y 1990 la población aumentó cuatro veces, mientras que el consumo de agua aumentó nueve veces, así que el aumento poblacional es responsable de sólo 44% del aumento. El caso del consumo es ilustrado por los coches, de nuevo en el periodo en el que la humanidad aumentó su volumen en un factor de cuatro, el número de coches aumentó en un factor de diez mil. Finalmente la integración permite que cuando se pone de moda el polvo de cuerno de rinoceronte en el Oriente, basten veinte años para diezmar veinte veces —dejar uno de cada diez— los rinocerontes en África. Pero juntas, las tres causas hacen un coctel explosivo. Ahí la racionalidad nos indica claramente qué hacer: disminuir el número de personas, disminuir el consumo, fomentar la desespecialización. <br />
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***
</div>
<br />
No hay iglesia sin herejes. Y si definimos vagamente al pensamiento de izquierda como el que fatalmente se opone al <em>statu quo</em>, no hay izquierda sin divisionismo. Así, la gente que está preocupada por las consecuencias del crecimiento sostenido pertenece a sectas distintas que con frecuencia agarran una buena bronca entre ellas. Los miembros de la iglesia del cambio climático están de plácemes porque parece que sus consecuencias empiezan a convencer al <em>mainstream</em> —¿empiezan a transversalizarse?— y el “debate” está ganado, Gore es famoso  y de Caprio está de nuestro lado. Por otro lado, los <em>peakoilers</em> ganan terreno día a día conforme el barril de petróleo se acerca a la marca, psicológicamente importantísima, de los cien dólares. Sin embargo, ocurre con frecuencia que un <em>calientólogo</em> deseche la opinión de un <em>peakoiler</em> con los mismos argumentos —o falta de ellos— que usa el petrolero de la trasnacional más interesada. Y no me sorprendería encontrarme entre los <em>peakoilers</em> algunos que no crean en el cambio climático. Interesantemente, la mesurada y cuidadosísima presentación de hechos, datos y teorías de <a class="w-missingpage" href="" title="" rel="nofollow">McNeill</a> en su libro —y que le valió el comentario en la solapa de <em>refrescantemente poco polémico</em>— toma posición frente al problema de la escasez de energía. <a class="w-missingpage" href="" title="" rel="nofollow">McNeill</a> parece pertenecer a la iglesia del “ya se les ocurrirá algo a los científicos para rescatarnos” cuando dice:<br />
<ul class="w-thread"><li>Mi interpretación de la historia moderna sugiere que lo más sensato que podemos hacer es acelerar la llegada de un nuevo régimen de energía más limpia... (p. 359)</li></ul>
¿De dónde vamos a sacar el equivalente a los 200 millones de barriles de petróleo diarios que consumimos en la actualidad? Como a todo izquierdista me desespera la dificultad de hacer ver a la gente la obviedad de mi persuasión. <a class="w-missingpage" href="" title="" rel="nofollow">McNeill</a> nos recuerda, con una buena dosis de ironía, el origen de la desmesurada idea del crecimiento ininterrumpido que, increíblemente, ha sido la ortodoxia de los últimos cien años —Robert Solow, premio Nobel de economía, llegó a decir que “el mundo puede, en efecto, funcionar sin recursos materiales”. ¿Cómo se puede sostener que en un mundo de recursos finitos el crecimiento ininterrumpido es posible? En rumbos de la lógica, demostrar que una aseveración es cierta es muy difícil, ya que rara vez hay certeza de cubrir todos los casos posibles; en cambio, demostrar que  una aseveración es falsa sólo requiere encontrar un ejemplo que la desmienta. No hay duda de que nuestras actividades están influyendo en los parámetros que determinan el clima de la Tierra, no hay duda de que nuestras actividades están consumiendo los combustíbles fósiles que tardaron millones de años en producirse, no hay duda de que nuestras actividades están acabando con el agua de los acuíferos, con los peces en el mar, con los rendimientos de la tierra, etcétera. ¿Por qué no estamos modificando ya, a toda velocidad, nuestros hábitos, para atenuar todas esas tendencias? ¿De dónde sale esa tendencia a creer que el mundo es infinito?<br />
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
¡Ah! Y Midgley. En efecto, él hizo posibles los motores de alta compresión para autos y aviones al emplear el tetraetilo de plomo —quizás el peor contaminante de la atmósfera y del suelo, por la escala en que se usó— en las gasolinas. Y luego inventó el freón —triclorofluorometano y diclorodiflourometano— que se empleó como fluido de trabajo en los refrigeradores y que fue el primero de los CFC que estaban acabando con la capa de ozono. Su tercer invento notable lo motivó su salud personal. Habiendo enfermado de polio en 1940, inventó un sistema de poleas y cuerdas que lo ayudaban a acostarse y levantarse. Un día de 1944 fue hallado, en suspensión sobre la cama, estrangulado por su invento.   <br />
<br />
<div class="indent">Cuesta trabajo resistir la tentación de encontrar en el fin de Midgley una moraleja. Pero después de todo, Midgley sólo fue un hombre de su tiempo; como todos nosotros, jugó con las cartas que le dio su individual e irrepetible circunstancia. No fue el dueño del capital, sino sólo un ingeniero muy exitoso. No fue como Onassis, responsable directo, por puro afán de lucro, de la merma en los números de ballenas en la década de los cincuentas,  o como el golpista general Suharto en Indonesia quien, ante la sospecha de que otro golpista lo esperaba en el futuro, se apresuró a “realizar” el botín de los bosques indonesios logrando reducirlos a la mitad para cuando fueron alcanzados por los incendios de 1998. Los responsables están ahí, “fatigando la infamia”. Y todavía peor, como dice Erik Assadourian que dijo Utah Phillips: “La tierra no está muriendo. La están matando, y quienes la están matando tienen nombres y direcciones”. Los Midgleys, los Onassis, los Suhartos, pero también los miles de millones de personas comunes y corrientes que hacemos lo que en nuestra individual e irrepetible circunstancia nos parece lo normal. </div>


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		<title>El pico de Hubbert</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Oct 2007 23:01:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>amador</dc:creator>
				<category><![CDATA[El mundo se va a acabar]]></category>
		<category><![CDATA[Estación Esperanza]]></category>

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		<description><![CDATA[<br />
<div class="w-floatr">
<span class="w-notes">Hubbert´s Peak: The Impending World Oil Shortage<br />
El pico de Hubbert: La inminente escasez de petróleo<br />
Kenneth S. Deffeyes<br />
Princeton University Press (2001)<br />
</span>
</div>
<br />
<img class="right" src="http://amador.cbsj.org/wp-content/uploads/2007/10/deffeyes.jpg" alt="Deffeyes" title="WikiImage" /><br />
<br />
El petróleo es un recurso natural no renovable. Acerca de eso no cabe la menor duda. Y la cantidad de petróleo que hay en la Tierra es finita. Tampoco hay duda. La humanidad consume en la actualidad grandes cantidades de petróleo; el consumo crece año con año, mes a mes, día tras día. Es aquí donde ya se puede empezar a discutir. Los <em>contreras</em> querrán discutir qué significa “una gran cantidad”. Pueden argumentar que los 84 millones de barriles de petróleo que quemamos cada día no son tantos. Pudieran tener razón, el tamaño de ese número debe medirse en comparación con la cantidad —finita— de petróleo que hay en la Tierra. Y ahí es donde la puerca tuerce el rabo. Porque nadie sabe cuánto petróleo hay en la Tierra.<br />
</wikka>
<span id="more-23"></span>
<wikka><br />
<br />
No obstante, los geólogos petroleros saben un montón de cosas. Y están dispuestos a compartirlas con nosotros. Saben, para empezar, cómo se formó el petróleo. Aunque aquí también encontraremos disidentes ansiosos de discutir. Interesantemente, en la historia de nuestra idea acerca del origen del petróleo, los rusos son los protagonistas principales: Lomonosov —el que le dio el nombre a la Universidad de Moscú— contra Mendeleev —el de la tabla periódica y las dos esposas—; el primero por el lado de la teoría biogénica y el segundo por el lado de la abiogénica. En la actualidad esta discusión está más o menos en el mismo estado en que se encuentra la discusión sobre la medicina alopática vs. la homeopática, con la excepción de que hay documentadísimos casos donde se demuestra que la homeopatía, creída a pies juntillas, cura, pero no hay evidencia aún de que la fe a pies juntillas en el origen abiogénico del petróleo lo produzca. <br />
<br />
O ayude a encontrarlo, porque a fin de cuentas, la prueba última de la viabilidad de una teoría es que sirva prácticamente. Y lo que saben los geólogos petroleros nos ha servido admirablemente para encontrar petróleo. Deffeyes es un petrolero de la vieja escuela. Pertenece a la época de oro en que ya había montones de técnicas y teorías para orientar la búsqueda de los yacimientos y aún había dónde buscar. Los años en los que Deffeyes trabajó para Shell Oil coincidieron con la época de oro de los descubrimientos petroleros. Pero la vida en el centro del huracán de la prospección de petróleo debe ser muy movida y a los treinta y pocos años, en los sesentas, la cambió por la más relajada profesión de profesor. Lo cierto es que Deffeyes sabe cómo se busca y cómo se encuentra el petróleo: primero hay que encontrar la roca fuente —<em>source rock</em>, este neófito reseñista desde luego no sabe cómo le decimos en PEMEX—, un estrato del hojaldre del subsuelo rico en material orgánico, formado originalmente por los restos semidescompuestos —bueno, totalmente descompuestos, pero no tanto como para que ya sean pura molécula de un solo carbono— de organismos que vivieron en el mar, algas y zooplankton, y que se compactó en el subsuelo y es ahora una franja de piedra de veinte o treinta metros de espesor. Porque de ahí es de dónde sale el petróleo cuando la roca fuente, en los vaivenes tectónicos, se cocina durante una temporada adecuada en la ventana del petróleo, como se conoce a la profundidad de entre dos mil y cuatro mil quinientos metros, en la que la presión y la temperatura descomponen los compuestos orgánicos de la roca fuente y producen esa mezcla de hidrocarburos de moléculas de unos cuantos átomos de carbono que conocemos como petróleo. Pero no para ahí la historia. Luego hace falta que cerca del lugar donde se está formando el petróleo haya una formación mineral que pueda retenerlo. Un reservóreo con las características de porosidad y permeabilidad adecuadas para que el petróleo no esté ni muy suelto ni muy pegado a la piedra. ¡Ah! Pero ahora hace falta que encima de eso haya una tapa que impida que el petróleo flote hacia la superficie. Ayuda además una trampa —una cueva adecuadamente sellada— que permita cierta acumulación del petróleo. <br />
<br />
¿Muchos requisitos? Puede resultar sorprendente para cualquiera que mida menos de dos metros y viva menos de cien años, pero en el amplio y antiguo mundo esa combinación delicadísima e improbable de requisitos se ha dado con abundancia y el mundo al que llegamos en el siglo XIX estaba dotado de grandes cantidades de petróleo. De nuevo, no sabemos cuánto. Y ahí es dónde entra Deffeyes como el popularizador estelar del trabajo de Marion King Hubbert:<br />
<ul class="w-thread"><li>La producción mundial de petróleo alcanzará probablemente un pico durante esta década [2000-2010]. Después del pico, la producción mundial de crudo disminuirá para nunca regresar a los niveles anteriores. El mundo no se quedará sin energía, pero el desarrollo de fuentes alternativas tomará cuando menos 10 años. La disminución en la producción de petróleo bien puede haber empezado ya: las fluctuaciones actuales del precio del crudo y del gas natural bien pueden ser el preámbulo de esta crisis. 
</li><li>	En 1956, el geólogo M. King Hubbert predijo que la producción de petróleo en los Estados Unidos habría de alcanzar un pico al inicio de los setentas. El rechazo al análisis de Hubbert, tanto dentro como fuera de la industria petrolera, fue casi unánime. La controversia siguió hasta 1970, cuando la producción de crudo en Estados Unidos empezó a disminuir. Hubbert tenía razón. 
</li><li>	Alrededor de 1995, varios analistas empezaron a aplicar el método de Hubbert a la producción mundial de petróleo, y la mayoría de ellos estimó que el año del pico para el petróleo mundial estaría entre 2004 y 2008 […] Ninguno de nuestro líderes políticos parece interesado en el tema. Si las predicciones son correctas, habrá enormes efectos en la economía mundial.
</li><li>[…]
</li><li>	El análisis de Hubbert de 1956 se basó en dos suposiciones razonables acerca de la cantidad de petróleo estadounidense que habría de descubrirse y producirse mediante los métodos usuales: 150 mil o 200 mil millones de barriles. Luego estimó plausiblemente las tasas de producción futuras para las dos posibilidades. Incluso la estimación más optimista, de 200 mil millones de barriles, lo condujo a la predicción del pico para el inicio de los setentas. El año real del pico fue 1970. 
</li><li>	Actualmente, podemos hacer un cálculo semejante para la producción mundial. Una estimación razonable de la cantidad total recuperable en el mundo […] es de 1.8 millones de millones de barriles. En 1982, en el último <em>paper</em> que publicó, Hubbert estimaba esta cantidad en 2.1 millones de millones de barriles. El método de Hubbert de 1956 predice el pico para 2001 si se usan los 1.8 billones y para 2003 o 2004 si se usan los 2.1 billones… (pp. 1, 4)  </li></ul>
<br />
Deffeyes sostiene que el pico de la producción mundial de petróleo ocurrió en diciembre de 2005. <br />
<br />
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***
</div>
<br />
Vamos a ponernos un poquito técnicos. La primera preocupación se refiere al descubrimiento de los campos petroleros. ¿Quedan grandes yacimientos por descubrir? El argumento inmediato es que cuando uno anda buscando cosas de distintos tamaños, primero encuentra las más grandes. O en su (pseudo)formalización estadística que se conoce como la ley de Zipf: hágase una lista de los campos petroleros ordenados por tamaño —1. Ghawar 87500 millones de barriles,  2. Burgan 87083 millones, 3. Urengoy 47602 millones, …, ?. Cantarell 20000 millones, etcétera— y nótese la interesante peculiaridad de que si se multiplica el número que tiene cierto campo petrolero en esa lista por su tamaño, se obtiene un número parecido para todos los campos de la lista. Esta es una pseudo-formalización estadística, pero lo que indica es que hay pocos campos monstruosamente grandes y muchos campos pequeños. Nada más. En una formalización estadística cabal, la misma idea dice que el tamaño de los campos petroleros debe seguir una distribución parecida a la <em>normal</em> o <em>gaussiana</em>. Muchos campos de tamaño moderado, pocos gigantes, pocos minúsculos. Desde luego, nada de esto sirve para predecir si quedan yacimientos gigantes por descubrir: el análisis estadístico vale lo mismo si quedan algunos por descubrir que si no. Así es la estadística.<br />
 <br />
<div class="indent">Pero el asunto es relevante para el segundo detalle técnico, que se refiere al método de predicción de Hubbert. La idea principal es que la producción de petróleo, siendo finita la cantidad que existe, seguirá un patrón caracterizado por una fase de aumento, un pico y una fase de declinación de la cantidad producida. Y que ese patrón está descrito por una distribución matemática, ya sea una gaussiana, una lorentziana o una curva logística. Esas son las suposiciones. No sabemos cuál de las tres curvas representa mejor la realidad, pero sí sabemos cómo representarlas para ver su cercanía con los datos existentes. La idea es generar una “curva de rapidez”, en la que se grafica, en el eje vertical, la tasa anual de crecimiento relativo —cuánto petróleo se extrajo este año como fracción del que se ha extraído hasta la fecha — y en el eje horizontal la extracción acumulada hasta la fecha. Esta curva acabará por llegar a cero —si la dotación de petróleo es finita, como reconocimos al principio—; cómo lo haga depende de si la distribución sigue la gaussiana, la lorentziana, la logística o alguna otra. Lo cierto es que los datos existentes concuerdan con este análisis.</div>
<br />
<div class="indent">Y concuerdan tanto para la curva de producción de petróleo como para la curva de descubrimiento. Pero como vamos más adelantados en la de descubrimiento —el descubrimiento ocurre siempre antes que la producción— podemos usar ésta para predecir aquella. Eso hizo Hubbert con la producción de Estados Unidos, eso hacen los analistas actuales con la producción mundial. De ahí viene la predicción de que el pico ocurrirá por estas fechas. </div>
<br />
<div class="indent">Desde luego que la postura de cada uno de nosotros ante este análisis se verá influida por nuestras creencias, deseos y esperanzas —y por la confianza que le tengamos a las matemáticas—:</div>
<br />
<ul class="w-thread"><li>Creo que la mayoría de la gente tiene una posición “innata” —aceptar o negar la conclusión de Hubbert. La argumentación que hagan posteriormente es, en realidad, un intento de justificar su opinión intuitiva original. Puesto de otro modo, no he conocido a nadie que cambie de opinión al respecto como resultado de un análisis intelectual de los métodos de Hubbert (p. 134).</li></ul>
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
<br />
El breve libro de Deffeyes es una joya. Sabe todo lo que se sabe de la geología del petróleo. En su larga carrera ha conocido a todos los contemporáneos del negocio y de todos cuenta alguna anécdota divertida o espeluznante:<br />
<ul class="w-thread"><li>Cuando el gobierno mexicano expulsó a las compañías internacionales de petróleo en 1938, un paleontólogo empleado por una de ellas contemplaba su colección sistemática de forams,  la clave de la estratografía de la costa mexicana del Golfo. La colección completa estaba en la superficie de unas laminillas de microscopio. Se dio cuenta de que podía destruir la colección entera en unos segundos arañando las superficie de las laminillas. En tanto dejará las laminillas y las muestras destruidas, no habría sacado ningún objeto físico de México. ¿La organización y clasificación de esa colección  era de su propiedad intelectual? Y más prácticamente, si lo atrapaban destruyendo las muestras ¿pasaría el resto de su vida en una cárcel mexicana? El hecho histórico es que destruyó las muestras y logró escapar (p. 72).</li></ul>
<br />
Tiene la maldición del gran maestro: sus explicaciones de los temas más intrincados de la geología son casi perfectas, sólo tienen el defecto de ser tan claras que uno cree que ya entendió todo, hasta que trata de repetir la descripción de la explicación. Y tiene un sutil sentido del humor:<br />
<ul class="w-thread"><li>La ley de flujo se denomina Ley de Darcy, y la unidad de permeabilidad es el darcy. (La inmortalidad científica llega cuando te pasan a minúsculas: watt, ohm, ampere. Un einstein es una mol de fotones.) El darcy resultó ser una unidad más bien grande; el milidarcy, un milésimo de darcy, es lo que se usa universalmente en los pozos petroleros. (Un milihelena es una cara capaz de botar un barco.) (p. 54).</li></ul>
<br />
Pero en el fondo de su corazón es un petrolero:<br />
<ul class="w-thread"><li>En 1988, los precios reales del petróleo eran los mismos que durante la gran depresión de los treintas. Al mismo tiempo, una terrible sequía afectaba las planicies. Se dice que en ese tiempo el jefe de la policia de Oklahoma dio la buena noticia de que solamente 13 mujeres en toda la ciudad se dedicaban a la prostitución. La mala noticia era que 7 de ellas eran todavía vírgenes (p. 164).</li></ul>
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
<br />
Pero Deffeyes es un optimista. O al menos lo era todavía en 2001, cuando escribió este libro. No tiene ninguna esperanza en el petróleo no convencional, es decir las arenas bituminosas (<em>tar sands</em>) que son esencialmente campos petroleros a los que les faltó una buena roca que funcionara como tapa, así que el petróleo llegó a la superficie donde se evaporaron las moléculas más ligeras dejando sólo los hidrocarburos más pesados, casi sólidos. Se puede extraer petróleo de estas piedras con ingentes cantidades de agua caliente. Los problemas son que hay que invertir mucha energía para extraer el petróleo y que lo que sale no es de muy buena calidad. En particular, viene revuelto con mucho azufre. Tampoco le tiene mucha fe a las pizarras bituminosas (<em>oil shales</em>), que son rocas fuente que nunca visitaron la ventana del petróleo —esa profundidad de 2000 a 4500 metros en la que se cuece el petróleo— y que tienen materia orgánica protopetrolera. Tampoco es fácil hacer petróleo de ahí. Las emanaciones contaminantes y los desechos que produce el procesamiento de estas piedras constituyen una pesadilla en nuestras épocas de calentamiento global. Pero decíamos que Deffeyes es optimista. Le tiene fe al gas natural. Cree que podría ser el puente que nos lleve del pico del petróleo a la época de los combustibles renovables. No que el viaje vaya a ser sencillo, ni que no tengamos que hacer ajustes traumáticos, pero seguramente nos permitirá sobrevivir, si no como civilización, siquiera como especie.
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		<title>El delirio divino</title>
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		<pubDate>Tue, 31 Jul 2007 13:51:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>amador</dc:creator>
				<category><![CDATA[Antropología, historia y humanidad en general]]></category>

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		<description><![CDATA[<br />
<div class="w-floatr">
<span class="w-notes">The God Delusion<br />
(La humana fantasía de dios)<br />
Richard Dawkins<br />
Houghton-Mifflin (2007)</span>
</div>
<br />
<img class="right" src="wp-images/myimages/Dawkins.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
<br />
<br />
En <em>La creación</em>, su más reciente libro, el “eminente biólogo de Harvard” E. O. Wilson presenta una magistral clase de biología —ecología, evolución, conservación— en la forma de una carta dirigida a un imaginario pastor protestante, a partir de la justificación de que las dos fuerzas más poderosas de la sociedad gringa son la ciencia y la religión. Así, el argumento de Wilson es que, independientemente de que estemos de acuerdo o no con respecto a la evolución, nos podríamos poner de acuerdo en la necesidad de evitar la extinción de especies en la que estamos metiendo al mundo —su comparación dice que antes de la existencia de los humanos se extinguía una de cada cien mil especies cada año, ahora se extinguen mil de cada cien mil especies al año—. Este guiño a la mochilez es un tanto sorprendente para un universitario mexicano acostumbrado a la muy efectiva separación de la iglesia y los asuntos públicos que norma nuestra convivencia. No es que no se note que oficialmente somos un pueblo de noventa y tanto por ciento de católicos, ni que no los haya entre todos los actores de la vida pública, ni que la jerarquía de la iglesia se quede calladita y no se meta en los asuntos públicos, ni que la campana de la capilla coapana no esté a diez metros de la recámara de mi adolescencia. Pero nuestro peso no mienta a dios, nuestros políticos —normalmente— tampoco y las escuelas religiosas se mantienen moderadamente a raya gracias a los esfuerzos de la SEP por defender la educación laica. Así que llama mucho la atención la ubicua presencia de la religión en la sociedad gringa. Desde los vestigios triviales del puritanismo que prohíben la venta de alcohol los domingos antes de las doce del día —¿quién toma chela antes de las doce? pero, ¿por qué no podemos ir por ellas temprano para irlas enfriando?—, pasando por las increíblemente estultas transmisiones de tele de los pastores de todas las denominaciones posibles, hasta la necesidad, la oportunidad y la pertinencia de un libro como el de Dawkins.<br />
</wikka>
<span id="more-21"></span>
<wikka><br />
<div class="indent">Claro que Dawkins es inglés, pero su libro —al igual que la mayoría abrumadora de la producción editorial actual— tiene como objetivo el mercado gringo y se trata en buena parte de Gringolia. La considerable fama de este autor se origina en su libro de 1976, <em>El gen egoísta</em>. Y se mantiene con otra decena de títulos. Su fama es la de un escritor claro, conciso, ordenado. Y así es este libro. Si acaso podemos agregar, aprovechando el tema, inmisericorde. El enemigo final es el más dañino, el que más crímenes ha justificado: el aparato religioso y sus secuaces:</div>
<br />
<ul class="w-thread"><li> Imaginemos, con John Lennon, un mundo sin religión. Imaginemos un mundo sin atentados suicidas, sin 9/11 ni 7/7, sin Cruzadas, sin caza de brujas, sin la Conspiración de la Pólvora, sin partición de India, sin guerra palestino-israelí, sin masacres serbio/croata/musulmanas, sin persecuciones de judíos por haber “asesinado a Cristo”, sin “problemas” en Irlanda del Norte, sin “muertes de honor”, sin televangelistas en trajes brillosos que le sacan su dinero a los imbéciles (“dios quiere que dones hasta que te duela”); sin talibanes que hacen estallar estatuas antiguas, sin decapitaciones públicas de blasfemos, sin destrucción de piel femenina por el crimen de haberla mostrado. (p. 2)</li></ul>
<br />
Pero como de pasada, también vamos a despachar al dios que no necesita de religión establecida, Dawkins nos pide que <br />
<br />
<ul class="w-thread"><li> [r]ecordemos la terminología. Un <em>teísta</em> cree en una inteligencia sobrenatural que, además de su trabajo principal de haber creado originalmente el universo, sigue influyendo en los asuntos de su creación original. En muchos sistemas de pensamiento teístas, la deidad está profundamente involucrada en los asuntos humanos. Atiende oraciones, castiga o perdona los pecados humanos, interviene en el mundo a través de milagros, calfica nuestras buenas y malas acciones, y se entera de cuándo las cometemos —e incluso de cuándo pensamos en cometerlas—. Un <em>deísta</em> también cree en una inteligencia sobrenatural, pero ésta sólo está involucrada en la estipulación de las leyes que gobiernan originalmente el universo. El dios de los deístas ya no interviene después, y ciertamente no está interesado específicamente en los asuntos humanos. Los panteístas no creen en un dios sobrenatural, sino que usan la palabra dios como sinónimo no sobrenatural de la Naturaleza, o del Universo, o del conjunto de leyes que lo gobiernan. Los deístas se distinguen de los teístas en que su dios no contesta sus oraciones, no está interesado en sus pecados ni en sus confesiones, no lee sus pensamientos y no interviene en sus vidas con milagros caprichosos. Los deístas se distinguen de los panteístas en que el dios de los primeros es una especie de inteligencia cósmica, en lugar del sinónimo metafórico o poético que representa las leyes del universo. El panteísmo es ateísmo edulcorado. El deísmo es teísmo adelgazado. (p. 18)</li></ul>
<br />
Finalmente, para acabar de situar los campos en esta batalla, hay que poner en su lugar a los agnósticos, esos que creen que no hay evidencia suficiente para tomar partido —en la querella de si existe dios o no— y prefieren esperar antes de comprometerse con alguno de los campos. Pero la bronca es pareja. Los crímenes de la religión organizada sólo se pueden terminar —cuando menos en el plano teórico de este libro— si estamos de acuerdo en que dios no existe.<br />
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
<br />
Las armas de Dawkins son la razón y la lógica. ¿Qué otras armas existen para la discusión de una idea? Así que resulta un tanto chocante la discusión de las  pruebas de la existencia de dios, por ejemplo, las teólogicas de Tomás de Aquino —y no que no haga falta, porque hay legiones (de Cristo) que se toman en serio estas “demostraciones”, pero es chocante tener que siquiera considerarlas— que Dawkins presenta así<br />
<br />
<ul class="w-thread"><li> 1.	<em>El originador de movimiento.</em> Nada se mueve sin un agente de movimiento anterior. Esto conduce a una regresión autorreferencial de la que el único escape es dios. Algo tuvo que generar el primer movimiento, a ese algo lo podemos llamar dios. 
</li><li> 2.	<em>La causa sin causa previa.</em> Nada esta generado por sí mismo. Todo efecto tiene su causa previa. Esto, de nuevo, nos lleva a una regresión autorreferencial. Tiene que terminar en una causa primaria, a la que llamaremos dios. 
</li><li> 3.	<em>El argumento cosmológico.</em> Debe haber habido un tiempo  en que las cosas físicas no existieron. Pero, como las cosas físicas existen, debe haber habido un ente no físico que las creó, a ese ente le llamamos dios (p. 77).</li></ul>
<br />
¿Ven a qué me refiero? Dawkins sigue con los “argumentos” de la experiencia personal, de las escrituras, el apoyo de eminentes científicos católicos, los argumentos bayesianos (probabilísticos, algo así como la técnica de Fermi para estimar el valor de un número pero con probabilidades, digamos que hay una probabilidad de 50% de que dios exista, y una probabilidad de que hayan ocurrido milagros,… y así le seguimos —o le sigue Stephen Unwin— hasta llegar a que hay una probalidad de 97% de que exista dios). <br />
<br />
En fin, no veo para qué entrar en detalles; en todo caso lean el libro. El punto es lo escandaloso que resulta la existencia y la influencia de los señores del poder y del dinero que <em>sólo tienen estas justificaciones</em> para lo que causan, producen, fomentan.<br />
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
<br />
Dawkins busca una explicación científica para la permanente —en la historia y en la geografía— fascinación de los humanos con las ideas religiosas. Encuentra una, de ventaja evolutiva, en la conducta que hace que nuestros cachorros crean a pie juntillas lo que les dicen sus mayores. Los humanos nacemos muy tiernitos —algo crudos—, y la única manera de sobrevivir es que la protección de los mayores sea efectiva. En cierta etapa del desarrollo, ante la creciente independencia del sujeto, esa protección tiene que pasar por la obediencia más o menos estricta —<em>Mamá, ¿le jalo la cola al perro?</em>—; así, estamos condicionados evolutivamente para creer cualquier cosa que nos digan nuestros mayores, aunque sea la historia de un dios justo y omnipotente que una vez le pidió a un señor que matara a su hijo como prueba de su fe, y aunque creer estas insensateces impida la transmisión de nuestros genes, como ocurre en el caso de los jóvenes terroristas suicidas.<br />
<br />
Este argumento evolutivo pertenece a la categoría de las conductas evolutivas desplazadas. La conducta de las mariposillas que se queman en el foco es absurda evolutivamente, en la actualidad. No es resultado de la selección natural en presencia de focos, sino que sirve como instrumento de navegación:<br />
<br />
<ul class="w-thread"><li> La luz artificial es una reciente adición al paisaje nocturno. Hasta hace poco, las únicas luces nocturnas eran la luna y las estrellas, que se encuentran en el infinito óptico de tal manera que sus rayos son paralelos. Y se pueden usar como brújulas [manteniendo el mismo ángulo de incidencia de la luz] … Como los insectos tienen ojos compuestos … esto significa algo tan sencillo como mantener la luz en el mismo tubo visual (p. 173).</li></ul>
<br />
Pero si el objeto luminoso no está en el infinito óptico, los rayos de luz no son paralelos, y si se mantiene el mismo ángulo con la fuente, la ruta que se traza es una espiral que acaba en el foco, con el achicharramiento de las alas. Una característica perfectamente útil en las circunstancias en que se desarrolló es una carga mortal en otras circunstancias. Pues eso con la religión.  <br />
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
<br />
La cultura moderna, o para el caso, la cultura, es muy reciente en la escala evolutiva. Diez mil años, o cuatrocientas generaciones, no hacen mucho en términos evolutivos y es posible que no haya ventajas evolutivas en la tendencia —innegable— de nuestros prójimos a creer en tonterías sobrenaturales. Quizá lo que la ciencia tiene que explicar es por qué es tanto más atractivo para la humanidad cultivar cuentos indemostrables, infalsacionables, cambiantes y adaptables, en fin, más falsos que promesa de priísta, que estudiar y cultivar la racionalidad y las historias —puro hecho duro— que nos brinda la ciencia. Porque es más fácil encontrar una persona que mal recuerde una parábola bíblica, o sea fluente en la santería o el <em>feng shui</em> o el <em>chop suey</em>, que una que mal recuerde una idea científica. <br />

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		<title>Barbas a remojar</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jun 2007 00:59:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>amador</dc:creator>
				<category><![CDATA[Antropología, historia y humanidad en general]]></category>
		<category><![CDATA[El mundo se va a acabar]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo científico]]></category>

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		<description><![CDATA[<br />
<div class="w-floatr">
<span class="w-notes">The Worst Hard Time<br />
(Los tiempos más difíciles)<br />
Timothy Egan<br />
Mariner Books (2006)</span>
</div>
<br />
<img class="right" src="wp-content/egan.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
<br />
La historia es bastante directa. La pradera donde pastó el búfalo fue colonizada —la civilización moderna es una cosa de blancos, dice un personaje en <em>Queimada</em> de Pontecorvo— durante el siglo XIX, y el búfalo y los comanches fueron sustituidos por vacas y <em>cowboys</em> —el rancho XIT tenía ciento cincuenta mil cabezas de ganado y mil doscientos kilómetros de alambradas (el alambre de púas se inventó en 1874) en 1887. La pradera y sus pastizales formaron el ecosistema más grande de Norteamérica, con excepción del bosque boreal, con cobertura de 21% del área de Estados Unidos y Canadá actuales. En Texas, tan sólo, el ecosistema tenía 470 especies nativas. Pero, durante la segunda década del siglo XX, la presión demográfica y el destino manifiesto y el automóvil y los tractores y los fertilizantes modificaron una vez más el equilibrio económico y las vacas y los <em>cowboys</em> fueron sustituidos por agricultores con la misión de producir trigo y maíz. En la zona de las grandes praderas, la <em>Homestead Act</em>  de 1862 fue modificada a principios del siglo XX para proporcionar 260 hectáreas por familia —o el doble si se invertía en irrigación. La zona que nos interesa para este remojo de barbas es la llamada <em>vasija de polvo</em> —<em>dust bowl</em>—, una zona de 250 km de ancho por 300 de altura en la frontera entre los estados de Nebraska, Colorado, Kansas, Nuevo México, Texas y Oklahoma. Esa zona produjo cantidades récord de maíz y trigo durante los años veinte. En coincidencia con buenos precios del grano en el mercado internacional, se generó una fiebre del oro agrícola y se crearon pueblos de la noche a la mañana.<br />
</wikka>
<span id="more-20"></span>
<wikka><br />
Y luego llegaron la depresión y la sequía. <br />
<div class="indent"><br />
La historia que cuenta Egan está basada en una investigación periodística cabal que incluye entrevistas detalladas con los pocos testigos presenciales aún vivos —adolescentes en la época, de ochenta años en la actualidad—, consulta de archivos oficiales, diarios, fotografías, periódicos. Y su narrativa es emocionante. Las historias son una sucesión de desgracias. Primero, baja el precio del trigo y el maíz. Después, empieza la sequía. Y luego vienen las plagas: primero los banqueros, luego las tormentas de polvo y finalmente las langostas y grillos. La gente muere de silicosis. Los asentamientos se vuelven pueblos fantasma. Unos cuantos héroes deciden quedarse. Hay migraciones masivas. </div>
<br />
<div class="indent">Ahora sabemos que la solución, finamente balanceada, dispuesta por el azar de la evolución a lo largo de miles de años para esa zona geográfica incluye indispensablemente al pastizal, vegetación con raíces suficientemente intrincadas como para mantener la tierra —y sus nutrientes— en su lugar incluso frente a los vientos permanentes y las sequías recurrentes. Al retirar ese pastizal y reemplazarlo por un cultivo que pierde toda raíz cada año, el suelo voló. </div>
<br />
<div class="indent">Las tormentas de polvo son el fenómeno característico del lugar y de la época, con dos puntos álgidos. Las dos tormentas que alcanzaron a cubrir todo el este de los Estados Unidos y que ennegrecieron el cielo de Washington y Nueva York, y la tormenta del <em>Domingo Negro</em>, el 14 de abril de 1935. La imágenes fotográficas de esa tormenta son apocalípticas. </div>
<img class="center" src="wp-content/Dust_Storm_Texas_1935.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
El evento de la Vasija de Polvo es un desastre ecológico producido por la fiebre civilizatoria de “siempre más”. Pero a fin de cuentas, es un desastre ecológico limitado a una zona en una época con la vida menos globalizada que en la actualidad. Una de sus enseñanzas acerca de la naturaleza humana es nuestra capacidad para la solidaridad, que es muy poca. En California los letreros que le daban la bienvenida a los migrantes provenientes de la Vasija de Polvo decían “Se prohibe la entrada a perros y Okies” (Okies por que venían de Oklahoma). No hay muchas razones para sorprenderse; durante la recesión <br />
<ul class="w-thread"><li>En el sur y en algunos lugares del norte, había letreros en los sitios de trabajo que decían, “no hay trabajo para negros —<em>niggers</em>— hasta que todos los blancos estén empleados”. (p. 227)</li></ul>
<br />
Pero la discriminación agarrra parejo:<br />
<ul class="w-thread"><li>Otros creían que los colonos de las praderas del sur eran simplemente demasiado tontos, genéticamente débiles, demasiado necios para merecer ayuda.  “Para decirlo claramente, por el inescrutable designio divino, son inferiores”, escribió H. L. Mencken, uno de los más influyentes periodistas del país. Lo mejor que se puede hacer con ellos es esterilizarlos, dijo. (p. 227)</li></ul>
<br />
La otra enseñanza es la capacidad de recuperación y restauración que tiene un gobierno poderoso.<br />
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
Hay una especie de paladín ecológico en esta historia. Hugh Bennett fue un funcionario con inclinaciones científicas y una preocupación permanente por la erosión de las tierras de cultivo. Como director de la Agencia de Conservación durante el gobierno de Roosevelt, dirigió el esfuerzo por mitigar el desastre de la Vasija. La chamba requería, como todas las chambas de restauración, desviar dinero escaso hacia una actividad que no es directamente productiva convenciendo a diversos políticos —lo mismo que hay que hacer ahora para el protocolo de Kyoto, sus extensiones, las fuentes renovables de energía, etcétera. Nadie, dicen sus contemporáneos, lo podía hacer mejor, ya que Bennett “combined science with showmanship”. Y mucha suerte:<br />
<ul class="w-thread"><li>Bennett tenía programada otra presentación ante el Senado a mitad de la semana. Luego de checar el avance de la tormenta de polvo, pidió una posposición. La tormenta que había alcanzado Nueva York y Washington el año anterior había alarmado a los políticos. Bennett se lo comentó así a un empleado: “Cuando la gente en las ciudades del Este comience a masticar el suelo de las praderas a tres mil kilómetros de distancia, muchos de ellos van a darse cuenta por fin de que en algún lado, algo muy malo está pasando con la tierra”. 
</li><li>Y quería que la volvieran a probar. El viernes 19 de abril, cinco días después del Domingo Negro, Bennett entró en el salón 333 del edificio de oficinas del Senado. Empezó con los cuadros, los mapas, las historias de lo que la conservación de la tierra es capaz de hacer, y con un reporte acerca del Domigo Negro. Los senadores oían, pero algunos no podían ocultar su aburrimiento. Alguien le dijo a Bennett, “ya viene”. 
</li><li>Esto motivó una larga digresión, que incluyó a Plinio y Jefferson. Unas bromas acerca de su propia granja y de lo difícil que era mantenerla. “Un ratito más”, le dijo el ayudante, “no tarda más de una hora”. 
</li><li>Bennett les contó cómo había aprendido de joven acerca del cultivo por terrazas, y cómo su padre usaba ese metodo, al igual que todos los granjeros en Carolina del Norte. Por cierto, ¿había mencionado ya que una pulgada de tierra con nutrientes puede desaparecer en una hora, pero toma mil años para restituirse? Piensen en eso. Un senador que veía por la ventana interrumpió a Bennett: “Ya está oscureciendo”. 
</li><li>Los senadores se acercaron a la ventana. A mitad de la tarde en pleno abril estaba oscureciendo. El sol desapareció. El aire se tiñó de un color cobrizo conforme la luz atravesaba la nube de polvo. Por segunda vez en dos años, la tierra de las praderas caía en la capital… “A esto me refiero”, dijo Bennett. “Ahí va Oklahoma”. 
</li><li>En menos de un día, Bennett tuvo su dinero y una agencia permanente para restaurar y mantener en buenas condiciones la tierra… (p. 228)</li></ul>
<br />
El gobierno compró la tierra que había regalado treinta años antes:<br />
<ul class="w-thread"><li>[P]agaba $2.75 por acre para recuperar un rancho. Parece poco, pero no que hubiera mejores ofertas. Una persona con media sección recibía $880 por la venta de la tierra y podía empezar de nuevo. En esa tierra, quizá, crecería de nuevo el pasto, o se volvería un desierto. En todo caso, iba a descansar… [p. 256]</li></ul>
<br />
<ul class="w-thread"><li>Las praderas nunca se recuperaron del todo en la Vasija de Polvo. Al finalizar la década de los treinta, la tierra quedó dañada y alterada para siempre, pero en algunas zonas se recuperó. En total, el gobierno compró 6 millones de hectáreas de antiguos campos agrícolas e intentó reconvertirlos en pastizales. La intención original era comprar 35 millones de hectáreas. Luego de más de 65 años, parte de la tierra todavía es estéril y volátil… [p. 309] </li></ul>
<br />
En zonas ecológicamente equivalentes se construyen y habilitan actualmente mansiones con pastos manicurados y campos de golf. <br />
<br />
<div class="indent">Barbas a remojar.</div>

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		<title>Problemático y febril</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Jun 2007 01:26:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>amador</dc:creator>
				<category><![CDATA[Antropología, historia y humanidad en general]]></category>
		<category><![CDATA[Ensayo científico]]></category>
		<category><![CDATA[Estación Esperanza]]></category>

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		<description><![CDATA[<br />
<div class="w-floatr">
<span class="w-notes">Creating the Twentieth Century: <br />
Technical Innovations of 1867-1914 and Their Lasting Impact<br />
(La creación del siglo veinte:<br />
Las innovaciones técnicas de 1867-1914 y su impacto en la actualidad)<br />
Vaclav Smil<br />
Oxford University Press (2005)</span>
</div>
<br />
<img class="right" src="wp-content/Smil.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
<br />
De nuevo con el tema <em>Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.</em> En los inicios del siglo veintiuno nos hemos acostumbrado a que la técnica en la que fuimos entrenados sea inconmensurable con la técnica en la que son entrenados los profesionales que nos reemplazarán cuando nos jubile el ISSSTE. O lo podemos ver así: durante la abrumadora mayoría de la historia de la humanidad el entorno vital de un individuo —sus quehaceres diarios, sus herramientas, sus costumbres, sus relaciones sociales, sus etapas de vida, en fin, su entorno vital— era el mismo que el de su madre, su abuelo, su hija y su nieto; en cambio, en los últimos cien años, el entorno vital de un padre es casi inconmensurable con el de su hija. O, enfatizando, como dice Smil<br />
<ul class="w-thread"><li>La enormidad del brinco posterior a 1860 es tal que la gente que vivía en 1913 estaba más apartada del mundo de sus bisabuelos que vivían en 1813 de lo que éstos últimos estaban, a su vez, de sus ancestros que vivieron en 1513. (p. 304)</li></ul>
<br />
</wikka>
<span id="more-19"></span>
<wikka><br />
En esta progresión, acostumbramos señalar dos momentos: la Revolución Industrial y el vertiginoso siglo XX. En este libro, Smil argumenta apasionada y convincentemente que es aún más importante destacar la Era de la Sinergia —los treinta años previos a la primera guerra mundial— durante la cual dos generaciones cambiaron el mundo y son responsables del ímpetu que, a principios del siglo veintiuno, todavía nos arrastra. Para ilustrar su caso escoge cuatro áreas de desarrollo establecidas en ese periodo de manera tan firme que no han cambiado esencialmente —aunque se han perfeccionado, sin duda— desde entonces: la electrificación de la vida, los motores de combustión interna, los procesos químicos que permitieron la fijación de nitrógeno y la creación de nuevos materiales —aluminio y acero—, y los descubrimientos de la comunicación: grabación, reproducción y difusión. Las bases de todos estos procesos están sentadas en los treinta años que atiende este libro y, como siempre que se encuentra uno con una explicación acertada, la pregunta que surge es: ¿por qué no habíamos visto esta obviedad? Los efectos de esa época de creación y desarrollo, sin precedente —y sin repetición— en la historia de la humanidad, se pueden ver de varias maneras. Una particularmente interesante es que, según Smil,<br />
<ul class="w-thread"><li> [S]ólo dos de las diez trasnacionales más grandes de la actualidad (ordenadas por sus utilidades del año 2000) no se crearon antes de 1914: Walmart Store (no. 2) y Toyota Motor Corporation (no. 10). El primer lugar, Exxon-Mobil, viene del conglomerado Standard Oil de John D. Rockefeller, que se creó en 1882 y fue disuelto por el Congreso Norteamericano en 1911. Los orígenes de las compañías número tres, cuatro y cinco, todas ellas fabricantes de automotores (GM, Ford y Daimler-Chrysler), ya fueron descritos. Royal Dutch/Shell (no. 6) proviene de la fusión, en 1907, de dos compañías jóvenes (Shell 1892, Royal Dutch 1903), mientras que BP (no. 7) fue creada en 1901 por William Knox D´Arcy para explorar la concesión petrolera de Persia. GE, cuyos orígenes se remontan a la primera compañía eléctrica de Edison de 1878, ocupó el octavo lugar en 2000, y Mitsubishi, originalmente creada como Tsukomo Shokai por Yataro Iwasaki en 1870, el noveno. (p. 301)</li></ul>
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
<br />
Vaclav Smil es el conferencista de la última sesión del semestre de la serie <em>El futuro de la energía</em>, organizada por el Centro del Ambiente de la Universidad de Harvard y financiada por Bank of America. El profesor Smil nació en Praga y llegó a Estados Unidos en 1969 —¡asocie históricamente, López!—. Casi cuarenta años después, se presenta como profesor de la Universidad de Manitoba —¡asocie geográficamente, López!— con unos veinticinco libros escritos. Su conferencia está programada para las cinco de la tarde. Como a las once de la mañana nos hablan para decirnos que hay un lunch con él en el centro del ambiente y que por favor vayamos. Llegamos a las doce en punto para encontrarnos a un señor con inconfundible aire de profesor que come su lunch en silencio. Un total de quince gentes se sirven de un buffet y se van sentando alrededor de una mesa gigante, mientras reanudan o inician conversaciones con sus vecinos. El profesor sigue comiendo en silencio. Unos diez minutos después, cuando nos empezamos a preguntar si sólo íbamos a comer juntos y ya, uno de los mini-Schrags —uno de los acólitos de Dan Schrag, el director del Centro— nos presenta a Smil y organiza, como siempre, una ronda en la que cada uno de nosotros se presenta. Cuando acaban las presentaciones, se la prenden unos foquitos en los ojos a Smil —justo a un lado de un letrero que no alcanzo a ver pero que juro que está ahí y que dice <em>on</em>— y empieza a hablar. Salimos hora y media después cuando nos convencemos de que la cuenta de palabras conservará la proporción 1000:1 favor Smil contra los otros quince seres humanos del cuarto —y en Harvard se considera que un merolico es parco— indefinidamente mientras haya auditorio. Pero todo lo que dice es interesante. Su estilo es práctico y confrontativo. Duro y a la cabeza. Y los mini-Schrags no son personas que se dejen intimidar —no me había tocado ver la arrogancia harvardiana tan al desnudo, pero algunos de estos mini-Schrags juntan la arrogancia del dinero, con la de la inteligencia, con la de la juventud— y esa resistencia hace que Smil meta segunda. Abrió con algo así como que ya estaba harto de tantas conferencias, estudios, comisiones, protocolos, institutos de investigación y papers. Que de todo eso no sale nada porque no hay manera de que salga nada. Que mientras la gente no vea día con día los efectos de la escasez de petróleo o del calentamiento global, nadie va a hacer nada. Le contestan que cada vez es más eficiente el uso de energía. Que el foco que hace veinte años necesitaba 100 watts ahora funciona con quince. Contraataca diciendo que en efecto, ahora hay diez focos de esos donde hace veinte años había uno. Y se sabe los números de memoria y hace rabiar a los harvardianos porque ellos no se los saben —o sabían, porque para la hora en que escribo esto ya tuvieron tiempo de estudiar—. “¿Quieren impresionar a la gente en su próxima reunión? Apréndanse estos números. ¿Cuánta energía se gasta por persona en África? 5 Gigajoules al año. En India 10 GJ/año. En China 40. El promedio mundial —lo que gasta el humano promedio, inexistente, porque cualquier persona o gasta mucho menos o gasta mucho más— es de 65 GJ/año, el de Europa 140, el de Estados Unidos 360.” (Y antes de hablar mal de los gringos, piensen que quienquiera que esté leyendo esto está más cerca de gastar 140 que 10. Ahora ya, hablen mal de los gringos.) Le preguntan que cuál es la mejor alternativa tecnológica que tenemos para enfrentar el problema energético. Ninguna, dice. La tecnología aparece muy lentamente, se tarda mucho en extenderse y mucho más en desaparecer. No hay manera, dice, de que cambiemos nuestras fuentes de energía en la escala que hace falta en el poco tiempo que tenemos para hacerlo. No hay manera de que, aun cuando hoy empezáramos a poner turbinas eólicas en todo el mundo, tuviéramos listas las líneas de transmisión de energía que hacen falta para llevar la electricidad a donde está la gente actualmente. Entre otras razones porque no hay manera de que la gente —los dueños de las granjas, casas, terrenos, ranchos— por donde tendrían que pasar esas líneas lo permita. (¿Se acuerdan del síndrome NIMBY? <em>Not in my back yard</em>. ¿O del NOPE? <em>Not on planet earth</em>.) Y establecer la infraestructura de esa nueva tecnología toma mucho tiempo, que no tenemos. Más adelante —ya en la tarde, ya en la conferencia, ya peleando con el propio Schrag— elabora más teóricamente y dice: <em>cada civilización es sólo la expresión de una forma de consumo de energía.</em> La nuestra es la que es. Hasta dónde sea…<br />
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
<br />
No se trata de contarles con detalle el libro de Smil. Así que tenemos que escoger el tema más cercano a nuestro corazón. Smil destaca cuatro productos de la química, entendida como la manipulación y síntesis de sustancias, que fueron desarrolladas en esos treinta años y que ayudaron a configurar el presente: el acero, el aluminio, los explosivos y el amoniaco. <br />
<div class="indent">Desde luego, el acero tiene una historia antigua e ilustre:</div>
<br />
<ul class="w-thread"><li> antitéticamente contenida en las elegantes formas y la destructiva potencia de las espadas de alta calidad cuidadosamente producidas en lugares de la antigüedad tan remotos como Damasco y Kyoto. Pero no fue sino hasta que llegaron esas dos generaciones anteriores a la primera guerra mundial que el acero se volvió barato, su producción realmente masiva y su uso omnipresente. A diferencia de la electricidad, en donde invenciones técnicas fundamentales crearon una industria entera de la nada, la factura del acero era un negocio bien establecido antes de 1860 —pero un negocio dominado por las habilidades artesanales y, por tanto, inadecuado para la producción a gran escala y bajo precio que habría de convertirse en algo característico del final del siglo XIX. (p. 155) </li></ul>
<br />
En la Era de la Sinergia se llevaron a cabo las optimizaciones clave del proceso que permitió su masificación<br />
<ul class="w-thread"><li> [U]n paso más era necesario para universalizar el proceso: retirar el fósforo del arrabio [así se llama el resultado de la primera etapa de fabricación de acero, N. del R.] y así poder usar los abundantes minerales que contienen ese elemento. […] La idea fundamental no era nueva: había que emplear una sustancia básica que reaccionara con los óxidos ácidos de fósforo presentes en el hierro líquido y retirar el sobrenadante.
</li><li>	La puesta en marcha de la idea tuvo que superar un gran número de problemas, que incluyen la preparación de recubrimientos básicos resistentes y el método para eliminar grandes volúmenes de sobrenadante. […] luego de algunos años de experimentación [se] produjeron recubrimientos duros, densos y durables hechos con piedra caliza contaminada y sellada con una mezcla de alquitrán y caliza calcinada. Como el recubrimiento básico no es suficiente para neutralizar los compuestos de fósforo, [se] agregó cal al mineral original. (p. 160)</li></ul>
<br />
La abundante oferta de acero resultado de la invención de este proceso permitió, entre otras cosas, la construcción de rascacielos cada vez más numerosos y más altos. <br />
<div class="indent">El segundo material característico de la época es el aluminio: resistente, ligero, abundante —es el tercer elemento en abundancia en la corteza terrestre, sólo debajo del oxígeno y el silicio—, maleable y magnífico conductor eléctrico. El único problema para usarlo es que forma compuestos muy estables con oxígeno —óxidos, hidróxidos, fluoruros, sulfatos y silicatos— y nunca se encuentra en forma elemental. Descubierto apenas en 1808, hasta 1880 era una rareza —al hijo de Napoleón III le regalaron una sonaja de aluminio—.<br />
La invención del proceso que permite producir aluminio en cantidades industriales es una historia ejemplar de la simultaneidad de un descubrimiento científico</div>
<br />
<ul class="w-thread"><li> En 1886 Charles Martin Hall y Paul Louis Toussaint Héroult eran dos jóvenes químicos de la misma edad (ambos nacieron en 1863 y ambos murieron en 1914), que trabajaban sin relación entre sí en dos continentes (el primero en un pequeño pueblo de Ohio, el segundo en las afueras de París) y que encontraron soluciones prácticamente idénticas al problema [de reducir electroquímicamente el mineral] durante el invierno-primavera de 1886. Apenas dos años después, sus descubrimientos habían sido convertidos en empresas comerciales que producían aluminio electrolíticamente. (p. 175)</li></ul>
<br />
Químicamente hablando, la clave del asunto consiste en volver conductor al óxido de aluminio, lo que se logra, a la fecha, disolviendolo en criolita, el doble fluoruro de sodio y aluminio (<a class="w-missingpage" href="" title="" rel="nofollow">Na3AlF6</a>). Sus patentes se registraron en Francia y Estados Unidos con diferencia de menos de tres meses. El mismo proceso se usa en la actualidad, con importantes mejoras en la eficiencia de la reacción que la han colocado cerca del límite termodinámico. No obstante, su producción requiere ingentes cantidades de energía —un orden de magnitud mayores que la producción de acero—. La abundancia de energía barata en los últimos ciento cincuenta años, y las perspectivas inciertas acerca de la continuidad de ésta, nos obligan a especular acerca del futuro del proceso.<br />
<div class="indent">Como se sabe, Alfred Nobel inventó la dinamita en 1863,</div>
<br />
<ul class="w-thread"><li>[hecha] del altamente poroso Kieselguhr, un mineral disponible en grandes cantidades a lo largo de la rivera del Elba y el Alster cerca de Hamburgo, a donde Nobel emigró proveniente de Suecia en 1865. El mineral es tierra de rocas sedimentarias —diatomita— formada por conchas de silicatos de diatomeas microscópicas unicelulares, protistas acuáticos que se encuentran en aguas dulces y de mar […] La diatomita —que se usa también como aislante, como abrasivo en pulidores metálicos, como ingrediente en dentífricos […] y como excipiente en papeles, pinturas y detergentes— puede absorber tres veces su masa de nitroglicerina. (p. 184)</li></ul>
<br />
Las posibilidades abiertas por la invención de este explosivo —de nuevo, abundante y barato— han sido explotadas —en los dos sentidos de la palabra— en tal escala durante los últimos ciento cincuenta años como para marcar la superficie terrestre y permitir que la huella de la humanidad se perciba desde el espacio exterior. <br />
<div class="indent">Finalmente, el invento quimico de la Era de la Sinergia que más consecuencias ha tenido en la creación del presente es el proceso de Haber-Bosch, la síntesis de amoniaco a partir de sus elementos. Como lo enunció William Crookes en 1899, </div>
<br />
<ul class="w-thread"><li>La fijación de nitrógeno es vital para el progreso de la humanidad civilizada. Otros descubrimientos nos proporcionan placeres intelectuales, lujos o comodidades; sirven para hacer más fácil la vida, para acelerar la adquisición de riquezas, o para ahorrar tiempo, esfuerzos y preocupaciones. La fijación de nitrógeno es un reto para poder alcanzar el futuro no muy lejano. (p. 188)  </li></ul>
<br />
En 1909, Haber inventó la síntesis de amoniaco combinando tres de los recursos más útiles de la química moderna: alta temperatura, alta presión y el empleo de catalizadores. La indutrialización del proceso tomó menos de dos años. <br />
<div class="indent">Aproximadamente la mitad del nitrógeno contenido en los productos agrícolas proviene de fertilizantes sintéticos,</div>
<br />
<ul class="w-thread"><li>A diferencia de la importancia de la electricidad o la de las máquinas de combustión interna en la sociedad moderna que es evidente, ni siquiera personas razonablemente bien educadas aprecian el papel esencial jugado por los fertilizantes nitrogenados, y la mayoría de los científicos desconoce el grado en que la civilización global depende de la síntesis de amoniaco de Haber-Bosch. La producción global de amoniaco casi se duplicó durante la década de los cincuenta, se cuadruplicó para 1975, y luego de un breve periodo de estancamiento a finales de los ochenta, alcanzó 130 millones de toneladas al año al final del siglo veinte. A finales de los noventa, la producción global de amoniaco y ácido sulfúrico era casi idéntica, pero debido a la masa molar menor del amoniaco (17 vs. 98 para H2SO4), el gas es la sustancia química más abundantemente sintetizada en términos de moles. 
</li><li>[…]
</li><li>Si bien no es difícil construir escenarios plausibles de un mundo que eventualmente funcione sin dos de las principales características de la civilización moderna —máquinas de combustión interna y electricidad generada por la combustión de combustibles fósiles—, no hay sustituto posible para las proteínas en la alimentación cuya producción requiere el suministro adecuado de nitrógeno. En los años setenta, se pensó que sería posible trasladar las capacidades de fijación de nitrógeno de las leguminosas al trigo y el arroz, pero como ocurre también con la fusión nuclear y los autos eléctricos este objetivo no se ha alcanzado y nuestra dependencia en la síntesis de Haber-Bosch del amoniaco probablemente se extenderá más allá del siglo XXI; duradero legado de uno de los avances técnicos más importantes y menos apreciados de la Era de la Sinergia. (pp.194-197)</li></ul>
<div class="w-center">
***
</div>
<br />
<br />
A lo largo del relato de Smil, hay todo tipo de historias: la de la idea que nunca pareció buena y acabó imponiéndose por buena o por otros factores; o la de la magnífica idea que nació para desgraciada y nunca vió su momento. La bicicleta es otra de las invenciones de la Era de la Sinergia. Los mismos mecánicos que la inventaron, contribuyeron a inventar a su principal enemigo, el automóvil. Así, la época de la bicicleta fue desplazada, antes de nacer, por la era del coche. Pero no sabemos lo que nos depare el destino. Bien puede ser, después de todo, que las proteínas nos duren más que el petróleo. <br />
<br />

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		<title>Desigualdad en un microcosmos académico</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Mar 2007 15:07:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>amador</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayo científico]]></category>
		<category><![CDATA[Intuición sociológica]]></category>

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		<description><![CDATA[<br />
<div class="w-floatr">
<span class="w-notes">Medidas de desigualdad en un microcosmos<br />
académico</span>
</div>
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<img class="right" src="wp-images/myimages/Harvard.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
<img class="right" src="wp-images/myimages/fquim.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
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Realícese el siguiente ejercicio de la ociosidad académica que dispone de recursos. Visítese el sitio del Departamento de Química y Biología Química de la Universidad de Harvard. Descúbrase que ahí están listados sus veintitrés profesores regulares —exclúyanse los profesores de investigación y los eméritos—. Aprovéchese la información privilegiada de que tres de ellos fueron contratados este año y elimíneselos también. Váyase a las bases de datos de la productividad científica y averígüese cuántos <em>papers</em> ha publicado cada uno de estos profesores y, ya que se está ahí, cuál es su índice H —prométase una descripción detallada de este parámetro más adelante—. <br />
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Limítese a tomar en cuenta los <em>papers</em> que tienen a Harvard como institución de origen. Escójase sorprenderse o no ante los números que se obtengan. Pregúntese cómo cantamos las rancheras en la Facultad de Química de la UNAM. Cunda el desánimo ante la tarea de hacer una búsqueda semejante para 272 profesores. Elíjase la salida fácil del muestreo. Vulnérese el principio del muestreo aleatorio confiando a la memoria los nombres de los investigadores más productivos de allá. Regrésese a las bases de datos y recopílese la información correspondiente a estos profesores. Constrúyase el índice de Gini de la desigualdad en el número de <em>papers</em> publicados por este conjunto de académicos. Cítese, <em>verbatim</em>, la explicación reciente de este mismo autor acerca  de la construcción y el significado del índice de Gini:<br />
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<ul class="w-thread"><li>Primero vamos a definir la curva de Lorenz. Y para hacerlo vamos a utilizar un ejemplo concreto. Consideremos un grupo de personas, digamos cien, para hacer fáciles las cuentas. Ordenémoslas de acuerdo a la cantidad de dinero que traen en su bolsa, de menor a mayor, y contemos todo ese dinero. Empezaremos con las cinco personas más pobres, 5% de la población. Contemos cuánto dinero tienen entre sí. En el improbable caso de que todo el mundo trajera la misma cantidad de dinero en la bolsa, ese 5% de las personas tendría 5% del total del dinero de esa población. En un caso típico, ese grupo —ya que son los más pobres— tendrá menos de 5% del total del dinero, digamos 2%. Tomemos ahora el siguiente grupo de cinco personas y contemos cuánto dinero tienen entre ellos. De nuevo, en el improbable caso de la distribución uniforme, sumarían otro 5% del total de dinero, pero en una interpretación más realista, juntarían menos —pero un poco más que el primer grupo—, digamos 3%. Ya está. Para construir la curva de Lorenz, el primer punto es (5%,2%)  —el 5% más pobre acumula 2% de los recursos—, el segundo punto es (10%,5%) —el 10% más pobre acumula 5% de los recursos, 2% de los más pobres y 3% de los que siguen—. Y así le seguimos grupo por grupo. O sea que la curva de Lorenz es la gráfica del porcentaje de bienes acumulados contra el porcentaje de la población incluida. Reiteramos que, si la distribución de bienes fuera uniforme, la curva de Lorenz sería una recta diagonal; y que, en los casos reales de distribución desigual, será una curva por debajo de esa recta diagonal ideal. 
</li><li>Una vez definida la curva de Lorenz, el índice de Gini se calcula fácilmente: es igual al doble del área encerrada entre la recta de distribución uniforme y la curva de Lorenz. Nótese que el valor mínimo de este índice se alcanza para la distribución uniforme: la curva de Lorenz coincide con la recta diagonal y no hay área encerrada, el Gini vale cero. Y que el valor máximo se alcanza para otra distribución extrema, aquella en la que sólo un individuo tiene todos los bienes —una recta sobre el eje x y un punto en (100%,100%)—, para la que el Gini vale el doble del área del triángulo inferior, o sea el área de todo el cuadrado, o sea uno —diez mil en porcentaje, pero uno en valor absoluto—. El índice de Gini va, pues de 0 a 1; 0 corresponde a la máxima igualdad y 1 corresponde a la máxima desigualdad.</li></ul>
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Véase la gráfica 1, en donde se presenta el resultado de este juego —el índice de Gini para un microcosmos académico— junto con la correspondiente a la desigualdad en el ingreso <em>per capita</em> de 162 países. Trátese de encontrar diferencias. Sorpréndase ante la ausencia de éstas. Sáquese conclusiones pesimistas u optimistas asegún se desée. Pregúntese quién es el químico unamita que está enmedio de los harvardianos. Crúcense apuestas.<br />
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<img class="right" src="wp-images/myimages/giniPapers.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
<ul class="w-thread"><li>Figura 1. Curva de Lorenz (línea continua) para el número de <em>papers</em> de un grupo mixto de profesores de química de Harvard (rombos) y la UNAM (cruces). Curva de Lorenz para el ingreso <em>per capita</em> de un grupo de 162 países (línea discontínua). El índice de Gini es el mismo para los dos casos —la mayor desigualdad en los <em>papers</em> en la parte superior de la curva se compensa con la menor desigualdad en la parte inferior—.</li></ul>
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El índice H es una medida del impacto acumulado de los <em>papers</em> de un científico, de manera totalmente cienciométrica, en los <em>papers</em> de los demás científicos. Originalmente se confiaba esa medida al número de citas totales que acumulan los <em>papers</em> de un autor, pero se objetó que algunos autores encontraron oro muy temprano en sus carreras, publicaron durante su doctorado un paper que resultó ser muy citado, y gozan de ese reconocimiento sin haber mantenido una carrera de largo aliento. Lo que andamos buscando es un científico que haya publicado varios <em>papers</em> profusamente citados. Aquí aparece el índice H. La idea es que uno publica N <em>papers</em>, algunos más citados que otros, ¿cuántos han sido citados P veces? La Profra. Petaquillas tiene veinte <em>papers</em>, uno ha sido citado 80 veces, pero todos los demás nunca han sido citados. Así que tiene sólo un paper citado 80 veces y 19 citados 0 veces. Mientras tanto, El Prof. Menchaca tiene diez <em>papers</em>, uno citado 9 veces y nueve citados ocho veces —o sea que tiene casi las mismas citas totales de Petaquillas—, nos importa decir que tiene cuando menos ocho <em>papers</em> citados ocho veces —en realidad tiene diez <em>papers</em> citados cuando menos ocho veces, pero aguántenme tantito—. El índice H se define como el número de <em>papers</em>, H, que han sido citados cuando menos H veces. Petaquillas tiene H=1, porque sólo tiene un paper que ha sido citado cuando menos una vez —ochenta, pero es sólo un paper— mientras que Menchaca tiene H=8, porque tiene ocho <em>papers</em> que han sido citados cuando menos ocho veces. Nótese que su índice H no puede ser nueve porque no tiene nueve <em>papers</em> que hayan sido citados cuando menos nueve veces. Y menos puede ser diez... ¿De acuerdo?<br />
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<div class="indent">La gráfica 2 muestra el índice de desigualdad de Gini para el índice H de nuestro microcosmos académico. </div>
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<img class="right" src="wp-images/myimages/giniH.jpg" alt="image" title="WikiImage" /><br />
<ul class="w-thread"><li>Figura 1. Curva de Lorenz (línea continua) para el índice de impacto H de un grupo mixto de profesores de química de Harvard (rombos) y la UNAM (cruces). Curva de Lorenz para el ingreso <em>per capita</em> de un grupo de 162 países (línea discontínua). La desigualdad en el índice H es menor que en el ingreso <em>per capita</em> nacional.</li></ul>
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