The Medea Hypothesis: Is life on earth ultimately self-destructive?
(La hipótesis de Medea: ¿La vida en la tierra es a fin de cuentas autodestructiva?)
Peter Ward
Princeton University Press (2009)

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A finales de la década de 1970 —simultáneamente con The Wall de Pink Floyd y la aparición de The Police—, James Lovelock, un admirado científico con formación de químico y médico, quien había medido, gracias a un invento original, los clorofluorocarbonos en la atmósfera —y abrió así el camino al descubrimiento del agujero del ozono—, volvió famosa una idea —la hipótesis de Gaia— que él venía madurando desde los años sesenta (los mismos que entronizaron a The Beatles y Bob Dylan). Dicha hipótesis, como tantas otras ideas famosas, tiene significados distintos para la numerosa humanidad que la menciona, pero trataremos de concentrarnos, como lo hace Ward en el libro que nos ocupa, en el que podemos denominar su significado científico: la vida tiende a ajustar el ambiente —la temperatura, el pH del océano, la composición de los gases en la atmósfera— en condiciones que permitan su bienestar, el de la vida. O sea que cuando alguna causa provoca el aumento o la disminución del CO2 por fuera de las concentraciones atmosféricas que permiten la vida en la tierra, la vida misma se ajusta para que el CO2 deje de aumentar o de disminuir, y así la vida sigue. La causa que provoque un efecto contrario a la vida puede estar, desde luego, desprovista de volición, como la actividad volcánica o la colisión con un asteroide. Pero también puede provenir de la voluntad de uno de los múltiples representantes de la vida, por ejemplo la de los humanos de recorrer grandes distancias a gran velocidad a bordo de poderosos automóviles.
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