The Swerve: How the World Became Modern
(El golpe de timón: cómo el mundo se volvió moderno)
Stephen Greenblatt
W. W. Norton & Co. (2011)

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En la novela El nombre de la rosa, publicada en 1980, Umberto Eco inventa al extraordinario Guillermo de Baskerville, quien es capaz, a la manera de Sherlock Holmes, de deducir lógicamente casi todo, incluso la localización de Brunello, el caballo que se le escapa al abad de la incógnita abadía donde el mismo Guillermo encontrará el segundo libro de la Poética de Aristóteles, y donde esta única copia de la que se tiene conocimiento acabará en llamas. En el transcurso de siete días habrá mucha acción, algo de sexo, mucha ambición, varias corretizas, una que otra fuga imposible y eruditas discusiones sobre el sentido, el objeto y la necesidad de la religión católica. Esta novela, en la lista de los cien libros del siglo según el diario francés Le Monde, ha vendido más de quince millones de ejemplares.

Treinta y un años más tarde Stephen Greenblatt, profesor de humanidades de esa otra prestigiosa institución, Harvard University, escribe un libro cuyo título me he permitido traducir como El golpe de timón: cómo el mundo se volvió moderno, y que si lo agarra a uno desprevenido podría pensarse no es más que “una especie de cita literaria elevada al cuadrado” de la novela de Eco. En este libro se lee sobre el también extraordinario Poggius Florentinus que en 1417 visitó un monasterio inidentificado, en algún lugar de la Alemania profunda, en donde encuentra un libro del que no se tenía noticia y que, a diferencia de lo que ocurre en la narración de Eco, no acabará en llamas. En este nuevo libro la historia ocurre en muchos más de siete días, pero también se relata mucha acción, algo de sexo, ambiciones desmedidas, varias corretizas, una que otra fuga imposible y eruditas discusiones sobre el sentido, el objeto y la necesidad de la religión católica. ¡Y luego resulta que en el año de su publicación este libro ha ganado no solo el National Book Award, sino también el Pulitzer!

La notable diferencia entre estos dos libros —que no demerita de ninguna manera a ninguno de los dos— es que el más reciente es un ensayo, eso que en inglés se denomina non fiction, o sea pura historia verdadera.
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Poggio Bracciolini fue un self-made man, en la medida en que eso era posible en el tránsito entre los siglos XIV y XV. Algo debe haber tenido a su favor en su cuna de nacimiento, porque pudo desplazarse —lo cual indica que no era un siervo de la gleba— y llegar a Florencia a buscar su destino. Y ciertamente algo más tenía a su favor en la forma de sus múltiples talentos que le permitieron empezar como copista, hacerse de importantes amigos —el principal de ellos, Niccolò Niccoli—, ascender a escribano y llegar a ocupar puestos importantes en la curia romana: fue secretario personal —secretarius domesticus— de varios papas, uno de ellos Juan XXIII —sí, Juan XXIII, igual que el de la guerra fría y la crisis de los misiles cubanos, el primero que se animó a llamarse Juan luego de transcurridos más de quinientos del desastre del Juan XXIII del Quattrocento que fue virtualmente defenestrado, de quien se borró el nombre en la historia del papado y a quien se puede llamar antipapa en las raras ocasiones en que alguien se acuerda de él. De hecho, la defenestración de aquel Juan XXIII impulsó el evento central del libro de Greenblatt.

A la sazón, la iglesia católica contaba nomás con tres papas —había habido dos, pero cuando negociaron el fin del cisma y nombraron a otro, ninguno de los anteriores aceptó renunciar y el nuevo ya había tomado posesión—: un español, Benedicto XIII; un veneciano, Gregorio XII, y un napolitano, Juan XXIII. Para desfacer este entuerto, los tres papas aceptaron reunirse en Constanza en 1414. Greenblatt estima que la llegada de tres papas y sus cortes debe haber atraído entre 50 000 y 150 000 visitantes a una ciudad poco más grande que una villa —en la actualidad la población de Constanza no pasa de 80 000 almas—; Greenblatt cita a un observador contemporáneo:
  • El cronista Richental estima que más de setecientas prostitutas llegaron al pueblo y rentaron sus propias casas, además de “algunas que yacían en los establos o dónde pudieran, y aquellas que ya estaban contratadas privadamente, a quienes no pude contar” (p. 164).

Lo cierto es que para 1415, Juan XXIII había vuelto a ser nada más Baldassarre Cossa y Poggio se había quedado sin trabajo. Tenía entonces 37 años y era ya un erudito de la cultura griega y latina de antes de la Edad Media. Su elección, luego del desastre de Constanza, fue visitar algunos monasterios de la región para ver qué encontraba. No se sabe exactamente a dónde llegó. Lo cierto es que esos viajes fueron muy exitosos para él. Encontró cuando menos cuatro textos desconocidos en su tiempo, a cual más suculento. Greenblatt los describe a vuelo de pájaro, pero se detiene un poco en uno de ellos, con mucho el que más interesa a este humilde reseñista por razones obvias de su posible futuralidad:
  • Fue descubierto otro manuscrito que le produjo un estremecimiento de melancolía: un largo fragmento de una historia del Imperio Romano, desconocida hasta entonces, escrita por un oficial de alto rango del ejército imperial, Ammianus Marcellinus. La melancolía provenía no solo del hecho de que los primeros trece libros del total de treinta y uno se habían perdido del manuscrito que Poggio copió a mano —y esos libros nunca se han recuperado— sino también de que ese trabajo estaba escrito en el inicio del colapso imperial. Historiador lúcido, atento e inusualmente imparcial, Ammianus parecía sentir la llegada del fin. Su descripción de un mundo exhausto por los apabullantes impuestos, la ruina financiera de grandes segmentos de la población y el peligroso deterioro de la moral del ejército, vívidamente muestran las condiciones que hicieron posible, unos veinte años después de su muerte, que los godos saquearan Roma (p. 49).

Pero el hallazgo de Poggio que, según el título del libro de Greenblatt, modernizó a nuestro mundo, es otro:
  • Hasta el menor de los hallazgos que Poggio había logrado era altamente importante —aunque fuera porque la recuperación de algo luego de tanto tiempo parecía milagrosa—, pero todos fueron eclipsados, si no inmediatamente, sí según nuestra perspectiva actual, por el descubrimiento de un trabajo más antiguo que cualquiera de los que había encontrado. Uno de los manuscritos consistía en un largo texto escrito alrededor del año 50 a. C. por un poeta y filósofo de nombre Titus Lucretius Carus. El título del texto, De rerum naturaSobre la naturaleza de las cosas— era extrañamente similar al título de la celebrada enciclopedia de Rabanus Mauru’s, De rerum naturis. Pero mientras que el trabajo del monje era aburrido y convencional, el trabajo de Lucrecio era peligrosamente radical (p. 49).

Se sospecha que Poggio, al igual que los humanistas de la época, se había encontrado el nombre de Lucrecio en las obras de Ovidio y Cicerón, pero conocería si acaso algunas frases sueltas de su escritura. Ahora tenía la obra entera. Sabemos, que él no copió directamente la obra —su caligrafía estaba entre las más hermosas de la época, y la copia de 1417, que posteriormente copiaría Niccoli, no tenía esa belleza—, sino que la encargó a un copista. No sabemos cuánto alcanzó a leer del libro en ese momento, ni cuanto alcanzó a digerir. Sabemos que lo que alcanzó a leer le reveló que estaba frente a una obra mayor, para empezar, por la elegancia de la prosa latina con la que estaba escrita. También sabemos que, en cuanto pudo, le envió la copia recién hecha a su amigo Niccoli en Florencia, y que este se encargó de reproducirla y, con tiento, difundirla.

Niccolò Niccoli fue el primer amigo importante de Poggio. Humanista, escribano, lector de los autores griegos y latinos de la antigüedad, melancólico admirador de los siglos dorados del pasado, y algunos años mayor que Poggio, difería de él tan solo en un detalle relevante: miembro de una familia de extraordinaria riqueza, conservaba como heredero suficientes medios para haber podido inventar la profesión de coleccionista de obras antiguas. No se sabe con certeza, pero se sospecha que uno de los patrocinadores de las aventuras literarias de Poggio en la Alemania profunda era Niccoli, lo que hace natural el envío de la obra de Lucrecio a su nombre. Niccoli y Poggio compartían pasiones. Una, la de la escritura. Juntos, y en colaboración con otros escribas contemporáneos, inventaron el diseño del tipo que ahora conocemos como romano e itálico. El único con una caligrafía aún más hermosa que la de Poggio, Niccoli, copió también De rerum natura en un ejemplar que aún se conserva. Otra pasión compartida, ésta junto con la gran mayoría de la humanidad europea de su tiempo, es la pasión del catolicismo, que hace del hallazgo, la conservación, la reproducción y la difusión de la obra de Lucrecio una aventura delicada y aún más interesante.

La concentración de la riqueza en el imperio romano —dirían, quizá, los economistas— permitió el surgimiento de una aristocracia en extraordinaria diferencia con la mayoría de la humanidad —cosa que siempre ha logrado la concentración de la riqueza—, y alentó además el desarrollo intelectual de esa aristocracia a niveles que no se habían visto en la historia —cosa que no siempre logra la concentración de la riqueza. Ese desarrollo tuvo diversas consecuencias: a la fecha, cada vez que presentamos un panorama histórico de casi cualquier especialidad de la cultura occidental empezamos mencionando a los griegos y a los romanos, quienes nos dieron los primeros avances en el tema y, en ocasiones, avances que aún no hemos podido superar. La caída del imperio romano tuvo, entre muchos otros, un efecto económico importante al interrumpir la continuación y el desarrollo de esas labores intelectuales: el regreso a las épocas oscuras de la ignorancia y la superstición, y la imposición de una religión que, sin que se pueda afirmar que es la peor de la historia —y no porque no lo haya intentado, sino porque en esta línea los chimuelos mascan tuercas—, es la más criminal de las que conoce este humilde reseñista. La doctrina católica, impuesta en Europa a partir del siglo IV, era la encargada de controlar y mantener el status quo en una sociedad pobre, ignorante, supersticiosa. Y ni como hacerse a un lado. Aún personajes de la cultura, inteligencia, refinamiento y poder de Poggio y Niccoli tenían que someterse a la conducta social reinante. Nuestra capacidad de pensar está limitada por la cultura de la sociedad de nuestro tiempo —por ejemplo ¿quién puede pensar ahorita en un mundo sin automóviles?

Poggio y Niccoli, y todos sus amigos humanistas, vivieron dentro de una cultura centrada en la fe católica. Leyeron con admiración la obra de Lucrecio. Reconocieron su belleza poética, su sabiduría, su erudición. Pero deben haber tenido serios conflictos para digerir algunas de las consecuencias de su pensamiento. Quizá por eso Niccoli tardó más de diez años en devolverle la copia original del libro de Lucrecio a Poggio:
  • [Su] impaciencia mostraba signos de cambiarse en enojo, y en un revelador lapsus de su pluma, exageró el número de años que había esperado: “Has tenido el Lucrecio durante catorce años… ¿Te parece justo que, si necesito leer a este autor, no pueda por culpa de tu descuido? Quiero leer a Lucrecio, pero lo tienes lejos de mi presencia, ¿piensas quedarte con él otros diez años?” Luego añade, en una nota más cordial, “insisto en que me mandes el Lucrecio, que copiaré tan pronto como se pueda y te regresaré para que lo conserves todo el tiempo que quieras” (p. 209).

Pero Niccoli acabó su copia y el libro de Lucrecio inició su largo proceso de difusión. Sus efectos, opina Greenblatt, definen el mundo moderno.

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Greenblatt, desde luego, no cuenta todo el libro —que en traducciones modernas alcanza cerca de trescientas páginas— pero presenta una lista “breve, de ninguna manera exhaustiva, de los elementos que constituyen el reto de Lucrecio” y aclara que actualmente esas ideas son profundamente familiares al menos entre el círculo de gente con probabilidades de leer su libro —es decir, dejando fuera del grupo de las personas familiares con estas ideas a los republicanos de la Gringolia profunda. En seguida traduzco la lista de los elementos de Lucrecio, que en el libro de Greenblatt son comentados uno por uno por una breve descripción de sus implicaciones:
• todo está hecho de partículas invisibles
• las partículas elementales de la materia —“las semillas de las cosas”— son eternas
• las partículas elementales son infinitas en número, pero limitadas en forma y tamaño
• todo lo que alcanza existencia lo hace como resultado de los golpes de timón que sufren las partículas
• esos golpes de timón son la fuente del libre albedrío
• la naturaleza experimenta permanentemente
• el universo no se creó para los seres humanos
• los seres humanos no somos excepcionales
• la sociedad humana no empezó en una Edad Dorada de tranquilidad y abundancia, sino en una batalla primitiva por la supervivencia
• el alma muere
• no hay vida después de la vida
• la muerte no es nada para nosotros
• todas las religiones organizadas son falsas ilusiones supersticiosas
• las religiones son invariablemente crueles
• no existen los ángeles, los demonios ni los fantasmas
• el objetivo más alto de la vida humana es la amplificación del placer y la reducción del dolor
• el obstáculo más grande para obtener placer no es el dolor, sino las falsas ilusiones
• la comprensión de la naturaleza de las cosas genera profundo asombro/fascinación/admiración (pp. 175-198).

Desde mi punto de vista, como químico del siglo XXI —algunos de mis alumnos y colegas dirán, creo, que en realidad soy del siglo pasado—, las primeras cinco afirmaciones de Lucrecio son estrictamente ciertas y, si bien les faltan muchos detalles que hemos ido descifrando en los últimos doscientos años, ponen a quien las domine al nivel de los estudiantes de licenciatura de mi escuela. Las trece siguientes no requieren que presente mi título de químico, aunque destacan porque, estrictamente, son consecuencias lógicas de las primeras cinco, expresadas por quien haya recibido la influencia de las ideas más comunes de las religiones. Esos trece últimos elementos del reto de Lucrecio son tan actuales hoy como en el siglo XV. Quizás ahora haya más gente que entonces que no las acepta. Quizás haya ahora más gente que entonces que las considere herejías dignas de castigo. Afortunadamente, y gracias al trabajo —llevado en ocasiones hasta el martirio— de muchas personas inspiradas por el libro de Lucrecio, vivimos en una sociedad más parecida a la que permitió el pensamiento de Lucrecio, que aquella en que su libro fue rescatado del olvido.
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Greenblatt relata algunos de los efectos de la difusión del libro de Lucrecio. El primero no causa ninguna sorpresa
  • En diciembre de 1516 —casi un siglo después del descubrimiento de Poggio—, el Sínodo Florentino, un influyente grupo de clérigos de alto nivel, prohibió la lectura de Lucrecio en las escuelas. El exquisito latín en el que estaba escrito podría tentar a los maestros a asignarlo a sus estudiantes, pero tenía que prohibirse, dijeron los clérigos, por que es “un trabajo lascivo y perverso, en el que se hacen todos los esfuerzos para demostrar la mortalidad del alma”. Los potenciales violadores de este edicto fueron amenazados con la condenación eterna y una multa de 10 ducados (p. 216).

Pero dos efectos posteriores son más conocidos. El primero es el del “humanista cristiano” Tomás Moro (Santo Tomás Moro, desde 1935) quien, como se puede ver en la magnífica serie The Tudors, terminaría sus días decapitado durante el reino de Enrique VIII —poco tiempo antes que su archi enemiga Ana Bolena—, de quien había sido secretario de gobernación, o ministro, como se decía entonces. Moro leyó a Lucrecio. Y, si bien se dice que acostumbró diariamente la “disciplina” católica hasta que le corría la sangre, elaboró las ideas epicúreas en su obra Utopía (1516). En un relato, que se aseguró de situar en un lugar imaginario, elaboró la idea —número 16 en la lista de elementos anteriores—, opuesta al pensamiento reinante, de que es mejor vivir una vida de placer y felicidad a una de sufrimientos y penurias. Un mundo en el que, a contrapelo con la época que le tocó vivir, se permite la más extensa tolerancia religiosa, con una sola condición: que no se acepte la hipótesis lucreciana de que el alma es mortal. Todo lo demás pasa. La propiedad privada debe abolirse, los bienes deben ser comunes, debe haber seguro popular de salud, todos los hombres y todas las mujeres deben ser educados igualitariamente; pero no se puede dejar de creer en la vida después de la vida. Y este énfasis admite una interpretación de extrema importancia actual: ¿cómo le hacemos, de a de veras, para que todos los seres humanos acepten las normas contemporáneas del proceso civilizatorio? ¿Hay mejores maneras que la creencia en el infierno para evitar que un joven de dieciséis años deba veinte vidas? No que la religión haya funcionado para evitar esas conductas, pero no me extraña que gigantes intelectuales de la talla de Moro hayan concluido en la necesidad de esa sujeción.

El segundo efecto es la trágica historia de Giordano Bruno. Inspirado por Lucrecio, Bruno se concentró en convencer a sus contemporáneos de las implicaciones de algunas ideas religiosas. En palabras del mismísimo Jesús:
  • “¿No se consiguen dos gorriones por un peso? Y ni uno de ellos caería al suelo sin la voluntad del Padre”, dice Jesús a sus discípulos, y añade: “incluso la cantidad de los cabellos de tu cabeza está numerada” (p. 233).

En numerosos escritos fechados cerca de 1580, Bruno abundó en los detalles, asignando a Mercurio la necesidad divina de describir que:1
  • “Laurenza, cuando se peine el pelo, perderá diecisiete cabellos y romperá otros trece; de aquéllos, diez crecerán de nuevo y siete nunca volverán a aparecer” (p. 234).

Bruno interpretó y defendió seguramente los dieciocho puntos de la lista de Greenblatt; no se opuso ni siquiera al que mantiene a Moro como santo de la iglesia. Así que le fue peor; en 1600 fue quemado en la hoguera:
  • [E]l dominico expulsado, rapado de la cabeza, fue montado en un asno y llevado a la hoguera que se había preparado en el Campo de Fiori. Se había negado tenazmente a arrepentirse en las innumerables horas en que lo asediaron equipos de frailes, y se negó a arrepentirse o callar ni siquiera tan cerca de su muerte. Sus palabras no quedaron registradas, pero deben haber molestado a las autoridades que ordenaron que se le sujetara la lengua. Literalmente, de acuerdo con un relato, le metieron un clavo en la mejilla, el clavo atravesó su lengua y salió por la otra mejilla. Otro clavo selló sus labios, formando una cruz. Cuando se puso frente a él una cruz, volteó la cabeza. Se prendió el fuego que cumplió su función. Luego de ser quemado vivo, sus huesos fueron molidos y las cenizas —las pequeñas partículas que habrían, según sus creencias, de reentrar en la inmensa, gloriosa, eterna circulación de la materia— fueron dispersadas (pp. 240-241).

Un cálculo elemental predice que, al menos un millón de las moléculas de su cuerpo, convertidas en dióxido de carbono luego de su martirio, entra en los pulmones de cada uno de nosotros en cada inhalación —y eso tomando en cuenta el cambio climático. No hay vida después de la muerte, pero las moléculas de Lucrecio, Poggio, Moro y Bruno están con nosotros.

1: A la manera de nuestro querido Sheridan, “7 DE JULIO DE 1956, 8:25 A. M.: BILITO SHERIDAN DARÁ UN INESPERADO SALTO HACIA ATRÁS CON LA INGENUA PRETENSIÓN DE COGERNOS POR SORPRESA”. (Cartas desde Copilco, Ed. Vuelta, 1994, p. 119)