El mundo finito: desarrollo sustentable en el siglo de oro de la humanidad
Carlos Amador Bedolla
Fondo de Cultura Económica — UNAM (2010)

El Mundo Finito

Hoy se presentó en la Facultad de Química de la UNAM mi libro. Pocas cosas tan emotivas. Muchas gracias a todo el mundo por su apoyo, ayuda, cariño. Va una pequeña muestra de lo que dice el libro en su primer capítulo.


El siglo de oro del animal humano

La medida más obvia del éxito biológico de una especie es el número de sus ejemplares. Los bisontes europeos, casi extintos a mediados del siglo pasado, viven protegidos en el Bialowieza Puszcza, el bosque virgen que le queda a Eurasia, dividido entre Polonia y Biolorusia por un muro que también divide, en mitades casi exactas, a la población de 600 bisontes. Todos los que quedan. Éste es un ejemplo de especie a la que no le está yendo muy bien. Como los bisontes europeos, cientos de miles de especies carecen de éxito biológico al iniciar el siglo XXI. No así el animal humano. Los 6600 millones de personas que actualmente habitamos el planeta somos, con mucho, la mayor población humana de la historia. Nuestro éxito biológico es indiscutible.

Pero no sólo disfrutamos de exuberancia biológica. Hay otras medidas claras del éxito de nuestra especie. Nuestra esperanza de vida media ha aumentado continuamente en los últimos cien años para alcanzar su punto más alto hasta el momento: 68 años. La mortalidad infantil ha disminuido continuamente, en particular desde 157 muertes por cada 1000 niños nacidos vivos en el quinquenio 1950-1955 a 57 muertes en el quinquenio 2000-2005. El consumo de proteínas cárnicas por persona ha aumentado casi al doble en cincuenta años. La tasa de analfabetismo entre la población mayor de 15 años ha bajado continuamente: en 1970 era de más de 35%, mientras que actualmente se estima alrededor de 15%. En estas medidas se comparan datos del pasado reciente, que es de cuando contamos con ellos. Pero hay millares de medidas adicionales, con distintos grados de objetividad, que reiteran este éxito. Nuestras favoritas personales —en caso de tenerlas, toda vez que mucha gente se inclina por privilegiar las visiones negativas del estado de la humanidad— a menudo son anecdóticas: seis de doce alumnos en un curso de licenciatura en una universidad pública llevan su laptop a clase, cuando deja de haber mangos en el mercado empieza a haber mandarinas, existe la wikipedia y cientos de millones de personas la consultan, etcétera. Como arrogantemente decía una campaña publicitaria hace algunos años, ¿son estos los mejores tiempos, o qué?

Interesantemente, puede ser que no. Simultáneamente con las mejores condiciones en las que ha vivido la humanidad —y posiblemente como efecto de esta causa— su futuro se ve amenazado como nunca antes. Todos las ventajas de las que disfrutamos ahora, durante nuestro siglo de oro como especie, provienen del crecimiento de nuestras actividades. Tómese cualquier actividad humana como ejemplo, ya sea la competencia por un récord deportivo o la cantidad de un determinado producto. Encontraremos un avance sostenido. En algunos casos, el veloz progreso inicial se ha frenado un tanto, como por ejemplo con el récord mundial varonil de los cien metros planos, que bajó seis décimas de segundo en la primera mitad del siglo pasado y sólo dos y media en la segunda mitad. En otros casos el moderado progreso inicial se ha acelerado recientemente, como ocurre con nuestro consumo de petróleo, que aumentó 4% en el periodo de 1976 a 1986, 16% en los diez años siguientes y 18% en los últimos diez años. El punto es que el progreso parece no conocer límites y nos hemos acostumbrado a que lo que ayer se hacía con cierto esfuerzo, en cierta escala y con cierto costo, hoy se haga con menor esfuerzo, a mayor escala y salga más barato. Pero esa costumbre, sólo respaldada por el induccionismo más elemental, está fatalmente infundada. En un mundo con límites, nada puede crecer indefinidamente. Un cuerpo humano no puede correr cien metros en menos de cinco segundos, por más esteroides que inventemos y le inyectemos. No se pueden consumir más de doscientos millones de barriles de petróleo diarios, por más pozos que perforemos.

Hay muchos indicios de que, en medio del mejor momento de la fiesta de la humanidad, los recursos empiezan a ser insuficientes. Las preguntas de qué recursos son insuficientes, cuán insuficientes son, qué modificaciones tendrá que sufrir la fiesta por estas insuficiencias, y muchas más relacionadas con esta noción de insuficiencia, son discutidas y debatidas apasionadamente en muy diversos foros. Inicialmente entre los expertos de las distintas disciplinas involucradas, pero reciente y crecientemente también en los medios de difusión y entre el público en general. Quienes participan en estas discusiones tienen intereses que defender, desde los obvios del empleado de una industria, hasta los puramente psicológicos del optimista que no puede asimilar malas noticias. Intentemos, pues, describir los hechos.

Dos límites conspicuos: el pico de Hubbert y el cambio climático

El diablo nos escrituró los veneros de petróleo. Hasta donde entendemos, un delicadísimo balance de materia orgánica sedimentada, condiciones geológicas favorables y el sazón que proporciona el cocimiento a fuego lento a lo largo de millones de años, es lo que necesita el diablo para producir los yacimientos de petróleo. El clásico moderno de Deffeyes detalla exquisitamente las circunstancias de esta cocción. A pesar de esas particularísimas condiciones, los yacimientos de petróleo son numerosos y muchos de ellos contienen ingentes volúmenes de petróleo. La cantidad exacta que se ha descubierto no es fácil de determinar, porque aparte de las dificultades técnicas para saber cuánto petróleo hay en un yacimiento específico, interesa a los encargados ocultar la información exacta por motivos políticos y económicos, es decir, por motivos propios del negocio. Pero lo que sí podemos saber es que, por grandes que sean los descubrimientos, la cantidad existente es, obligatoriamente, finita. En 1956, M. King Hubbert analizó conjuntamente los datos de reservas probadas, reservas probables, tasa de producción y tasa de descubrimiento de nuevos yacimientos para la industria petrolera en Estados Unidos, y llegó a la conclusión de que la producción crecería hasta alcanzar un máximo, luego del cual disminuiría continuamente. Su análisis, cuantitativo, le permitió predecir la fecha del pico en la producción con casi veinte años de anticipación. En 1971, Estados Unidos registró la producción petrolera más grande de su historia; de entonces a la fecha, ha disminuido de forma constante —de casi diez millones de barriles diarios en 1971 a poco más de cinco millones actualmente—, a pesar de lo cual sigue colocado en el tercer lugar mundial de productores. Un análisis similar, pero aplicado a los datos disponibles para el mundo entero, predice el pico de la producción de petróleo —el Pico de Hubbert— para 2008 con una incertidumbre de cinco años. Esta predicción ha sido disputada ferozmente, disputa a la que no le vamos a entrar por el momento porque sólo nos interesa constatar que el pico es un hecho. No importa si llegará en un año, en diez o veinte o si ya llegó, sus consecuencias deben considerarse ahora.

Las consecuencias del pico de Hubbert mundial no son claras ni directas, y también son ferozmente disputadas. Pero caben aclaraciones. La llegada al pico no significa que a partir de ese momento se acabará el petróleo, sólo significa que no se podrá producir más y la disminución será progresiva. Actualmente se producen 84 millones de barriles de petróleo al día. Cinco años después del pico de Hubbert, es probable que sigamos produciendo decenas de millones de barriles de petróleo al día.

Pero el progreso no conoce límites. Y el progreso está alimentado por el petróleo. Así que el crecimiento de la actividad humana y el pico de Hubbert vienen en direcciones distintas a gran velocidad, y lo suyo pinta para choque de trenes. Porque mientras la producción de petróleo llega al pico, la demanda aumenta. Para mantener la maquinaria del mundo moderno, para prolongar la vida del siglo de oro del animal humano, hace falta que se satisfaga la demanda de petróleo que ese mundo y ese siglo requieren. Y eso va a ser imposible tarde o temprano. Tan temprano como ya —hay quien afirma que el pico de Hubbert ocurrió en julio de 2006— o en el lejanísimo futuro de unos diez años. Resulta cuando menos arriesgado imaginar con algún detalle las consecuencias del pico de Hubbert, pero eso no detiene a los futurólogos. Veremos algunas de sus especulaciones más adelante.

Ahora que para amacizar el efecto del pico de Hubbert en nuestras psiques sirve muy bien voltear a ver al otro fantasma que recorre el mundo: el cambio climático. El siglo de oro del animal humano es muy poco tiempo, en la escala geológica común, para detectar un cambio en las características generales del clima global terrestre. Éste está determinado por una muy numerosa cantidad de variables a las que responde de maneras increíblemente complejas. Tal complejidad fue famosamente ejemplificada con la noción de que el aletear de las alas de una mariposa en Borneo puede desencadenar un huracán en el Caribe.

A pesar de tal complejidad, hemos sido capaces de detectar ciertos patrones en el clima global del mundo. Así sabemos, por ejemplo, que en determinadas ocasiones, la temperatura disminuye en forma recurrente, hay gran condensación de agua en forma de hielo y se produce una glaciación. Y también hay periodos de calentamiento, algunos de ellos asociados con la actividad solar. La tierra ha sido, en el pasado, mucho más caliente de lo que es ahora y también mucho más fría. El problema actual es que la actividad humana de los últimos diez mil años, pero más importantemente la de los últimos trescientos años —de la Revolución Industrial para acá—, y aún más importantemente la de los últimos cincuenta años —a partir de la masificación en el uso del motor de combustión interna—, ha establecido una serie de causas plausibles de un incremento en la temperatura global del planeta. Y, en los últimos años, hemos visto evidencia cada vez más clara de los efectos de esas causas. En resumen, no es ninguna novedad que el clima global de la tierra cambie, lo que es novedad es que el cambio actual es atribuible a las actividades humanas y que este cambio tiene consecuencias muy graves para la continuación de la fiesta del siglo de oro del animal humano.

El efecto de las actividades humanas sobre el clima mundial apunta en la dirección de un calentamiento global. La generación incontrolada de CO2 —cerca de treinta mil millones de toneladas anuales — concentra continuamente la presencia de esta sustancia en la atmósfera, y por tanto, aumenta su capacidad de absorber radiación infrarroja —que de otra manera saldría de la atmósfera— en lo que se conoce como el efecto invernadero. Así que sabemos, sin lugar a dudas, que nuestras actividades están produciendo grandes cantidades de CO2, sabemos, sin lugar a dudas, que el CO2 retiene energía en la atmósfera, y observamos, más allá de dudas razonables, que la temperatura global promedio de la Tierra ha aumentado a lo largo del último siglo. ¿Qué más necesitamos saber para actuar preventivamente y atenuar las consecuencias del posibilísimo calentamiento global?

Otro punto controversial es la magnitud del calentamiento y, más importantemente y más controversialmente, los efectos que éste tenga. Se hila fino en el medio científico y las declaraciones que se pueden hacer son de este tipo: la cantidad de CO2 en la atmósfera para el año 2100 estará entre 541 y 970 partes por millón; si se acercara a 680, el incremento en la temperatura promedio andaría por ahí de 2.9 °C con 95% de probabilidad de estar entre 1.5 y 4.5 °C. Y las especulaciones acerca de los efectos del calentamiento van desde esa que dice que pronto habrá mosquitos en la cima del Ajusco, pasando por la que predice temporadas de cosechas más extensas en las latitudes templadas, hasta la que asegura que el aumento en el nivel medio del mar —debido principalmente a la expansión térmica del agua y, en segundo lugar, a la fusión de los glaciares— habrá de modificar la geografía de la tierra suprimiendo ciudades, regiones y países enteros: Venecia, Holanda, buena parte de la Florida y Carolina del Norte.

La singularidad de nuestro tiempo

Pocas cosas se saben con absoluta certeza, pero sabemos un montón de cosas de manera aproximada. La aproximación que nos interesa es que los seres humanos tenemos la dotación genética actual desde hace cualquier cosa entre cien mil y doscientos cincuenta mil años. O sea que han vivido en el mundo entre tres mil y siete mil generaciones de seres humanos, seres genéticamente iguales a los contemporáneos de este inicio de siglo. Quedémonos con la estimación más baja, que funciona para el siguiente argumento sin ser tan favorable como el extremo más alto. Piénsese ahora en alguna medida de la actividad humana, de preferencia una que podamos proyectar continuamente —cuando menos en la imaginación— hasta ese remoto pasado. El consumo de petróleo, por ejemplo, queda descartado porque sólo se generalizó hace unos ciento cincuenta años . El consumo de alimentos, en cambio, podría ser una buena medida, excepto que es extremadamente difícil idear formas de medirlo en la antigüedad prehistórica. De hecho, cabe dudar de que tengamos forma confiable de conocer alguna medida de la actividad humana en ese extenso intervalo temporal. Sin embargo, existen valientes demógrafos que han acometido la empresa de estimar la población humana a lo largo de la existencia de nuestra especie. Sus resultados —que se pueden cuestionar, pero que solicitamos al lector que suponga válidos por el momento—, indican que la población humana en la tierra ha evolucionado como se representa en la figura 1.