The Great Disruption: Why the Climate Crisis Will Bring On the End of Shopping and the Birth of a New World
(El gran trastorno: por qué la crisis climática terminará con la era del consumo y dará nacimiento a un mundo nuevo)
Paul Gilding
Bloomsbury Press (2011)

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La verdad es que no nos queda otra sino seguir hablando del pelapollos del porvenir. Y no solo porque es lo más importante de nuestro futuro, sino también porque el pensamiento al respecto cambia, lentamente, pero cambia; y es importante mantenernos informados de esos, aunque sutiles, innegables cambios. El libro de Gilding tiene varias características interesantes. Declara categóricamente que ya nos llevó el payaso en el futuro, que no hay manera de que nuestra forma de vida actual pueda seguir desarrollándose de manera parecida a la forma en que nos acostumbró la modernidad. Y que el cambio a una nueva forma de vida para el futuro va a ser un gran trastorno, un cambio drástico, doloroso, violento, desordenado. Pero lo que distingue a este libro —la razón por la que uno de sus blurbs dice "una alternativa provocativa y refrescante a la reciente embestida de estudios alarmistas sobre cambio climático"— es la opinión de Gilding de que a donde vamos a llegar luego del trastorno es a una nueva era dorada de la humanidad en dónde desarrollaremos lo mejor de nuestra especie. ¡De veras! Pero vayamos por partes.

El lento cambio referido anteriormente trata de la actualidad de la discusión sobre cambio climático. Hace solo siete años oíamos a David King discutir sobre cuán factible era la evidencia científica del cambio climático, a Gore defenderla enfáticamente desde una de las trincheras de la batalla, y el libro de Kunstler era novedad. Ahora queda tanta discusión al respecto como la que hay entre si el Sol gira alrededor de la Tierra o viceversa. El cambio climático, producto de las actividades humanas de los siglos recientes, es un hecho. Se siguen haciendo las cuentas, las mediciones y los experimentos para ver de qué tamaño es ahora, qué efectos va a tener y hasta dónde va a llegar. Por ejemplo, hay que corregir las predicciones que se hicieron en el pasado y que indicaban, en 1990, que el aumento en el nivel medio del mar sería para 2010 de cuando mucho 4 cm, pues resultó de más de 6 cm. La evidencia indica que el aumento en el promedio anual de temperatura —ajustado por los efectos del Niño, las erupciones volcánicas y las variaciones solares— entre 1980 y 2011 es de 0.6 °C. Estamos comprometidos a un aumento de cuando menos otros 0.7 °C; lo más que podemos esperar es que limitemos el aumento a menos de 1 °C, pero si seguimos como vamos, el aumento puede ser mucho mayor y, en fin, lo más seguro es que quien sabe. Lo cierto es que esto está pasando y nuestra forma de vida habrá de cambiar, más o menos pronto. Desde luego, aún existen opiniones que dicen que esto no es causado por la actividad humana, pero en esta discusión los poseedores de esta opinión tienen la misma autoridad científica que quienes juran haber sido abduccionados por extraterrestres en compañía de la edecán del IFE.
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Donde empiezan las novedades en el libro de Gilding es cuando pasamos al tema de la economía. Como debe ser, explica que el paradigma económico actual existe para atender un conjunto de necesidades correspondientes a un periodo de la historia humana que ya pasó. En las condiciones actuales, el paradigma actual no solo no funciona, sino que nos hace daño. Quizá la mejor manera de enunciar el paradigma económico vigente es recordar que fue pensado para cubrir las necesidades de un mundo vacío. La economía se inventó como ciencia teórica con afanes de explicar su función y racionalizar sus reglas en un mundo de pocos seres humanos —cuando Adam Smith nació, en 1723, existía la décima parte de la cantidad de humanos que poblamos ahora la Tierra—, con poca infraestructura instalada, recursos naturales abundantes y acceso insuficiente e inequitativo a los mismos. Así, sus principales reglas incluyeron siempre concentración de riqueza para garantizar capital de inversión en obras de gran escala, rendimiento de capital para garantizar un mejor futuro y crecimiento constante para asegurar el aumento de riqueza que permita el aumento global de bienestar, incluso cuando no hay redistribución. Y así vivimos. No hay estado que no esté buscando —incluso ahora, en pleno siglo XXI— el crecimiento económico. Es peor: un crecimiento económico de 2.3% anual —el cual garantiza la duplicación de la riqueza en una generación, treinta años— se considera mediocre y el gobierno que lo manejó perderá probablemente las siguientes elecciones. Porque la promesa que hace el paradigma económico actual es inapelable: si la actividad económica crece, crece la riqueza de todos los seres humanos. E incluso si se logra desplazar la discusión a la evidencia de que, a pesar del crecimiento de la economía, la riqueza no se ha distribuido equitativamente, sino que se ha concentrado, de todas formas el paradigma económico ganó porque ya se dejó de hablar de crecimiento: sigamos creciendo y corrijamos nuestros errores de distribución, dicen los economistas. Pero en el mundo lleno de siete mil millones de seres humanos, ante el consumo excesivo de energía, agua, nitrógeno, fósforo, frente a la generación excesiva de gases de efecto invernadero, la extinción de especies —a velocidades que no se veían desde el desastre del pérmico-triásico—, el consumo de acuíferos —otros que se van para no volver—, la idea del crecimiento económico permanente es insostenible. Y no sólo es insostenible, sino que la evidencia apunta a que es innecesaria y, si mucho se nos apura, indeseable. Estudios recientes, no inexplicablemente poco populares, revelan que la relación entre la riqueza y el bienestar no es permanentemente proporcional y que se satura al llegar a cierto grado de riqueza: el bienestar aumenta con el aumento de riqueza, pero al llegar a cierto nivel —no muy alto por cierto—, la mayor riqueza no garantiza mayor bienestar y puede que hasta se asocie con infelicidad. Así que hay que detener este paradigma y remplazarlo por otro que nos saque de estos problemas. En descargo de los economistas, Gilding nos recuerda que los mismos creadores del paradigma sabían que era temporal. Adam Smith aseguró que todas las economías llegarían a un estado estacionario, en el que habrían alcanzado el complemento entero de riqueza que la naturaleza de su suelo, su clima y su situación con respecto a otras sociedades les permitiría alcanzar; y resultaría por tanto en que no hubiera avance ni retroceso. Más recientemente, el mismísimo John Stuart Mill dijo:

  • El aumento en riqueza no es ilimitado. El final del crecimiento debe llevar a un estado estacionario. El estado estacionario de capital y riqueza… será una mejora considerable de nuestra condición presente
  • Es casi innecesario recordar que la condición estacionaria de capital y población no implica el estado estacionario de las mejoras humanas. En esa situación habrá tantas posibilidades como siempre para todo tipo de cultura mental así como progreso moral y social; tanto espacio para mejorar el arte de vivir y mayores probabilidades de su avance, cuando las mentes humanas dejen de estar sometidas por el arte de sobrevivir (p. 194).

Y aún más recientemente John Maynard Keynes:

  • No está lejano el día en que el problema económico tome el asiento trasero, que es el suyo propio, y la arena del corazón y la cabeza sea ocupada y reocupada por nuestros problemas verdaderos —los problemas de la vida y de las relaciones humanas, de la creación y la conducta y la religión (p. 195).

Estamos seguros que el paradigma económico del crecimiento permanente va a desaparecer, no solo porque, desde el punto de vista teórico, es inadecuado para el mundo lleno actual, sino también porque desde el punto de vista de la realidad física está prohibido por cuando menos la física, la química, la termodinámica y la biología. Su próximo remplazo no es una cuestión de opinión, es un hecho de la naturaleza. Porque, como dice un tal Moynihan, "Everyone is entitled to his own opinion, but not to his own facts."

El problema desde luego es cómo vamos a llegar a ese punto. Todos los "hombres de estado" que vemos el día de hoy hablando en los noticieros o periódicos están diciendo cómo van a lograr aumentar el crecimiento económico de su país. Todos. Por eso nadie le cree a quien diga que la posibilidad del crecimiento permanente está muerta. Gilding dice que esta reacción es la conocida negación de todo humano que se enfrenta a una crisis. Así actúa el alcohólico, “no estoy enfermo, lo puedo dejar cuando quiera”. La humanidad se encuentra en estado de negación y creemos que el crecimiento económico nos garantizará pensiones dignas a los siete mil millones de seres humanos que viviremos en promedio más de setenta años. Sólo hace falta votar por el candidato correcto y confiar en el crecimiento económico sostenido. Al respecto, Gilding comparte la opinión que le escuché por primera vez a Dan Schrag, el profesor del Centro del Ambiente de Harvard, de que no vamos a hacer nada hasta que ocurra el primer gran desastre ambiental o energético o alimentario. Vamos a seguir con nuestro business as usual hasta que se inunde Manhattan y se pierda un gogol de dólares o se inunde Pakistán y se pierdan doscientos millones de vidas o haya que pensar en un nuevo concierto para una nueva Bangla Desh con millones de víctimas de la hambruna o etcétera, etcétera. Entonces vamos a actuar, dice Gilding.

  • A pesar de la evidencia y la lógica directa de que la crisis está con nosotros ahora, o que llegará muy pronto, la negación es todavía la respuesta dominante. Digo esto no por desesperanza, sino como un hecho. Esto no significa que consideremos perdida nuestra causa. Sólo significa que debemos aceptar que no vamos a cambiar en una escala importante hasta que la crisis esté en completa y sea innegable, hasta que el viento agarre realmente velocidad. Porque entonces vamos a cambiar (p. 6).

Y ahí es dónde se emociona y emociona a las escritores de blurbs. Porque Gilding cree que somos capaces de logros extraordinario ante condiciones adversas:

  • [B]ajo presión extrema, la humanidad es capaz de transformaciones imaginativas, extraordinarias y de cambios políticos que serán capaces, en este caso, de regresarnos de la orilla del abismo y proporcionarnos un clima seguro al final de la crisis. Esto es muy importante para que podamos abandonar la actual negación. Necesitamos creer que somos capaces de arreglar nuestro problema para dejar de negar su existencia (p. 106).

En pocas palabras, Gilding es optimista y cree que la humanidad será capaz de mantener las mejores características de su larga historia como especie luego de haber tocado fondo. No lo creo, but I am trying hard!

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Finalmente, un comentario sobre el escritor. Paul Gilding es australiano: big aussie bloke, dice de sí mismo. Padre desde sus tiernos veinte años, trabajó para el ejército australiano, luego para Greenpeace, institución de la que fue presidente internacional y de la que se separó por diferencias con el consejo de dirección por la política de trato con las empresas internacionales: él favorecía su trato con ellos, el consejo sólo admitía confrontación. Entonces fundó una empresa concentrada en ofrecer consultoría sobre sustentabilidad a las compañías internacionales más diversas, el bisne verde que podríamos decir. Montones de sus relatos en el libro empiezan con que platicó con este u otro CEO de las compañías más importantes del planeta. El hombre es un macho alfa, verde. Hay compañías odiosas —ExxonMobil— pero también hay unas que son buenas —DuPont—. Esto se topa, obviamente, con mi idiosincrasia que me dice que sus ideas —y sus esperanzas, por tanto— solo se aplican en la misma medida en la que los modelos empresariales funcionen —entre ricos, sean estos países o personas. Pero quiero cambiar e impedir que la idiosincrasia me domine. Independientemente de mis dudas acerca de cuánto nos separan nuestras respectivas idiosincrasias, creo que a fin de cuentas no nos queda otra sino voltear a ver lo que sí podemos hacer ante el inminente pelapollos. Gilding propone la modificación de los métodos empresariales. A mí me gusta más la educación. Gilding es optimista, yo no. Pero concuerdo en que hay que hacer algo. Lo que sea. Limitado, insuficiente, idiosincrático, probablemente inútil a fin de cuentas; pero algo que se contraponga a la puritita aleatoreidad.