Thu 8 Mar 2007
Los políticos verdes de verdad
Posted by amador under El mundo se va a acabar , Estación EsperanzaComments Off
Energy Autonomy: The economical, social and technological case for renewable energy
Autonomía energética: El argumento económico, social y tecnológico a favor de la energía renovable
Herman Scheer
Traducción del alemán de Jeremiah M. Riemer
Earthscan (2007)
Autonomía energética: El argumento económico, social y tecnológico a favor de la energía renovable
Herman Scheer
Traducción del alemán de Jeremiah M. Riemer
Earthscan (2007)

El autor de este libro es un diputado alemán. Tiene un doctorado en economía y fue nombrado por la revista Time —que, desde luego, es sólo una revista, pero ya ven que ahora los nombramientos de algunas de esas revistas tienen mucho prestigio— “Héroe del siglo verde”. En estos días anda en el circuito universitario de conferencias presentando éste, su segundo libro, que acaba de ser traducido al inglés. No es un conferencista extraordinariamente brillante, que es la moneda corriente en Harvard, quizá porque el inglés no es su lengua materna —o porque está dentro del conjunto definido por George Bernard Shaw en “nadie que tenga un gran conocimiento de su propio idioma puede dominar otro”—, pero tiene esa característica, deseable en el político, de la emoción. O sea, el hombre se va calentando conforme habla y al rato ya está predicando a todo pulmón, generando emociones. Su estilo es un tanto inusual en el rumbo de los expertos en energía renovable que me ha tocado conocer y que suelen ser gabachos, ingleses, canadienses, y que hablan del problema energético concentrándose en Estados Unidos con casi absoluta exclusión del resto del mundo. Scheer habla de Europa y, de vez en cuando —sólo de vez en cuando—, de algún otro lugar. La otra singularidad del personaje es que es absolutamente belicoso con respecto a las compañías energéticas del orden económico actual: las compañías que controlan el petróleo, el gas, el carbón, la energía nuclear y la energía eléctrica son el enemigo. Punto. Así que sus opiniones son recibidas con “silencio de tapioca congelada”, como diría Cortázar, por el auditorio de esta universidad. Pero tiene cosas qué decir. Muchas, de hecho; tantas que no intentaremos una revisión concienzuda de sus posturas, sino sólo señalaremos tres de ellas.
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La primera es la que trata de sus logros. Como diputado en el Deutschen Bundestag fue el arquitecto de la Ley de Energía de Fuentes Renovables mediante la cual se garantiza varios incentivos a los productores de energía mediante fuentes renovables. Básicamente esos incentivos caen en dos categorías: se garantiza que toda la electricidad que se produzca tiene que ser comprada por las compañías distribuidoras —en nuestro caso, toda la energía que se produzca la tendría que comprar la CFE— y se garantiza un precio diferencial —subsidiado— para la compra de esa energía eléctrica. Así, por ejemplo, la energía eléctrica de origen eólico se paga a € 0.0853/kWh (unos 0.11USD/kWh que se deben comparar con los 0.17USD/kWh que pagamos en México, o sea que la electricidad eólica subsidiada alemana es más barata que la termoeléctrica mexicana). Las compañías que distribuyen la energía la venden sin hacer ninguna distinción acerca de su origen. Pero hay precios diferenciales en las distintas regiones alemanas. El hecho es que esta ley ha ayudado a que crezca en 16 000 MW la capacidad instalada de generación de electricidad con viento y sol en Alemania —la cual debe satisfacer las necesidades de unos nueve millones de alemanes, o sea, constituye casi 10% de la generación total— en los últimos diez años.
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La segunda cosa que vale la pena resaltar acerca del libro de Scheer es su posición con respecto a los esfuerzos internacionales para encontrar acuerdos frente a los problemas del calentamiento global. Hay dos referencias al respecto. Una de ellas exitosa —el protocolo de Montreal— y otra de ellas desastrosa —el protocolo de Kyoto—. El protocolo de Montreal fue el acuerdo internacional para dejar de usar los clorofluorocarbonos que estaban acabando con la capa de ozono. Estas sustancias se empleaban como fluidos de trabajo en refrigeradores y como propelentes en aerosoles. La clave del éxito de este acuerdo, según Scheer, es la importancia relativamente menor de las aplicaciones de estas sustancias —comparada, por ejemplo, con el uso de combustibles fósiles en la generación de energía— y la disponibilidad, a la hora del acuerdo, de alternativas tecnológicas para la sustitución de las sustancias prohibidas. Así, resultó relativamente fácil encontrar un acuerdo aceptable para todas las partes, con previsiones “buena onda” para los países subdesarrollados, y que resultó, como sabemos, en el premio Nobel para Molina, Rowland y Crutzen y en la regeneración, en proceso actualmente, de la capa de ozono. Historia exitosa.
Otro cantar ha sido el acuerdo para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Como se sabe, las actividades humanas en la escala de la población actual han contribuido al aumento de la concentración en la atmósfera de tres gases: dióxido de carbono, metano y óxido nitroso. Estos gases tienen la particularidad de absorber la radiación infrarroja que, al ser emitida por la tierra hacia el espacio, mantiene el equilibrio térmico con la radiación solar que llega en forma de luz visible. Como los gases absorben la radiación e impiden que salga al espacio, ésta se queda en la atmósfera, generando un aumento en la temperatura. Por ejemplo, la concentración de dióxido de carbono ha pasado de unas 360 partes por millón a 380 partes por millón en los últimos diez años —era de 310 partes por millón en 1960—. Este aumento de concentración proviene de un aumento en la producción de dióxido de carbono principalmente por la combustión. A mediados de la década de los noventa se generaban unas seis mil millones de toneladas por año y ahora se generan unas seis mil quinientos millones —en 1960 se generaban unas dos mil millones—. El protocolo de Kyoto, de llevarse a cabo con éxito, lograría que en los próximos cinco años regresaramos a la generación de dióxido de carbono que teníamos hace diez años. Es decir, el protocolo de Kyoto no resuelve ni siquiera el problema de la generación de CO2, y todavía falta el metano y el óxido nitroso. Pero tampoco se va a poder poner en marcha con éxito. Como se sabe, cuando menos dos países importantes —-Estados Unidos y Australia— se han negado a firmar el protocolo. Scheer argumenta que no tenemos un acuerdo realmente útil al respecto porque no estamos dispuestos a prescindir de las funciones que se realizan con el combustible que quemamos. Y porque no tenemos disponible la tecnología limpia para sustituir la tecnología de combustión. En buena medida, gracias a los esfuerzos de las compañías energéticas del orden actual.
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La tercera es la convicción de Scheer acerca de la factibilidad de una transición mundial al uso de energía renovable. Toda la tecnología asociada tiene un enorme potencial de desarrollo pero, aun imperfecta como es actualmente, puede servir para sacudirnos la dependencia de los combustibles fósiles. Scheer recomienda incluso que adoptemos esa tecnología en lugares que no son óptimos para su aplicación: celdas solares a latitudes altas, turbinas eólicas en donde no sopla permanentemente el viento. Lo que ganamos descentralizando y deteniendo los efectos de la combustión es más que lo que invertimos en capital. El único obstáculo que reconoce es el poder de la industria energética actual que ha presionado, con éxito hasta el momento, por detener estos desarrollos.
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Finalmente, cabe mencionar que en una discusión amplia acerca del estado mundial de la generación de energía mediante fuentes renovables, que incluye una revisión de la generación tradicional de energía, México no es mencionado ni una sola vez. Conspicua ausencia del undécimo país más poblado del mundo y de la úndecima economía mundial.