We are alive: Bruce Springsteen at sixty-two
(Estamos vivos: Bruce Springsteen a los sesenta y dos)
David Remnick
The New Yorker (30 de julio de 2012)

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‘Cause tramps like us, baby we were born to run!

A Gustavo Espino y al Lira. A Ceci.

Enfrento el riesgo de exagerar y, peor aún, repetirme. Pero el New Yorker se lo merece. Me acabo de dar cuenta de un gesto suyo de extraordinaria sensibilidad. Como saben que no puedo leer su revista cada semana, y que solo dispongo del largo tiempo necesario para realmente aquilatar su extraordinario periodismo cuando me toca agarrar el avión, acomodan sus ediciones para que lea los artículos que más me interesan y que, sin duda, escriben para mí. Porque vean, en su número de ida a Boston publicaron el artículo del cambio climático —ya nadie defiende su inexistencia ni discute si de veras lo originamos los humanos automovilistas; si acaso, se discute el pronóstico de sus inminentes consecuencias— junto con el de la fotosíntesis artificial —Daniel Nocera, un profe que Harvard le acaba de robar a MIT por chopotorromil dólares, liderea la búsqueda de un catalizador que permita a los fotones de la luz solar electrolizar agua para almacenar hidrógeno y quemarlo luego en nuestras carreteras—; dos de mis temas favoritos. Y luego, en el vuelo de regreso, el número destacaba un largo artículo sobre Bruce Springsteen.

Pero vayamos paso a paso. El cuatro de julio fui a un banco del río Charles casi frente a MIT. Me senté en una lona y me constituí en otro de los cinco mil humanos por hectárea que esperamos —por horas— los fuegos artificiales del feriado. Mientras sonaba a buen volumen en miles de dólares de bocinas taiwanesas la música propia de la ocasión. Y que, para mi sorpresa, conocía en su totalidad: Don McLean, Steppenwolf, Elvis Presley, Michael Jackson, Britney Spears y Bruce Springsteen entre muchos otros. O sea, el equivalente a estar en Chapultepec esperando el desfile del 16 de septiembre con la raza y clasificar los distintos grupos sociales de acuerdo con las canciones que se saben, festejan y cantan públicamente. Bruce Springsteen apela a un grupo social peculiar: Born in the USA, I´m on fire, Racing in the Street; coches, cerveza, deudas con las tarjetas de crédito.
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The Boss tiene sesenta y dos años y anda en gira con su banda. No creo que venga al Zócalo, pero visitará cien estadios de a cuarenta mil fans por concierto. Como la de McCartney o la de los Rolling, su parafernalia se venera en los museos —el del Rock and Roll de Cleveland, por ejemplo— como se veneran las astillas del santo madero. Aunque,
  • a diferencia de los Rolling, que no han escrito una gran canción desde la era disco y se juntan solo para aumentar sus fortunas, como sus propios teloneros, Springsteen se niega a ser el museógrafo de su pasado. Por el contrario, sigue desarrollándose como artista, llenando cuaderno tras cuaderno de notas, ideas, preguntas, preguntas, recortes y, finalmente, nuevas canciones.

Porque Springsteen es un artista. Y un artista trabaja 24/7 haciendo arte. Y un artista del pop del siglo XXI trabaja profesionalmente y ensaya, repite, acomoda, mejora, ajusta minuto a minuto su show:
  • Su fuerte es la acción excesiva. En un concierto de Springsteen siempre llega el momento, como también pasaba siempre con James Brown, en que el artista finge que no puede más, que tiene que pelear entre el agotamiento y la pasión por seguir actuando. Brown se caía de rodillas, empapado en sudor, incapaz de bailar un paso más, pero se quitaba de encima a su valet y la capa que éste intentaba ponerle. Springsteen pierde la conciencia de pie en el micrófono, inmóvil, acabado; luego recupera la conciencia y se sacude el sudor ⎯¡No! ¡No puede ser!⎯ y pide que la banda toque otro verso, otra canción.
Para lograr eso, concierto tras concierto, entrena como entrenan los deportistas de alto rendimiento. Porque tiene que cantar las variaciones posibles de una lista cada vez más grande donde están todas las canciones que Springsteen puede querer tocar en el concierto que viene. Todos los miembros de la banda tienen un teleprompter a la vista durante el concierto ⎯¿quién, por ahí de los sesenta, puede garantizar que recordará a tiempo la letra de todas las canciones que alguna vez se supo?, por no hablar de las pisadas correspondientes⎯, aunque los que más sufren son los nuevos miembros de la banda que quizá nunca habían oído algunas de esas canciones. (Springsteen es el jefe. La banda está hecha no de sus iguales sino de sus empleados. En 1989 los corrió a todos y solo recontrató a los que quiso.) El propio Springsteen, mantiene un régimen de ejercicio y condición física que le permite brincar, correr, gritar, agacharse, levantarse, tocar y cantar, cantar y cantar en conciertos de casi cuatro horas: “es uno de esos pocos hombres de sesenta y dos a quien no le da pena enseñar el trasero —embutido cuidadosamente en unos jeans negros sorprendentemente apretados— frente a veinte mil clientes que pagaron un boleto para verlo”.

El resto de la banda ni se ha cuidado tanto ni ha tenido la misma suerte. Entre los músicos que participan en esta gira hay quien ha pasado por una cirugía para remplazar ambas caderas —y se anticipan otras para arreglarle los hombros—, quien la ha sufrido a corazón abierto, tratamiento de cáncer de próstata, dos operaciones vertebrales y varias de las manos, y quien ha tenido cirugía cerebral. Springsteen pidió recientemente que haya sillas en lugares estratégicos para que los músicos descansen mientras su show no los requiere. Y esos son los afortunados entre los miembros de la banda o al menos entre los de las mesas de adentro. Van cuatro funerales en los últimos años —“de niños íbamos a funerales, luego nos tocó una época en que no había decesos, ahora estamos entrando a una en que esto de los funerales vuelve a ocurrir con frecuencia”, dice Springsteen—; el más importante, de verdad y en términos del espectáculo, fue el de Clarence Clemons, a quien se llevó un infarto.
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Springsteen se volvió mundialmente famoso por escribir buenas canciones sobre los tres temas principales de la vida de los seres humanos del siglo XX tardío: los problemas económicos —“no gano suficiente dinero para satisfacer el sueño americano”—, los automóviles y la carretera —“lo único que tengo es el chance de manejar a gran velocidad en completa libertad”— y el amor con quienes lo acompañan a uno en eso de la economía y el coche, amigos y amores. Así, su presentación pública incluye siempre a sus amigos, en papeles estelares claros y distintos: Van Zandt es el amigo de siempre, el de la infancia; Patti Scialfa es la musa y la esposa, Clarence Clemons el gigante negro: “the baddest ass on the planet; junto a él sentías que independientemente de lo que trajera el día o la noche, nada malo te podía pasar”. La ausencia de Clarence Clemons es importantísima para la banda; en el show actual, luego de pasar lista de los músicos presentes, Springsteen pregunta “¿nos falta alguien?”, mientras un reflector ilumina un saxofón en un sitio del escenario. Entonces aparece Jake Clemons, el sobrino de Clarence, quien también mide 1.90, también es negro, también toca el saxofón, también siente reverencia por Clarence y, al no tratar de remplazarlo sino de recordarlo, arranca aplausos y lágrimas entre los fans.

La historia real de la banda es entonces central para su historia ficticia. Y es una muy buena historia. Los músicos de la banda, reales amigos de Springsteen, han tenido vidas privilegiadas gracias a él, su show, su banda, su fama. “Nosotros no éramos los listos, andábamos juntos tocando música porque no nos habían aceptado en ningún otro lugar”, dice Van Zandt. Ahora son famosos, ricos, tienen casas en Europa. Bueno, casi todos, porque como debe de ser en una buena historia de rock —¿quién no recuerda a Pete Best?— la banda de la calle E cambió de baterista. El baterista de Greetings from Asbury Park y de The Wild the Inoccent and the E Street Shuffle es Viny “Mad Dog” López. Con él se fundaron las bandas previas a la de la calle E. Con él y Van Zandt vivió Springsteen en camionetas, cuartos de azotea, accesorias en Nueva Jersey; a ellos los esperaba que llegaran de trabajar —en botes y tiendas de artículos para pesca, o de albañil, respectivamente— para, quizás, ir racing in the street. López sigue en Asbury Park. Es cuate de Springsteen. Ha tocado un palomazo con ellos en algunos conciertos. Recibe regalías extra —donadas por Springsteen— a las propias de las ventas de los discos en los que participó —que no son Born in the USA, el que da más lana, aunque poca en comparación con lo que dan las giras—, pero no es rico, ni mucho menos.
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El trabajo de Springsteen es excelente. La propuesta de emocionar al personal con su música sobre tribulaciones económicas, coches, amigos y carreteras ha funcionado para gran cantidad de seres humanos en las postrimerías vigesímicas. Seres humanos de todo tipo de convicciones —menos, quizás, entre los que leían a ciertos autores porque, como dice Springsteen: “yo no frecuentaba a nadie de los que estaban leyendo a William Borroughs en esa época”—, desde intelectualoides mexicanos como nosotros, fans europeos —españoles y alemanes en particular— y la banda del Charles del otro día, hasta gente de mucha más dudosa reputación. Ronald Reagan dijo una vez que el futuro de América dependía de los sueños y las esperanzas que tan bien se mencionan en las canciones de Springsteen, o algo así. Algunos críticos han cuestionado la pureza del arte de Springsteen dado que él —a diferencia de López o Van Zandt— nunca ha trabajado como empleado; o porque el héroe de los trabajadores usa aviones privados. “Este músico dejó de mandar saludos desde Asbury Park y ahora los manda desde Central Park West”, dijo con exquisita mala leche un periodista hace años. Estas opiniones alguna vez preocuparon a Springsteen, hasta llevarlo al grado de incluir una observación al respecto en una canción —“cobra un rescate de rey por hacer lo que le sale naturalmente”, casi como “the little faggot he’s a millionaire”— que provocó una discusión con Van Zandt (por lo visto, otro poeta por virtudes propias):
  • Van Zandt recuerda. “Le digo, ‘¿Qué mierda es esta?’ Y él me dice, ‘Pues qué, es la verdad, es lo que yo siento, es mi vida’. Y yo le digo, ‘No mames. La gente no necesita oírte hablar de tu vida. La gente te necesita para oír de sus vidas. Eso es lo que tú haces. Tú le das algo de lógica y razón y simpatía y pasión a su mundo frío, partido, confundido: ese es tu don. Explícales sus vidas. Sus vidas, no la tuya’”.