Bankrupting Nature: Denying our planetary boundaries
(Naturaleza en bancarrota: La desatención a las fronteras planetarias)
Anders Wijkman & Johan Rockström
A report to the Club of Rome, Routledge (New York, 2012)
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Rockström es uno de los autores del paper de Nature de 2009 en donde se presentan las nueve fronteras planetarias a las que se acerca la humanidad —o que ya rebasó en al menos tres casos: nitrógeno, destrucción de especies y calentamiento global—. Ahora es coautor de este libro que porta el imprimatur del Club de Roma, lo que lo convierte en el trigésimo segundo libro en gozar de tal espaldarazo —para bien o para mal— luego del primero de la serie: Los Límites del Crecimiento (Limits to Growth, 1972) .

Lo notable de Naturaleza en Bancarrota, en mi opinión, es que es el primer libro sobre los problemas de la humanidad —apocalíptico, le dirán algunos criminosos— de la nueva camada, una que ve tales problemas desde un punto de vista multivariado —holístico, le dirán otros criminosos— que le incluye los problemas físicos —límites a la producción de energía y de alimento, las famosas nueve fronteras planetarias (agua, ozono, nitrógeno, fósforo, extinción de especies, contaminación química, acidificación del océano, calentamiento global, aerosoles)—, los problemas económicos —el paradigma del crecimiento permanente, la religión del PNB—, los problemas sociales —desigualdad, consumo, educación y democracia y la ausencia de los dos últimos— y hasta los problemas psicológicos asociados —competencia, infelicidad, negación y la locura de los escépticos del cambio climático. Todos estos aspectos vistos con notable balance.
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No puedo dejar de compilar la lista de personajes que proponen Wijkman y Rockström en su descripción de las distintas opiniones de la gente frente al problema del cambio climático. Lo que sigue son seis categorías de opiniones sobre la gravedad del cambio climático. Progresivamente de la mayor locura (cero de calificación) al realismo extremo (cinco de calificación):
  • 0: Escépticos peleoneros. Sus ideas no están basadas en la ciencia
  • 1: Subestimadores sociales del cambio climático. No objetan las conclusiones del IPCC, pero opinan que la humanidad tiene otros problemas más serios: pobreza, agua, salud. Los dirige o representa Bjorn Lomborg.
  • 2: Escépticos climáticos. Gente que critica aspectos de la investigación científica sobre cambio climático, honestamente. Así, están dispuestos a modificar su opinión cuando los resultados lo indican.
  • 3: El mainstream del IPCC.
  • 4: Ecólogos originales. Originalmente con una visión ecológica, incluye a los que ven el problema como uno que necesita atención multidisciplinaria, incluyendo economía y sustentabilidad
  • 5: Realistas extremos. Es demasiado tarde, no vamos a hacer nada para evitar esta catástrofe. Nos adaptaremos —o no— como podamos.
Adivinen, ¿con qué grupo me identifico?
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El primer capítulo de este libro describe, brevemente, de manera esencial el problema que enfrenta la humanidad en la actualidad, sus orígenes y lo que se necesita para atenderlos. También describe por qué no se pueden atender (no se han podido atender y, most probably, no se podrán atender) mientras sus efectos pasen de las publicaciones científicas —al ritmo de unas cuantas decenas de papers por mes— a los diarios amarillistas del mundo entero, al ritmo de múltiples cientos de desastres diarios y así sean sentidos por todos nosotros con recordatorios frecuentes. El capítulo de marras es adecuadamente holístico y borda sobre la ciencia atmosférica, la geociencia, la economía y la psicología, al menos, para presentar el problema amplia y globalmente. El capítulo termina con una nota positiva recordándonos que nadie puede individualmente ya no digamos resolver este intríngulis sino ni siquiera plantearlo convincentemente; y que, por tanto, hay que hacerlo, pronto, entre todos lo que queramos y podamos.
Me permitiré presentar al amable lector, una traducción del primer capítulo del libro que nos ocupa. Disfrútelo.
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El espacio ambiental tiene límites


Vemos hacia delante, porque una de las primeras órdenes que recibimos como jefes, es asegurar y contribuir con cada decisión que tomamos al bienestar y la salud de la séptima generación por venir. Oren Lyons, Faithkeeper, Nación Onondaga.
Este no es un libro sobre cambio climático, a pesar de que dedicamos varios capítulos al tema. Nuestra esperanza es lograr más que eso y examinar críticamente la relación entre los seres humanos y la naturaleza y las amenazas que presentamos a los complejos sistemas naturales de la Tierra que constituyen las condiciones necesarias para la existencia de todo tipo de vida.

Queremos que este libro modifique la perspectiva actual que ve el desarrollo de la sociedad como separada del ambiente, incluso que los ve como fenómenos contradictorios, en una nueva perspectiva que perciba la biósfera viviente y los recursos naturales como prerrequisitos para la prosperidad y el desarrollo futuros. Tal perspectiva es evidente para la mayoría de los científicos naturales. Pero para muchas otras disciplinas, la perspectiva ha sido distinta y más limitada. Los modelos de los economistas, por ejemplo, se centran principalmente en la relación entre productores y consumidores. El acceso a la energía y a los recursos naturales —por no mencionar las funciones de los ecosistemas— se consideran asegurados.

Queremos comunicar que la humanidad enfrenta una realidad crítica. Abundantes reportes científicos indican claramente que nos acercamos rápidamente a un punto de saturación, cuando la biósfera ya no puede manejar presiones adicionales. Actualmente atestiguamos el fuerte impacto que el cambio ambiental global ejerce sobre las economías tanto locales como regionales.

Nuestro enfoque está centrado en aspectos culturales y formas de vida y en la manera en que hemos organizado nuestra economía, porque éstas son las áreas en las que debe haber cambios importantes para atender las severas amenazas a la biósfera. Día con día nuestros sistemas de producción y de consumo contribuyen al impacto creciente sobre el ambiente, a través de la contaminación, el desplazamiento y la erradicación de innumerables especies y ecosistemas, y la modificación del balance climático. Esto pone en riesgo la base misma del desarrollo y la prosperidad para el futuro de la humanidad.

En los medios abundan los reportes sobre la crisis financiera. Pero los préstamos y las deudas cubren mucho más que la economía del dinero. La degradación de ecosistemas importantes, la pérdida de biodiversidad y el clima cada vez más inestable son, cuando menos, una hipoteca tan onerosa para el futuro como la deuda financiera. Pero, a la fecha, en el debate sobre la crisis económica pocos comentaristas han señalado estos temas. En vez de reconocer las estrechas relaciones entre la economía monetaria y la economía de la naturaleza, toda la atención se ha dirigido al sistema financiero.

Las deficiencias que apreciamos en la relación entre la humanidad y el entorno natural nos hacen cuestionar la manera en que el sistema económico junto con los sistemas educativos y científicos se han organizado. Nos preguntamos también si el sistema político actual está siquiera remotamente preparado para enfrentar los retos a largo plazo que plantean la globalización, el crecimiento poblacional, el cambio climático y el consumo excesivo de recursos tanto finitos como renovables.

A la tierra le hace falta un inventario

Necesitamos un inventario —una hoja de debe y haber— para el planeta. En los últimos años todas la señales apuntan a que nuestras formas de vida y nuestros patrones de consumo se dirigen hacia una violenta colisión con la naturaleza. Rusia experimentó calores extremos en 2010, que causaron terribles incendios. Las inundaciones en Pakistán dejaron 20% del país bajo el agua, modificando condiciones de por sí precarias en una pesadilla para millones de personas. Icebergs del tamaño de Manhattan fueron paridos por glaciares. Siete años de sequía en Australia fueron seguidos por severas inundaciones. Tanto las sequías como la inundaciones alcanzaron niveles extremos en EEUU durante 2011 y 2012.

Eventos climáticos extremos como los mencionados no resultan sorprendentes para quienes hayan seguido el trabajo del panel climático de la ONU, IPCC, durante los últimos años. Los eventos de 2011, 2011 y 2012 son una premonición de lo que puede ocurrir regularmente en el futuro.

Las amenazas a los ecosistemas y la biodiversidad son igualmente serias. La deforestación de bosques tropicales ha disminuido ligeramente en los últimos años, pero cada año aún desaparecen unas 13 millones de hectáreas. La pesca excesiva en muchas áreas marinas continua sin freno. La escasez de agua dulce se ha vuelto prevalente en muchas regiones del mundo. En total, dos tercios de los ecosistemas globales más importantes están siendo sobreexplotados, de acuerdo con la evaluación global de la ONU, la Evaluación de Ecosistemas del Milenio (MEA), de 2005.

La conferencia de la ONU sobre Diversidad Biológica de Nagoya (octubre 2010) fue un paso en la dirección correcta. Allí se decidió incrementar la protección de ecosistemas singulares tanto en tierra como en mar. La pregunta que permanece es sobre cuánto ayuda esta decisión para oponerse a la presión creciente ejercida tanto por el crecimiento poblacional como por las economías rápidamente crecientes.

Cuando alguna familia consume por encima de sus ingresos, las consecuencias son fáciles de pronosticar. Los ingresos y las deudas no ajustan y en poco tiempo las líneas de crédito se interrumpen y lo que sigue es la bancarrota. Los desbalances en la naturaleza son más difíciles de entender. Una razón es que la mayoría de la gente no percibe ni experimenta el deterioro de la naturaleza con sus propios ojos. La mayoría de la población mundial vive en ciudades. La mayoría de la gente compra la comida en supermercados, y muy rara vez se pregunta cómo y dónde se produjo o cuáles son las consecuencias de su producción en los ecosistemas.

Otra razón es que no tenemos métodos adecuados para llevar estas cuentas. Cuando se destruyen bosques tropicales o aplicamos una aspiradora a los peces en el océano, los resultados aparecen como un logro en los números de PNB. El hecho de que el capital natural en la forma de existencia de peces o árboles haya reducido su valor —de forma quizá irreversible— no aparece nunca en ningún balance económico. Tampoco se refleja en los balances nacionales que los ecosistemas se hayan degradado al punto de incurrir en “fronteras de alteración” con desastrosas consecuencias. Algunos ejemplos de posibles fronteras de alteración incluyen el riesgo de que mares interiores (como el mar Báltico) mueran, que el bosque amazónico se seque y que cambien las trayectorias y las temporadas de los monzones tropicales.

El hecho es que no disponemos de un inventario adecuado para el planeta. Los balances nacionales están dirigidos principalmente al reporte de la producción nacional agregada en términos de PNB. Este reporte se complementa con el PDN, producto doméstico neto, que trata de incluir el consumo y el desgaste que le ocurre al capital físico —principalmente máquinas y edificios— lo que se le resta al PNB. No existe una cuenta semejante correspondiente al deterioro del capital natural como la tierra agrícola, los bosques tropicales, los recursos acuíferos, los bancos marinos o la diversidad biológica. Nuestro conocimiento y nuestro control de la disponibilidad de recursos finitos como el petróleo, el fósforo o ciertos metales es, también, escaso.

Debemos agradecer a la disponibilidad de petróleo barato los extraordinarios avances en la calidad de vida en algunas partes del mundo durante el siglo XX. La mayoría de los gobiernos y las compañías parece estar segura de que el petróleo va a seguir fluyendo. Sin embargo se acumula la evidencia de que la era del petróleo barato ha terminado. Diversos análisis indican que la extracción de petróleo crudo se nivelará pronto y comenzará a disminuir poco después. Cuando esto ocurra, la mayoría de los países estarán poco preparados. El precio del petróleo aumentará considerablemente. Muchos países pobres, que ahora tienen que esforzarse para pagar sus importaciones petroleras, se verán obligados a racionarlo. Actualmente, el costo para África de sus importaciones energéticas excede el apoyo financiero total que recibe. Algunos sectores para los que no hay sustitutos, como el caso del transporte y la agricultura, se verán especialmente afectados. Todo esto plantea el riesgo sustancial de una crisis profunda de la economía mundial.

¿Por qué esta vez es diferente?

A lo largo de la historia la humanidad se ha enfrentado con diversos problemas derivados de la escasez de recursos. A distintos niveles de éxito tales problemas se han resuelto mediante la tecnología y la inventiva, como en el caso que llevó del empleo de madera como fuente de energía al uso de combustibles fósiles, o a través de migraciones masivas. Pero la historia también contiene numerosos ejemplos de cómo las sociedades y las culturas sucumbieron como consecuencia de cambios naturales en el clima o de la sobreexplotación del agua y los recursos de la tierra. Algunos ejemplos notables son la primera cultura desarrollada en Mesopotamia en 2300 AC y la Isla de Pascua de los siglos diecisiete y dieciocho. Lo que hace diferente a la situación actual es que la sobreexplotación tanto de la atmósfera como de los bienes comunes globales ocurran en tan grande escala y que los procesos que se generan pueden ser imposibles de detener o revertir. Los gases de efecto invernadero permanecen en la atmósfera por cientos de años, los glaciares que empiezan a fundirse, la tundra que se derrite, los recursos acuíferos que se agotan, las zonas que se desertifican, son ejemplos de procesos que es muy difícil, sino es que imposible, detener y que están por encima del control de una sola comunidad local.

La diferencia entre el empleo de recursos per capita en los países desarrollados y los países en desarrollo es aún muy grande. En “Colapso”, el libro de Jared Diamond (2005), se estima que más de mil millones de personas que viven en los países desarrollados disponen de una cantidad de recursos per capita 32 veces mayor que los cinco mil quinientos millones de personas que viven en los llamados países en desarrollo. Pero una amplia clase media aparece actualmente en muchos países en desarrollo, especialmente China e India, y su empleo de recursos se acerca rápidamente al nivel que se tiene en Occidente. Si el consumo per capita de China, que actualmente es menor a un décimo del de EEUU, fuera el mismo que en Norteamérica, requeriría duplicar la demanda mundial de recursos naturales. El consumo de petróleo, papel y la mayoría de los metales más importantes se duplicaría; la demanda de granos aumentaría en 70 pro ciento y así con todo. Si los chinos emplearan la misma densidad de automóviles que emplea EEUU actualmente, solo en China habría mil cien millones de vehículos.

China y otros países en desarrollo tienen todo el derecho de progresar y modernizarse. Pero esta modernización no puede llevarse a cabo de la misma forma en que ocurrió en los países industrializados porque el incremento en la presión sobre la base de los recursos naturales y atmosféricos sería devastadora. Los países industrializados han generado hábitos de consumo que no son sustentables para sus propios habitantes, mucho menos para todo el mundo. Esto constituye un reto mayúsculo.

El mito del crecimiento material permanente

Nuestra sociedad ha sido formada sobre el mito del crecimiento permanente. La olla de la Naturaleza se percibe como infinita. También se asocia a la Naturaleza con una capacidad infinita de aceptar los diversos desechos y contaminantes y neutralizar su riesgo. Luego de participar activamente en los debates ambientales y de cambio climático durante más de veinte años, entendemos que este mito es muy poderoso y muy difícil de erradicar.

La humanidad está viviendo muy por encima de sus recursos. Ninguna generación anterior ha pedido prestado tanto a su futuro. El pago a corto plazo se venció en la crisis financiera que explotó en 2008. El pago a largo plazo se vencerá tarde o temprano en la forma del cambio climático catastrófico y sus impactos ambientales. Al igual que los préstamos con poco respaldo en el mundo bancario y financiero casi causaron el colapso del sector, nuestro uso del capital natural amenaza con llevar nuestro sistema de soporte vital al riesgo del colapso. De la forma en que está estructurada la economía actual, es sólo una cuestión de tiempo.

La crisis económica llegó sorpresivamente y con mucha fuerza. Las crisis del cambio climático y los ecosistemas harán lo mismo, si bien un poco después. Las consecuencias del cambio climático y la sobreexplotación de los sistemas naturales como los bosques, tierras de cultivo, pesquerías y acuíferos serán diferentes en diferentes lugares de la Tierra. Algunas regiones sufrirán más que otras, pero a la larga ninguna región podrá evitar la situación y aislarse de las consecuencias negativas. A fin de cuentas son las fuentes de energía, agua y alimento las que están en riesgo.

Hubo alertas antes de la crisis financiera, pero pocos las tomaron en serio. Similarmente, hay muchas alertas sobre el cambio climático y la degradación ambiental. Pero tampoco ahora hay muchos que las escuchen. Muchos oyen sólo lo que quieren oír, y ajustan su retórica para acomodar descripciones del problema. Pero en realidad sus actitudes están motivadas por la negación. Quienes toman las decisiones, desafortunadamente, no son la excepción.

¿Por qué no estamos haciendo más?

¿Por qué, entonces, los numerosos y poderosos mensajes sobre los peligros que enfrentamos al despreciar las amenazas actuales a los sistemas naturales no han sido más ampliamente escuchados? El medio ambiente se encuentra mucho peor ahora que hace cincuenta años, a pesar de la adopción de numerosas leyes y regulaciones. Muchos se ha dicho en apoyo de una política de revisión a favor del cambio radical en los sistemas de producción y consumo. Se han acumulado muy serias perspectivas y estudios, desde “Primavera silenciosa” de Rachel Carson (1964), pasando pro “Los límites del crecimiento” del Club de Roma (1972) y el Reporte Brundtland de la ONU (1987), hasta el reporte del panel del clima de IPCC de la ONU (2007), la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (MEA 2005) y las Perspectivas Ambientales de la OCDE hacia 2050 (2012). Además de estos está el trabajo en proceso para desarrollar “Las fronteras planetarias”. En un artículo de la revista británica Nature (Septiembre 2009) un grupo de más de treinta investigadores, dirigidos por Johan Rockström, uno de los autores de este libro, describe un total de nueve procesos biofísicos distintos en el planeta que son vitales para el futuro de la humanidad. Debido a nuestro modelo de crecimiento actual estamos destruyendo con rapidez los ecosistemas y los recursos naturales que, a fin de cuentas, forman la base del bienestar humano futuro. Nos encontramos en una ruta de colisión con la naturaleza. Los asuntos ambientales pueden terminar a menudo en los lugares más altos en las listas de opinión sobre asuntos importantes, pero de ahí a la existencia de acciones reales falta aún mucho.

¿Cuál es la razón de esta pasividad? Sólo se puede especular sobre las causas. En la escritura de este libro nos hemos apoyado en un gran número de artículos, libros, papers, entre ellos Macroshift (UNESCO 2001), escritos por el filósofo Ervin Laszlo.

Laszlo distingue entre conocimiento y percepción. Sostiene que mucha gente tiene familiaridad con —sabe algo de— los problemas del cambio climático, pero aún no está conciente del problema en un nivel profundo. El cambio climático puede verse entonces como “abstracto”, lo que evita que la gente actúe al respecto en la realidad.

Creemos que Laszlo va en la dirección correcta para entender el problema. La percepción de cómo se conectan las cosas —y de cómo nuestras propias acciones afectan todo lo demás— emerge como un asunto de vital importancia en los procesos de cambio que nos esperan. En esto pueden tener importantes ideas los científicos de la conducta, pero a lo largo de tantos años de trabajar con estos temas rara vez hemos encontrado, ya no se diga buscado, el consejo de los científicos de la conducta.

Una modificación del razonamiento de Laszlo se puede ver en descubrimientos recientes de la investigación sobre el funcionamiento cerebral, que asegura que la mayoría de las personas no cambia su posición frente a un problema sólo porque le presenten nuevos hechos —especialmente si esos hechos no concuerdan con su idea del futuro. La base cognitiva es de la mayor importancia, de acuerdo con el profesor norteamericano de lingüística cognitiva George Lakoff:

  • Los hechos que no encajan en nuestra visión del mundo son vistos como irrelevantes o de plano erróneos. Esta es la razón porque los conservadores y los liberales en EEUU se ven respectivamente como idiotas. No se entiende entre sí porque sus cerebros están organizados de manera distinta.

Podemos llamar a esto disonancia cognitiva.

Investigaciones realizadas en EEUU muestran que la gente que ha desarrollado un abordaje individualista de la vida —y una gran confianza en la libre empresa y en la menor regulación estatal posible— a menudo muestran una actitud negativa hacia los reportes de investigación sobre el clima y el medio ambiente porque creen que esos reportes inevitablemente provocarán la intervención gubernamental en la economía, lo que perciben a menudo como “amenaza a la libertad”.

Sin duda, ambos valores y la “conciencia de alto nivel” son factores importantes cuando tratamos de explicar la lentitud con que hemos progresado en mover la sociedad en una dirección más sustentable. Pero también hay otros factores:
  • la ausencia de educación adecuada sobre el papel indispensable de los ecosistemas y la biodiversidad en la provisión de bienestar y riqueza;
  • la poca disponibilidad de la gente a cambiar sus hábitos y formas de vida;
  • las limitaciones en la forma en que bienestar y progreso son reportados y contados como aumentos en el PNB que no significa necesariamente un aumento en el bienestar;
  • los poderosos intereses financieros que defienden vigorosamente el estado actual de las cosas y las inversiones existentes;
  • la idea, compartida por varias de las principales religiones, de que el hombre está por encima de la naturaleza y de que tiene el derecho de explotarla para sus propósitos;
  • la ausencia de un abordaje holístico en la ciencia: el reduccionismo se ha exagerado, el número de especialistas crece siempre pero hay pocos investigadores que trabajen en problemas sistémicos con la intención de entender la imagen completa de la realidad;
  • la inhabilidad de la comunidad científica —a veces, falta de voluntad— de comunicar con eficacia el tamaño de las amenazas que enfrentamos;
  • la tensión que se ha generado entre grupos de ambientalistas por un lado y la comunidad empresarial po el otro: la mayoría de las organizaciones ambientales no entiende el mundo de los negocios y la mayoría de los negocios no entiende de verdad la seriedad de los problemas que plantea el cambio climático, la disminución de los ecosistemas y los límites en los recursos; como resultado, esas dos comunidades se ignoran entre sí, pero, más importantemente
  • nuestro sistema económico está construido sobre el mito del crecimiento material ilimitado, noción que guía la toma de decisiones en todo el mundo, tanto a nivel gubernamental como corporativo, a lo largo de la ruta que erosiona gradualmente el fundamento —los ecosistemas y los recursos naturales— del que dependemos a fin de cuentas; ninguna legislación ambiental en el mundo podrá controlar un sistema económico que tiene como premisa el crecimiento material ilimitado.

  • El planeta es limitado

    Tenemos que reconocer que la capacidad de la Tierra para sustentar vida es limitada. Y esto se aplica a todos las especies, incluida la humana. Sin embargo, a diferencia de las otras especies, la nuestra dispone de conciencia y de la habilidad de elegir entre opciones diferentes. Por tanto tenemos una gran responsabilidad tanto de reflexión como de acción. Pero la mayoría de nosotros lleva un largo rato de actuar en formas que limitan severamente las perspectivas de futuras generaciones. La fe ciega en la forma convencional de crecimiento sin duda pone en riesgo la misma base del progreso que permita proporcionar bienestar a largo plazo.

    Poca gente, durante el avance de la sociedad industrial, pensó que el crecimiento pudiera tener consecuencias negativas. La población mundial era mucho más pequeña, al igual que la escala de las economías mundiales. Ahora la situación es radicalmente distinta.

    Si bien los problemas que enfrentamos son inmensos, existen muy diversas oportunidades de cambiar de ruta. Hemos aprendido mucho en los últimos años sobre los riesgos que presentan nuestras formas insostenibles de producción y consumo. Si usamos nuestra tecnología con sabiduría, viendo la evolución humana hasta la fecha como un proceso de aprendizaje, deberíamos ser capaces de llegar alas conclusiones correctas y adoptar estrategias a favor de un desarrollo más sustentable. Hace falta un replanteamiento radical de la condición human, sobre todo la aceptación de que los humanos estamos inextricablemente atados a la naturaleza. Entonces será posible desarrollar un mejor modelo, uno que plantee la armonía entre los seres humanos y la naturaleza. Para que esto sea posible, se requieren al menos tres cosas:
  • un consenso relativo de los problemas que enfrentamos;
  • una visión bien articulada del tipo de sociedad que queremos crear a largo plazo;
  • una estrategia para la propia transición, que guíe a la sociedad de la posición en la que nos encontramos ahora al lugar vislumbrado en la visión anterior.

  • El propósito de este libro es intentar una contribución constructiva de ese desarrollo. Nadie sabe actualmente, y mucho menos puede garantizar, si podemos cambiar a tiempo el curso de nuestro desarrollo. La humanidad enfrenta un conjunto de problemas, que incluyen nuestros arraigados patrones habituales, nuestros estrechos intereses económicos y —tanto en términos climáticos como de ecosistemas— el hecho de que no acabamos de comprender cabalmente lo que está en juego. Pero nos debemos uno al otro y a nuestros hijos la obligación de hacer un serio esfuerzo.