The God Delusion
(La humana fantasía de dios)
Richard Dawkins
Houghton-Mifflin (2007)

image


En La creación, su más reciente libro, el “eminente biólogo de Harvard” E. O. Wilson presenta una magistral clase de biología —ecología, evolución, conservación— en la forma de una carta dirigida a un imaginario pastor protestante, a partir de la justificación de que las dos fuerzas más poderosas de la sociedad gringa son la ciencia y la religión. Así, el argumento de Wilson es que, independientemente de que estemos de acuerdo o no con respecto a la evolución, nos podríamos poner de acuerdo en la necesidad de evitar la extinción de especies en la que estamos metiendo al mundo —su comparación dice que antes de la existencia de los humanos se extinguía una de cada cien mil especies cada año, ahora se extinguen mil de cada cien mil especies al año—. Este guiño a la mochilez es un tanto sorprendente para un universitario mexicano acostumbrado a la muy efectiva separación de la iglesia y los asuntos públicos que norma nuestra convivencia. No es que no se note que oficialmente somos un pueblo de noventa y tanto por ciento de católicos, ni que no los haya entre todos los actores de la vida pública, ni que la jerarquía de la iglesia se quede calladita y no se meta en los asuntos públicos, ni que la campana de la capilla coapana no esté a diez metros de la recámara de mi adolescencia. Pero nuestro peso no mienta a dios, nuestros políticos —normalmente— tampoco y las escuelas religiosas se mantienen moderadamente a raya gracias a los esfuerzos de la SEP por defender la educación laica. Así que llama mucho la atención la ubicua presencia de la religión en la sociedad gringa. Desde los vestigios triviales del puritanismo que prohíben la venta de alcohol los domingos antes de las doce del día —¿quién toma chela antes de las doce? pero, ¿por qué no podemos ir por ellas temprano para irlas enfriando?—, pasando por las increíblemente estultas transmisiones de tele de los pastores de todas las denominaciones posibles, hasta la necesidad, la oportunidad y la pertinencia de un libro como el de Dawkins.

Claro que Dawkins es inglés, pero su libro —al igual que la mayoría abrumadora de la producción editorial actual— tiene como objetivo el mercado gringo y se trata en buena parte de Gringolia. La considerable fama de este autor se origina en su libro de 1976, El gen egoísta. Y se mantiene con otra decena de títulos. Su fama es la de un escritor claro, conciso, ordenado. Y así es este libro. Si acaso podemos agregar, aprovechando el tema, inmisericorde. El enemigo final es el más dañino, el que más crímenes ha justificado: el aparato religioso y sus secuaces:

  • Imaginemos, con John Lennon, un mundo sin religión. Imaginemos un mundo sin atentados suicidas, sin 9/11 ni 7/7, sin Cruzadas, sin caza de brujas, sin la Conspiración de la Pólvora, sin partición de India, sin guerra palestino-israelí, sin masacres serbio/croata/musulmanas, sin persecuciones de judíos por haber “asesinado a Cristo”, sin “problemas” en Irlanda del Norte, sin “muertes de honor”, sin televangelistas en trajes brillosos que le sacan su dinero a los imbéciles (“dios quiere que dones hasta que te duela”); sin talibanes que hacen estallar estatuas antiguas, sin decapitaciones públicas de blasfemos, sin destrucción de piel femenina por el crimen de haberla mostrado. (p. 2)

Pero como de pasada, también vamos a despachar al dios que no necesita de religión establecida, Dawkins nos pide que

  • [r]ecordemos la terminología. Un teísta cree en una inteligencia sobrenatural que, además de su trabajo principal de haber creado originalmente el universo, sigue influyendo en los asuntos de su creación original. En muchos sistemas de pensamiento teístas, la deidad está profundamente involucrada en los asuntos humanos. Atiende oraciones, castiga o perdona los pecados humanos, interviene en el mundo a través de milagros, calfica nuestras buenas y malas acciones, y se entera de cuándo las cometemos —e incluso de cuándo pensamos en cometerlas—. Un deísta también cree en una inteligencia sobrenatural, pero ésta sólo está involucrada en la estipulación de las leyes que gobiernan originalmente el universo. El dios de los deístas ya no interviene después, y ciertamente no está interesado específicamente en los asuntos humanos. Los panteístas no creen en un dios sobrenatural, sino que usan la palabra dios como sinónimo no sobrenatural de la Naturaleza, o del Universo, o del conjunto de leyes que lo gobiernan. Los deístas se distinguen de los teístas en que su dios no contesta sus oraciones, no está interesado en sus pecados ni en sus confesiones, no lee sus pensamientos y no interviene en sus vidas con milagros caprichosos. Los deístas se distinguen de los panteístas en que el dios de los primeros es una especie de inteligencia cósmica, en lugar del sinónimo metafórico o poético que representa las leyes del universo. El panteísmo es ateísmo edulcorado. El deísmo es teísmo adelgazado. (p. 18)

Finalmente, para acabar de situar los campos en esta batalla, hay que poner en su lugar a los agnósticos, esos que creen que no hay evidencia suficiente para tomar partido —en la querella de si existe dios o no— y prefieren esperar antes de comprometerse con alguno de los campos. Pero la bronca es pareja. Los crímenes de la religión organizada sólo se pueden terminar —cuando menos en el plano teórico de este libro— si estamos de acuerdo en que dios no existe.
***


Las armas de Dawkins son la razón y la lógica. ¿Qué otras armas existen para la discusión de una idea? Así que resulta un tanto chocante la discusión de las pruebas de la existencia de dios, por ejemplo, las teólogicas de Tomás de Aquino —y no que no haga falta, porque hay legiones (de Cristo) que se toman en serio estas “demostraciones”, pero es chocante tener que siquiera considerarlas— que Dawkins presenta así

  • 1. El originador de movimiento. Nada se mueve sin un agente de movimiento anterior. Esto conduce a una regresión autorreferencial de la que el único escape es dios. Algo tuvo que generar el primer movimiento, a ese algo lo podemos llamar dios.
  • 2. La causa sin causa previa. Nada esta generado por sí mismo. Todo efecto tiene su causa previa. Esto, de nuevo, nos lleva a una regresión autorreferencial. Tiene que terminar en una causa primaria, a la que llamaremos dios.
  • 3. El argumento cosmológico. Debe haber habido un tiempo en que las cosas físicas no existieron. Pero, como las cosas físicas existen, debe haber habido un ente no físico que las creó, a ese ente le llamamos dios (p. 77).

¿Ven a qué me refiero? Dawkins sigue con los “argumentos” de la experiencia personal, de las escrituras, el apoyo de eminentes científicos católicos, los argumentos bayesianos (probabilísticos, algo así como la técnica de Fermi para estimar el valor de un número pero con probabilidades, digamos que hay una probabilidad de 50% de que dios exista, y una probabilidad de que hayan ocurrido milagros,… y así le seguimos —o le sigue Stephen Unwin— hasta llegar a que hay una probalidad de 97% de que exista dios).

En fin, no veo para qué entrar en detalles; en todo caso lean el libro. El punto es lo escandaloso que resulta la existencia y la influencia de los señores del poder y del dinero que sólo tienen estas justificaciones para lo que causan, producen, fomentan.
***


Dawkins busca una explicación científica para la permanente —en la historia y en la geografía— fascinación de los humanos con las ideas religiosas. Encuentra una, de ventaja evolutiva, en la conducta que hace que nuestros cachorros crean a pie juntillas lo que les dicen sus mayores. Los humanos nacemos muy tiernitos —algo crudos—, y la única manera de sobrevivir es que la protección de los mayores sea efectiva. En cierta etapa del desarrollo, ante la creciente independencia del sujeto, esa protección tiene que pasar por la obediencia más o menos estricta —Mamá, ¿le jalo la cola al perro?—; así, estamos condicionados evolutivamente para creer cualquier cosa que nos digan nuestros mayores, aunque sea la historia de un dios justo y omnipotente que una vez le pidió a un señor que matara a su hijo como prueba de su fe, y aunque creer estas insensateces impida la transmisión de nuestros genes, como ocurre en el caso de los jóvenes terroristas suicidas.

Este argumento evolutivo pertenece a la categoría de las conductas evolutivas desplazadas. La conducta de las mariposillas que se queman en el foco es absurda evolutivamente, en la actualidad. No es resultado de la selección natural en presencia de focos, sino que sirve como instrumento de navegación:

  • La luz artificial es una reciente adición al paisaje nocturno. Hasta hace poco, las únicas luces nocturnas eran la luna y las estrellas, que se encuentran en el infinito óptico de tal manera que sus rayos son paralelos. Y se pueden usar como brújulas [manteniendo el mismo ángulo de incidencia de la luz] … Como los insectos tienen ojos compuestos … esto significa algo tan sencillo como mantener la luz en el mismo tubo visual (p. 173).

Pero si el objeto luminoso no está en el infinito óptico, los rayos de luz no son paralelos, y si se mantiene el mismo ángulo con la fuente, la ruta que se traza es una espiral que acaba en el foco, con el achicharramiento de las alas. Una característica perfectamente útil en las circunstancias en que se desarrolló es una carga mortal en otras circunstancias. Pues eso con la religión.
***


La cultura moderna, o para el caso, la cultura, es muy reciente en la escala evolutiva. Diez mil años, o cuatrocientas generaciones, no hacen mucho en términos evolutivos y es posible que no haya ventajas evolutivas en la tendencia —innegable— de nuestros prójimos a creer en tonterías sobrenaturales. Quizá lo que la ciencia tiene que explicar es por qué es tanto más atractivo para la humanidad cultivar cuentos indemostrables, infalsacionables, cambiantes y adaptables, en fin, más falsos que promesa de priísta, que estudiar y cultivar la racionalidad y las historias —puro hecho duro— que nos brinda la ciencia. Porque es más fácil encontrar una persona que mal recuerde una parábola bíblica, o sea fluente en la santería o el feng shui o el chop suey, que una que mal recuerde una idea científica.