Through the eye of a needle: Wealth, the Fall of Rome, and the
Making of Christianity in the West, 350—550 AD
(Por el ojo de una aguja: Riqueza, la caída de Roma y la
creación de la Cristiandad en Occidente, 350—550 AD)
Peter Brown
Princeton University Press (2012)
ElOjoDeLaAguja.jpg

No he más que empezado a leer este libro —llevo cincuenta páginas de las setecientas cincuenta registradas, pero como las últimas doscientas veinte son de notas y referencias considero que llevo leído 10% del total— y sostengo que he llegado a un descubrimiento importante. Los expertos correspondientes me dirán que este descubrimiento no es tal y que es lo menos que se espera de una persona medianamente educada. Pero yo estoy emocionado. Ahí les va. Resulta que este libro se trata exactamente de lo que dice en su título: nos va a contar lo que se sabe a principios del siglo XXI de cómo Occidente adoptó el Cristianismo en relación particular con la redistribución de la riqueza en el imperio romano. Ni más ni menos. Y lo que cuenta desde el principio —y que sospecho va a justificar abundantísimamente, como les gusta justificar las cosas a los académicos particularmente si tienen tenure en Princeton, en lo que resta del libro— es que el imperio romano del siglo IV AD[*] mantenía la mayor desigualdad de la historia en la distribución de la riqueza. O como se diría técnicamente, el índice de Gini más cercano a cero de la historia:

  • Suponiendo que los números originalmente asignados por Olympiodorus no fueran ya sea excesivamente exagerados o erróneamente modificados en copias posteriores, estaríamos hablando de personas a quienes Chris Wickham ha descrito correctamente como “los terratenientes privados más ricos de todos los tiempos”. (p. 16)

En esas condiciones la sociedad decide realizar lo equivalente a una revolución y adoptar una cultura radicalmente distinta a la que constituyó el paradigma del imperio romano en la que se va a rechazar la adquisición y la ostentación de riqueza. El cristianismo tiene como fundamento esencial, en esa época, la redistribución de la riqueza: desplazarla de sus poseedores en el momento —los terratenientes privados más ricos de todos los tiempos— a los pobres en general y, en particular, a quien se ofrece a representarlos, la iglesia. De eso se trató la conversión al cristianismo —oficializada por la conversión de Constantino en 312 AD—, y Brown nos contará los detalles reales de esas conversiones; es decir, las historias de personas de carne y hueso que entregaron sus toneladas de oro al binomio —pronto monomio, sin duda— pobres/iglesia:
  • …[L]a joven heredera Melania La Joven es recordada como poseedora, alrededor del año 405, de un ingreso anual de 120,000 solidi de oro (unos 750 kilogramos de oro). Treinta años después, ya como mujer madura, presidiendo un convento en Tierra Santa, Melania contó a su biógrafo una rara historia. La cámara interior de su palacio, en donde se encontraba una parte de su riqueza en forma de monedas y lingotes de oro puro, justo antes de su distribución entre los pobres, empezó a brillar con un fulgor de otro mundo. Un pensamiento, enviado por el Diablo, pasó por su cabeza en el momento. ¿Cómo es posible que exista un reino —incluido el reino de los cielos— que pueda poseer tanta riqueza? (p.17)

Quizá con la creencia sincera de que la riqueza del reino de los cielos sería mayor que aquella de la que ya disfrutaban en la tierra —más vale pájaro en mano, decimos los ateos. Lo cierto es que el cristianismo promovió y provocó una redistribución de la riqueza.

Ahora viene mi hipótesis salvaje. Está basada en que después de todo también hemos entendido algunos otros movimientos sociales importantes como movimientos de redistribución de la riqueza ante concentraciones exageradas de ésta —ahora sí que la revolución cuando el índice de Gini llega por debajo de tanto—: incluyamos la Reforma religiosa del XVI contra la concentración de la riqueza de la iglesia católica, las revoluciones del XVIII-XIX, el marxismo del siglo XX. La hipótesis salvaje dice que la modificación del paradigma social está basado en una necesidad económica, que hasta ahora ha sido principalmente la redistribución de la riqueza y la liberación de las restricciones comerciales. Y lo más interesante —en mi humilde opinión— de esta hipótesis: la necesidad económica asociada con la sustentabilidad de la actividad humana requiere con urgencia una modificación del paradigma social. Obama o alguien así, como nuevo Constantino, habrá de convertirse al ecologismo/eficientismo/decrecimiento. Habrá que fundar una iglesia adecuada al nuevo paradigma, que recibirá las camionetas de dos toneladas y diez kilómetros por litro para… bueno, eso es lo que la nueva iglesia tendrá que proponer.

[*] AD significa anno domine o sea año del señor o sea después de Cristo; los ateos hemos preferido emplear EC o sea era común, pero como en este libro se habla precisamente de cristiandad dejaré la referencia al año del señor.