Tue 6 Nov 2007
El ambiente de nuestro siglo
Posted by amador under Antropología, historia y humanidad en general , El economista aficionado , El mundo se va a acabar , Estación EsperanzaNo Comments
Something New Under The Sun: An environmental history of the twentieth-century world
(Algo nuevo bajo el sol: Una historia ambiental del mundo vigesímico)
J. R. McNeill
Norton (2001)
(Algo nuevo bajo el sol: Una historia ambiental del mundo vigesímico)
J. R. McNeill
Norton (2001)

No nos cansamos de expresar nuestra admiración ante los portentosos acontecimientos de la modernidad. Es que, mire usted, de verdad que son impresionantes. Imaginemos la investigación en la que pretendemos averiguar cuántos homínidos —primates superiores más o menos identificables con el homo sapiens— han vivido en toda la historia. Luego, para cada época, habría que hacer la estimación de su esperanza de vida media, con el objetivo de calcular cuantos años humanos se han vivido en absoluto. El cálculo, hecho por algunos valientes demógrafos, apunta a que han nacido unos 80 mil millones de homínidos. Y que entre todos hemos vivido unos 2.16 millones de millones de años. Lo portentoso de la modernidad es que de ese montón de años humanos, el 28% se han vivido después de 1750 —poco más de un cuarto del total en los últimos dos siglos y medio—, que 20% desde 1900 —un quinto del total en el último siglo— y 13% después de 1950 —un octavo en menos de sesenta años, sin contar los años que vivieron antes de 1950 personas que aún están vivas—. ¿Cuál es el precio ambiental de este portentoso crecimiento de la población humana? ¿Cómo hemos modificado el ambiente en el proceso de convertirnos en esta multitud? El autor de este libro, profesor de historia en una universidad de Washington, no se plantea contestar estas preguntas en toda su posible amplitud, sino sólo en el sentido de los cambios que este portento ha producido desde el punto de vista del propio ser humano. Es decir, plantea la pregunta limitada de ¿cuáles han sido los efectos de la multiplicación de los humanos en el ambiente que sirve las necesidades de los mismos seres humanos? Además limita su estudio al siglo pasado. Límite que resulta ahora sí que académico, porque, como veremos, casi todo lo que le hemos hecho al ambiente se lo hemos hecho durante el siglo pasado.
Desde luego que el libro presenta ordenadamente las respuestas a su pregunta clasificando los efectos de la humanidad en el ambiente de la Tierra por capas, es decir, la litosfera, la hidrosfera, la atmósfera y la biosfera. Pero uno no sabe por dónde empezar. ¿Platicamos primero de los camiones de 60 toneladas que se usan en la actualidad en los procesos de minería a cielo abierto y que tienen el efecto de mover montañas? ¿Platicamos de los efectos de la contaminación atmosférica producida por actividades de la industria química que en su momento se vieron como imprescindibles para la viabilidad de una nación? ¿Platicamos de Thomas Midgley, el ingeniero químico a quien se le ocurrió la idea de echarle tetraetilo de plomo a las gasolinas y además inventó el freón, lo que lo hace el personaje de carne y hueso más cercano a un Lex Luthor —o C. M. Burns? Ese es casi mi favorito, pero mejor veamos el tratamiento que le hemos aplicado a las aguas en las obras de “plomería geológica”, las obras humanas más grandes de la historia y con las causas inmediatas más importantes: las presas y los canales para domar el agua.
Para abrir boca considérese esta historia. El régimen de Mussolini en Italia fue el primero que quiso encontrar petróleo en Libia —pensando que le tenía que tocar petróleo libio a Italia, como le había tocado petróleo iraquí a Inglaterra. En lugar de petróleo, encontró agua. Los primeros prospectores estadounidenses encontraron también agua. Y es que le habían atinado al Acuífero de Nubia, el más grande del mundo, con una extensión de más de dos millones de kilómetros cuadrados —área un poco mayor que la de todo México. Luego se encontró mucho petróleo en Libia, no tanto como agua, pero si tanto que el dinero alcanzó para hacer el Gran Río: un sistema de pozos, bombas y tubos, construido en la década pasada, que transporta algo así como seis millones de metros cúbicos de agua al día —poco más del doble de lo que consume la Ciudad de México— a lo largo de mil kilómetros para llevarla a las ciudades libias del Mediterráneo. El acuífero está debajo del Sahara, así que no se recarga. Esta es una acción que promueve el crecimiento, toda vez que una de las consecuencias previsibles del suministro de agua a las ciudades libias del Mediterráneo será el aumento de su población. La situación no es sustentable: si un acuífero no se recarga, el agua se agotará tarde o temprano. Un sustentabilista encuentra en esto suficiente problema como para cuestionar semejante estrategia. Un economista más bien se queja de que el costo de esa agua —por lo que costó la obra y lo que cuesta mantenerla funcionando— es entre cuatro y diez veces mayor que el precio de los cultivos que permite. Pero por el momento los libios gozan de un nivel de desarrollo superior al del resto de Africa y Muammar al-Gaddafi sonríe.
Porque el manejo del agua ha estado muy revuelto, en el siglo que nos interesa, con la política —fatalmente siempre de relumbrón. Capitalistas, comunistas y nacionalistas por igual han planeado, construido y hasta terminado monumentales obras de manejo de aguas. Como la historia de éxito que domó al Indus en el noroeste de India y actual Pakistán. Y creó la red de canales que convirtió al Punjab en la zona irrigada más grande del mundo —16 millones de hectáreas, poco más que todo el estado de Coahuila, poco menos que todo el estado de Sonora. O el desastre tanto económico como ecológico de la Unión Soviética estalinista que acabó con el Mar Aral:
- La inversión en el algodón asfixió al Mar Aral. Antes de 1960 su flujo de entrada promediaba 55 kilómetros cúbicos al año, flujo comparable con los de los ríos Po (Italia), Níger (Africa occidental) o Snake (Estados Unidos); disminuyó pronunciadamente en 1960-1961 y continuó disminuyendo año con año. Para 1980 el Aral tenía tan sólo una quinta parte de su flujo de entrada anterior, y para los noventa cuando mucho un décimo y a veces nada de nada. El nivel del Mar Aral empezó a bajar lentamente en los sesenta pero más y más rápido a partir de 1973. Para mediados de los noventa el nivel del Mar Aral era quince metros menor que su nivel antes de los sesenta, y cubría menos de la mitad del área original. En 1990 se convirtió en dos mares, cuando apareció un puente natural en su extremo norte. Su volumen total era de un tercio del de 1960. La salinidad del Aral se triplicó entre 1960 y 1993.
- […]
- La actividad pesquera del Mar Aral produjo unas 40,000 toneladas anuales en los años cincuenta. Desapareció por completo para 1990. La Enlatadora Muynak se mantuvo hasta principios de los noventa con el envío aéreo de pescados congelados desde el Báltico y su embarque en el Ferrocarril TranSiberiano desde el Pacífico, en la que ha sido sin duda una de las actividades más antieconómicas de los tiempos modernos (pp. 164-165).
O la historia de la domesticación del Nilo, de resultados contradictorios, difíciles de evaluar. Porque resulta que todos los ríos, pero especialmente el Nilo, cumplen dos funciones antropocéntricas: transportan agua que usamos para irrigar cultivos y transportan cieno que renueva los nutrientes del suelo. Un problema con la segunda función, sin embargo, es que se realiza traumáticamente —de nuevo, desde la visión antropocéntrica— con el desborde del río y la inundación de las tierras aledañas. Venga la domesticación, porque hacia el siglo XIX la inundación de finales del verano podía arruinar la segunda cosecha anual, que se levanta en esas fechas. Las obras de finales del XIX y principios del XX fueron meros ajustes menores frente a la que acometió el régimen nacionalista de Nasser: la Alta Presa de Asuán.
- Las consecuencias ambientales de Asuán tuvieron alcances regionales, desde Sudán hasta el Mediterráneo central. La Alta Presa de Asuán puede almacenar unos 150 kilómetros cúbicos de agua en el Lago Nasser, el equivalente a dos o tres años de flujo del Nilo, y cerca de 30 veces más que lo que la presa de 1934 contenía. Detuvo el 98% del cieno que anteriormente cubría la parte habitada de Egipto. Revolucionó la agricultura egipcia, al permitir el uso más sistemático del agua y dos o tres cosechas al año. Permitió el control total de las inundaciones, protegiendo la cosecha de algodón aún de las peores inundaciones. La producción de arroz, maíz y algodón —cosechas de verano todas ellas— floreció. El Nilo después de Asuán se convirtió en un canal de irrigación gigante, completamente dócil. La turbinas de la presa alta generaron cerca de un tercio de la electricidad de Egipto entre 1977 y 1990. En estas medidas, la Alta Presa de Asuán cumplió las expectativas de Nasser, aunque no hizo de Egipto un país próspero e independiente. La presa aumentó, sin duda, la importancia de uno de los dos dones del Nilo.
- Pero echó a perder el otro don. El subsidio Etiope al suelo dejó de llegar después de 1963. Sin la capa de cieno fértil, la agricultura egipcia tuvo que depender fuertemente de los fertilizantes químicos, de cuyo consumo Egipto se volvió uno de los principales países en el mundo. La mayor parte de la electricidad generada en Asuán se emplea en la fabricación de fertilizante. La amenaza de la salinización se volvió también importante. Sin el lavado de la inundación anual, los suelos conservan más sales… (p. 170)
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La historia ambiental del mundo en el siglo XX admite una división entre lo que ha pasado en los países industrializados y lo que está pasando en los países pobres. En muchas instancias —explotaciones mineras y madereras, usos de agua, industriales y pesqueros, prácticas de cultivo y de cría, contaminación de la atmósfera— la historia es semejante. Al inicio de ese siglo encontrábamos crecimiento exponencial de la actividad del caso en los países del primer mundo. Actividad que generó todo tipo de problemas ambientales: desde las crisis del humo de carbón en Londres, las crisis de contaminación del suelo con cobre y con cadmio en Japón, la eutroficación —exceso de nutrientes que tiene como efecto final la disminución del oxígeno en el agua y la muerte de casi todo ser vivo— de los cuerpos de agua en Japón (la Bahía de Minamata) y en el Mediterráneo, la contaminación por smog en Los Angeles y Atenas, las lluvias ácidas en la cuenca del Ruhr, en el “triángulo sulfúrico” de Dresden, Praga y Cracovia, y en la región de los Grandes Lagos y Ohio —donde se incendió el río y “la lluvia ocasionalmente era más ácida que la Coca de dieta”—, hasta el agujero en la capa de ozono. Esta serie de crisis provocó modificaciones en las prácticas económicas que redujeron sustancialmente sus causas. Los éxitos —siempre parciales— en el control de daños dan sustento a la idea de que la ciencia y la tecnología vienen a nuestro rescate, con soluciones eficaces, cada vez que la actividad económica nos mete en líos y ella misma pide auxilio. En la historia detallada de estos eventos podemos ver cómo los distintos gobiernos de estos países del primer mundo se hicieron de la vista gorda ante el desastre, en aras de adquirir una posición adelantada en el desarrollo de la industria en cuestión, lo que les permitió establecer y consolidar el dominio del mercado que habrían de explotar entonces y hasta ahora. Como si calcularan que cualquiera de estos problemas serían sacrificios aceptables en el camino del desarrollo. Alcanzada una posición de liderazgo se pudieron enfrentar algunos de aquellos problemas. Y en casi todas las instancias la situación actual ha mejorado.
En contraposición, los países del tercer mundo no padecieron mayores problemas ecológicos en la primera mitad del siglo XX, pero mientras que los problemas del primer mundo se resolvían, los del tercero se agravaban. La lista es semejante, con el mismo tipo de problemas, pero en sociedades menos organizadas y menos abiertas y acerca de las cuales no hay tanta información. Las soluciones mágicas que ofreció la tecnología no se aplican en estos casos con la misma eficiencia. Y el tamaño del problema, conforme pasa el tiempo y la escala de la actividad económica aumenta de acuerdo con la doctrina del crecimiento initerrumpido, es cada vez más grande.
Una corriente de pensamiento económico merece mención. Hospedada en el tercer mundo, sugiere que las noticias de nuestra aproximación a los límites de lo que la Tierra puede ofrecernos —energía, agua, suelo para cultivo y cría, cambio climático— es sólo el nuevo artificio del primer mundo para mantener su ventaja. Como todas las buenas teorías del complot, suena posible.
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La mano invisible del mercado goza de mucho prestigio. Y es que, cuando funciona, se lo merece. En la historia de los usos energéticos de la humanidad durante el siglo XX tenemos una situación interesante. Como se sabe, el petróleo reemplazó al carbón como el principal combustible fósil de la vida moderna entre 1910 y 1950 —el periodo inicia con la famosa iniciativa de Churchill de convertir toda la flota inglesa, la flota imperial de la época, de carbón a petróleo— a pesar de que la producción de carbón gozaba de cabal salud, particularmente en Inglaterra. La explicación favorita en la actualidad es que, en ese momento, el petróleo presentaba ventajas económicas —además de sus ventajas tecnológicas. Ante los altos precios del petróleo que, según este reseñista, son causados por su actual escasez, ¿cabe esperar un resurgimiento del uso del carbón? ¿Lo podemos predecir viendo los precios de los combustibles fósiles? Resulta que el cálculo de los precios relativos de los combustibles es muy complicado. En principio, uno puede emplear los valores de contenido energético de los distintos combustibles: 30 GJ/ton para el carbón, 45 GJ/ton para el petróleo y 50 GJ/ton para el gas. Con la incertidumbre de las conversiones necesarias —la densidad del petróleo y del gas varían mucho dependiendo de su procedencia, por ejemplo, y el contenido energético nominal se puede extraer con rendimientos distintos en la producción de electricidad que en la producción de movimiento—, mis cálculos dicen que el carbón cuesta menos de 2 USD/GJ, mientras que el gas cuesta por ahí de 7 USD/GJ y el petróleo 14 USD/GJ. Las diferencias son notables. ¿Cuánto hace falta para que veamos una migración hacia el carbón? ¿La migración hacia el gas que hemos visto en los últimos años es motivada por los altos precios del petróleo? ¿Cuánto se tarda la mano invisible en hacer su truco? ¿El calentamiento global servirá como la invisible mano izquierda que detendrá lo que hace la otra mano?
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La tentación de la racionalidad es encontrar causas, de preferencia sencillas, a los fenómenos que estudiamos. El recuento de McNeill no deja duda del aceleradísimo cambio ambiental al que las actividades humanas están sometiendo la Tierra. Y no deja duda de la fatal temporalidad de estas prácticas: es imposible que el crecimiento ininterrumpido continúe indefinidamente. De todas maneras la racionalidad quiere causas. McNeill hace el recuento de las tres que se han ofrecido solas y en combinación: el aumento poblacional, el aumento en el consumo y la integración o globalización de la economía. Ninguna de ellas explica por sí sola nuestra situación. Las cuentas son del estilo de la siguiente: entre 1900 y 1990 la población aumentó cuatro veces, mientras que el consumo de agua aumentó nueve veces, así que el aumento poblacional es responsable de sólo 44% del aumento. El caso del consumo es ilustrado por los coches, de nuevo en el periodo en el que la humanidad aumentó su volumen en un factor de cuatro, el número de coches aumentó en un factor de diez mil. Finalmente la integración permite que cuando se pone de moda el polvo de cuerno de rinoceronte en el Oriente, basten veinte años para diezmar veinte veces —dejar uno de cada diez— los rinocerontes en África. Pero juntas, las tres causas hacen un coctel explosivo. Ahí la racionalidad nos indica claramente qué hacer: disminuir el número de personas, disminuir el consumo, fomentar la desespecialización.
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No hay iglesia sin herejes. Y si definimos vagamente al pensamiento de izquierda como el que fatalmente se opone al statu quo, no hay izquierda sin divisionismo. Así, la gente que está preocupada por las consecuencias del crecimiento sostenido pertenece a sectas distintas que con frecuencia agarran una buena bronca entre ellas. Los miembros de la iglesia del cambio climático están de plácemes porque parece que sus consecuencias empiezan a convencer al mainstream —¿empiezan a transversalizarse?— y el “debate” está ganado, Gore es famoso y de Caprio está de nuestro lado. Por otro lado, los peakoilers ganan terreno día a día conforme el barril de petróleo se acerca a la marca, psicológicamente importantísima, de los cien dólares. Sin embargo, ocurre con frecuencia que un calientólogo deseche la opinión de un peakoiler con los mismos argumentos —o falta de ellos— que usa el petrolero de la trasnacional más interesada. Y no me sorprendería encontrarme entre los peakoilers algunos que no crean en el cambio climático. Interesantemente, la mesurada y cuidadosísima presentación de hechos, datos y teorías de McNeill en su libro —y que le valió el comentario en la solapa de refrescantemente poco polémico— toma posición frente al problema de la escasez de energía. McNeill parece pertenecer a la iglesia del “ya se les ocurrirá algo a los científicos para rescatarnos” cuando dice:
- Mi interpretación de la historia moderna sugiere que lo más sensato que podemos hacer es acelerar la llegada de un nuevo régimen de energía más limpia... (p. 359)
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¡Ah! Y Midgley. En efecto, él hizo posibles los motores de alta compresión para autos y aviones al emplear el tetraetilo de plomo —quizás el peor contaminante de la atmósfera y del suelo, por la escala en que se usó— en las gasolinas. Y luego inventó el freón —triclorofluorometano y diclorodiflourometano— que se empleó como fluido de trabajo en los refrigeradores y que fue el primero de los CFC que estaban acabando con la capa de ozono. Su tercer invento notable lo motivó su salud personal. Habiendo enfermado de polio en 1940, inventó un sistema de poleas y cuerdas que lo ayudaban a acostarse y levantarse. Un día de 1944 fue hallado, en suspensión sobre la cama, estrangulado por su invento.
Cuesta trabajo resistir la tentación de encontrar en el fin de Midgley una moraleja. Pero después de todo, Midgley sólo fue un hombre de su tiempo; como todos nosotros, jugó con las cartas que le dio su individual e irrepetible circunstancia. No fue el dueño del capital, sino sólo un ingeniero muy exitoso. No fue como Onassis, responsable directo, por puro afán de lucro, de la merma en los números de ballenas en la década de los cincuentas, o como el golpista general Suharto en Indonesia quien, ante la sospecha de que otro golpista lo esperaba en el futuro, se apresuró a “realizar” el botín de los bosques indonesios logrando reducirlos a la mitad para cuando fueron alcanzados por los incendios de 1998. Los responsables están ahí, “fatigando la infamia”. Y todavía peor, como dice Erik Assadourian que dijo Utah Phillips: “La tierra no está muriendo. La están matando, y quienes la están matando tienen nombres y direcciones”. Los Midgleys, los Onassis, los Suhartos, pero también los miles de millones de personas comunes y corrientes que hacemos lo que en nuestra individual e irrepetible circunstancia nos parece lo normal.