Misión de la Universidad
José Ortega y Gasset
Revista de Occidente (Madrid, 1930)
(Véase el documento en pdf adjunto a esta reseña)

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En estos tiempos de intenso ajetreo otorgamos mucha importancia a la novedad de las publicaciones que leemos, citamos, recomendamos y reseñamos ⎯los contenidos de la asignatura en mi Facultad deben contener “al menos una referencia que sea relativamente reciente (del 2005 para acá)”⎯. En contra de esta tendencia, me animé a leer el ensayo presente, escrito originalmente en 1930 cuando, cabe recordar, se amarraba a los perros con longaniza y no existía aún el cambio climático. No voy a hacer la recomendación general de que leamos documentos de hace casi cien años, pero luego de leer este ensayo creo que hay que reconsiderar nuestras modernas tradiciones y buscar otras obras como ésta, que podría haber sido escrita ayer por su actualidad ⎯aunque, ¡alas!, no así por su elegancia en el empleo de nuestro bello lenguaje.



Vale la pena repetir esta opinión: el ensayo de Ortega podría haberse referido, no a la Universidad madrileña de 1930, sino a la UNAM de 2013 con mínimos cambios cosméticos ⎯find/replace Alemania por Estados Unidos y España por México y listo. Diga usted si no:
  • La pedantería y la falta de reflexión han sido grandes agentes de este vicio de “cientificismo” que la Universidad padece. En España comienzan ambas potencias deplorables a representar un gravísimo estorbo. Cualquier pelafustán que ha estado seis meses en un laboratorio o seminario alemán o norteamericano, cualquier sinsonte que ha hecho un descubrimiento científico, se repatría convertido en un “nuevo rico” de la ciencia, en un parvenú de la investigación. Y sin pensar un cuarto de hora en la misión de la Universidad, propone las reformas más ridículas y pedantes. En cambio, es incapaz de enseñar su “asignatura”, porque ni siquiera conoce íntegra la disciplina. (pp. 19-20)
Pero una reseña no puede ser más extensa que su fuente, así que vayamos al grano. Ortega, junto con Gasset, definen la misión de la enseñanza superior a través de dos funciones. Primero, la enseñanza de las profesiones intelectuales y, segundo, la investigación científica y la preparación de los futuros investigadores —la definición de la enseñanza superior en otros rumbos incluye, al menos, una tercera función que quiero destacar: “[La educación superior] toma jóvenes que dependen de sus padres y gradúa adultos que deben ser responsables de sí mismos y responsables ante la sociedad”; o dicho de otra manera, la educación superior tiene la función de ayudar en el avance del proceso civilizatorio de la sociedad a la que pertenece—; una primera sorpresa de Ortega y Gasset es
  • …la sociedad necesita muchos médicos, farmacéuticos, pedagogos; pero sólo necesita un número reducido de científicos. Si necesitase verdaderamente muchos de éstos sería catastrófico, porque la vocación para la ciencia es especialísima e infrecuente. Sorprende, pues, que aparezcan fundidas la enseñanza profesional, que es para todos, y la investigación, que es para poquísimos. (p. 5)
Una segunda observación moderna dice que el apoyo que puede dar la enseñanza superior al proceso civilizatorio depende de la sociedad en la que la Universidad está inmersa
  • Principio de educación: la escuela, como institución normal de un país, depende mucho más del aire público en que íntegramente flota que del aire pedagógico artificialmente producido dentro de sus muros. (p.3)
Con más detalle, Don José explica que cada generación vive de acuerdo con las ideas de su tiempo, con las que forman la cultura actual. Y que esa cultura se recibe o se inventa. Y lo que se inventa personalmente no sirve para mucho ante la complejidad de la sociedad moderna —sí, desde antes de 1930 somos modernos. Ahí es donde entra la Universidad, responsabilizándose de que esa parte de la sociedad conozca la alta cultura de su tiempo. Y ahí es dónde la especialización extrema es
  • …un espectáculo increíble: el de la peculiarísima brutalidad y la agresiva estupidez con que se comparta un hombre [o mujer (N. del R. siglo XXI)] cuando sabe mucho de una cosa e ignora de raíz todas la demás. (p. 9)
Así su conclusión en esta parte del análisis: la educación universitaria debe enseñar la cultura actual al nivel del hombre medio.
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El segundo punto de Don José es el principio de economía de la enseñanza. Primero nos recuerda que la economía existe porque existe la escasez. En este caso hay muchas cosas que enseñar y limitaciones en lo que el hombre medio puede aprender. Así, se debe economizar la enseñanza, partiendo de las capacidades de los estudiantes, no de los conocimientos del profesor. No más, no menos.
  • En vez de enseñar lo que, según un utópico deseo, debería enseñarse, hay que enseñar sólo lo que se puede enseñar, es decir, lo que se puede aprender. (p. 10)
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Tercero. Don José reconoce que “la ciencia es una de las cosas más altas que el hombre hace y produce”. Sin duda, sus productos figuran entre lo más importante de la cultura de la época. Cada época moderna, toda época moderna. Pero una cosa es hacerla y otra, muy distinta, es enseñarla. Para bien y para mal de los involucrados: investigadores, profesores y estudiantes.
  • La ciencia es una de las cosas más altas que el hombre hace y produce. Desde luego es cosa más alta que la Universidad en cuanto ésta es institución docente. Porque la ciencia es creación, y la acción pedagógica se propone sólo enseñar esa creación, transmitirla, inyectarla y digerirla. Es cosa tan alta la ciencia, que es delicadísima y —quiérase o no— excluye de sí al hombre medio. Implica una vocación peculiarísima y sobremanera infrecuente en la especie humana. (p. 18)
Y, para la hora de enseñar las ciencias,
  • …si hoy parecen tan difíciles, es porque falta la labor directamente dirigida a simplificar su enseñanza […] si no se fomenta ese género de labor intelectual, dedicada no tanto a aumentar la ciencia en el sentido habitual de la investigación cuanto a simplificarla y producir en ella síntesis quintaesenciadas, sin pérdida de sustancia y calidad, el porvenir de la ciencia misma sería desastroso.
  • Es preciso que no prosigan la dispersión y complicación actuales del trabajo científico sin que sean compensadas por otro trabajo científico especial inspirado en un interés opuesto: la concentración y la simplificación del saber. Y hay que criar y depurar un tipo de talentos específicamente sintetizadores. Va en ello el destino de la ciencia misma. (p. 25)
Desde luego no se puede dominar —aunque no se quiera crear— la compleja ciencia moderna sin un profundo estudio de ella —nadie salvará al profesor universitario de estudiar un doctorado de investigación—, pero la atención a la enseñanza requiere continuar con estas dedicaciones en otra dirección,
  • La necesidad de crear vigorosas síntesis y sistematizaciones del saber […] irá fomentando un género de talento científico que hasta ahora sólo se ha producido por azar: el talento integrador.
En rigor, significa éste —como ineluctablemente todo esfuerzo creador— una especialización; pero aquí el hombre se especializa precisamente en la construcción de una totalidad. Y el movimiento que lleva a la investigación a disociarse indefinidamente en problemas particulares, a pulverizarse, exige una regulación compensatoria —como sobreviene en todo organismo saludable— mediante un movimiento de dirección inversa que contraiga y retenga en un rigoroso sistema la ciencia centrifuga.

  • Hombres dotados de este genuino talento andan más cerca de ser buenos profesores que los sumergidos en la habitual investigación. Porque uno de los males traídos por la confusión de ciencia y Universidad ha sido entregar las cátedras, según la manía del tiempo, a los investigadores, los cuales son casi siempre pésimos profesores, que sienten la enseñanza como un robo de horas hecho a su labor de laboratorio o de archivo. (p. 26)
Y ni qué decir de la importancia de esta “especialización” integradora en las condiciones actuales de ciencia de la sustentabilidad, fronteras planetarias y límites al crecimiento.
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Finalmente, Don José nos indica que la guía del pensamiento en la sociedad moderna dejó de ser la iglesia —¡a dios gracias!— que lo fue hace mucho y por mucho tiempo. Pero tampoco es el estado, que a través de la democracia —aunque imprecisa— lo cedió a los poderes fácticos de los medios: radio, televisión, periodistas y opinadores. Y nos sugiere que pensemos que ésa —guiar el pensamiento social— es una obligación de la Universidad. Sí, incluidas UNAM, UAM, IPN, UACM por nombrar algunas del área metropolitana.


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