Too much magic: Wishful thinking, technology, and the fate of the nation
(Demasiada magia: wishful thinking, tecnología y el futuro de la nación)
James Howard Kunstler
Atlantic Mothly Press (New York, 2013)
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Ando de nuevo en “esa otra institución de prestigio”. Con credencial, ID, password y correo electrónico. Así que me llega el anuncio de que Christiana Figueres va a dar una plática en la Kennedy School. Y que, si pienso asistir, me encargue de RSVP ⎯mi amigo Óscar, veía un letrero semejante en los anuncios de las fiestas de paga de Prado Coapa que se inventaron en nuestra época de adolescentes; aquellas decían NRDA y, como aparecía la misma firma en todos los anuncios, Óscar pensaba que Nestor, Ricardo, Daniel y Alejandro estaban haciendo el súper negocio controlando plenamente el mercado⎯; cosa que hago una semana antes del evento para asegurar mi cupo. Y es que la plática de la Figueres ⎯directora ejecutiva de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático⎯ se llama Las buenas noticias del cambio climático y, simbólicamente, va a presentarse el 30 de septiembre, mismo día en el que se presenta el quinto informe ⎯un informe cada cinco años, veintitantos años de informes⎯ del grupo I del IPCC. ¿Qué sabe la secretaria ejecutiva del organismo más importante de la ONU en el tema, sobre lo que se anunciará ese mismo día, como para decir que hay buenas noticias? Se comprenderá que eso ⎯más la curiosidad de ver cómo se desenvuelve Calderón en la Kennedy⎯ es razón suficiente para RSVP una semana antes y asegurar mi lugar en el auditorio.


El día de la conferencia llegué temprano, mostré mi credencial, palomearon mi nombre en la lista, entre al pequeño auditorio, me senté discretamente en una fila trasera ⎯parecida a la de los consiglieri en la reunión convocada por Vito Corleone en El Padrino I pero sin uvas ni naranjas⎯ y contemplé la llegada de los equivalentes a Barzini, Tattaglia, Stracci, Cunio y Corleone. Todos llegaron, menos Calderón. Y luego empezó la plática de Figueres. Figueres nació en Costa Rica. Es la hija de José Figueres, presidente de Costa Rica en tres ocasiones en tres décadas diferentes. Como decir que es hija de los Buendía o, mejor aún, de López de Santa Anna ⎯sin voluntad peyorativa, sólo para indicar que sabe de qué se trata tener chofer, y poder. Su chamba en la ONU es coordinar los acuerdos entre las naciones para reducir la producción de CO2 y evitar que rebasemos el calentamiento, reconocido por esa organización como el máximo crecimiento aceptable, de dos grados centígrados. Así que arrancó contándonos lo que hemos leído en multitud de papers cuidadosamente revisados y en multitud de artículos periodísticos de extraordinaria calidad literaria: la ventana de oportunidad para limitar el calentamiento a 2oC se está cerrando rápidamente, llegamos este año a 400 ppm de CO2 por primera vez en la historia del homo sapiens ⎯y varios homínidos más⎯, los glaciares se derriten como los raspados a la salida de una escuela chilanga en abril, el polo Norte no tendrá hielo en un verano cercano, los eventos climáticos del último año nos tienen temblando, etcétera. Pero, nos dice, no viene a darnos un mensaje pesimista ⎯she rejects ideas of gloom⎯ en cambio nos va a decir tres cosas: que el problema es muy complejo, que está emergiendo un mundo nuevo, y que contamos con los estudiantes. Me voy a saltar lo de la complejidad del problema, para llegar inmediatamente al mundo nuevo emergente que se basa en que… ¡la tecnología nos va a salvar! La venta de autos Tesla crece a gran velocidad. Se avecina una vida de bajo consumo de carbono y mejor calidad que la actual. Con energía ilimitada proveniente de las celdas solares y las turbinas de viento. Con mayor movilidad humana que la del presente. Con automóviles automanejables. Con edificios y casas inteligentes. Todo esto a la vuelta de la esquina. Y no son cuentos de hadas. Son tecnologías que están desarrolladas y que llegarán pronto a los mercados. Porque no tenemos el chance de fracasar. ¡Ah! y para todo esto contamos con los estudiantes presentes que son los líderes del futuro ⎯después de todo estamos en esta otra prestigiada institución. Como contamos con ustedes, no necesitamos un Plan B ⎯bueno, además no lo puede haber porque no hay otro planeta. Ustedes son el Plan A. A través de la política, las corporaciones y la ciencia lo vamos a lograr. En el proceso necesitamos convencer a la gente de que actuar así ⎯¿cómo?⎯ mejorará su calidad de vida. Porque a fin de cuentas todo esto “corresponde a una lógica económica fundamental”. Aplausos. Vámonos al avión de regreso a Washington o Nueva York o donde quiera que haya que ir [1].

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Vayamos ahora con James Howard Kunstler. Es el autor de otro libro reseñado en estas páginas, La prolongada emergencia (2005). Me gusta su estilo narrativo: confrontacional, agudo, sarcástico, pesimista y divertido. Admiro a los escritores confrontacionales, dispuestos siempre a pendejear pendejos ⎯Sheridan, González de Alba por nuestro rumbo⎯, aunque trato de mantenerme lejos de ellos. Así que vayamos al grano. Kunstler escribe delicadeces como
  • En tal atmósfera cultural se dificulta distinguir dónde termina la estupidez y empieza la locura. (p. 3)
  • En las mentes de muchos Gringos, donde la frontera entre los sueños y la realidad se ha vuelto nebulosa, Barack Obama ni siquiera se ve como el primer presidente negro. Ese papel ya fue ocupado por Morgan Freeman, James Earl Jones, y otros actores en películas que expresan las fantasías cumplesueños de Hollywood. (p. 92)

Mal ejemplo, creo; siempre resultará mejor hablar mal de Google
  • Encontré un pensamiento grupal similarmente extraño cuando fui invitado a dar una plática sobre nuestros problemas energéticos en las cuarteles generales de la compañía Google en Silicon Valley. Primero, desde la distancia, no pude dejar de observar que el propio edificio de la compañía está diseñado como un kínder o guardería gigante. Las áreas públicas están amuebladas con todo tipo de juegos de salón: mesas de ping-pong, hockey, billar, consolas de video. Aquí y allá hay pilas de cajas de acrílico llenas de gomitas de oso, pretzels con yogurt y otras variedades de chatarra. No pocos de los empleados de Google que llegaron al elegante auditorio iban vestidos como eskatos adolescentes con la parte más alta de los jeans a la mitad entre la cintura y las rodillas y gorras de beisbol de lado; ¡y esos eran programadores y ejecutivos de alto nivel! Luego de mi plática sobre la situación energética, hubo un poco de tiempo para preguntas; que no hubo, sólo comentarios por parte de los Googlers que se pueden resumir en “Güey, tu sabes, tenemos tecnología para arreglar eso…” […] los ejecutivos y los programadores de Google no entienden la diferencia entre tecnología y energía. Suponen que son intercambiables, que si se te acaba una nomás hay que conectar la otra, lo que es inconsistente con la realidad. (pp. 4-5)

Kunstler actualiza su opinión, ampliamente expresada en su libro de 2005 ⎯que se ha vuelto un clásico y lo ha dotado de cierta fama y renombre como líder de los catastrofistas al grado de ser invitado a dar conferencias a Google y a TED [2]⎯, acomodando algunas de las cosas que han pasado en los últimos años: la crisis económica de 2008, el precio del petróleo permanentemente pro arriba de los cien dólares, la ruptura del techo de la concentración de CO2 en la atmósfera de las 400 ppm; es decir, la certeza de que estamos cerca de la Larga Emergencia.

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Nunca le he entendido a la economía. Admiro su éxito en el imaginario colectivo. Miren que haber logrado que se le equipare a la física, la química, la medicina, la literatura y la paz como categoría a la que se dedica un Nobel requiere chutzpah [3]. Y haberlo conseguido mediante donaciones de un banco a la Fundación Nobel, bueno, chutzpah al cuadrado. En el imaginario colectivo vemos a la economía como una ciencia. Y como una ciencia importante, además. Soportamos sin pestañear que en las noticias de cada día se diga que los principales índices de Wall Street cerraron 0.93% a la baja ayer; como si eso significara algo comprensible para alguien. E intuimos que todo lo importante depende de las misteriosas reacciones de los inversionistas, que pueden iniciar una recesión que lleve al mundo entero a la depresión económica más profunda. Así, la realidad depende de la economía.

Nunca le he entendido a la economía, pero eso no quiere decir que no tenga una teoría al respecto. Ahí les va. Íbamos en que la realidad depende de la economía. Pero la economía no trata con la realidad. Al menos no a la manera de la física o de la química. Cuando la economía modifica la realidad, la base de esa modificación no es algo que esté ocurriendo en la realidad física. No hay parámetros de la realidad que hayan sufrido modificaciones que, a su vez, hayan producido el cambio económico. La súbita debacle económica de la burbuja inmobiliaria del 2008 no se produjo por una súbita escasez de materiales de construcción, o de trabajadores especializados, o de energía, o por la aparición súbita de fenómenos naturales ⎯tsunamis, tormentas, temblores. Se produjo porque un acuerdo social complejísimo ⎯la economía⎯ tuvo una modificación igualmente compleja. En ese sentido mi teoría: la economía no es una ciencia natural, es una ciencia social. Refleja acuerdos subjetivos de la sociedad humana; que pueden representar reacciones ⎯inmediatas o tardías, adecuadas o erróneas⎯ a eventos de la realidad natural, pero que ocurren ⎯los acuerdos⎯ al margen de ellos ⎯los eventos⎯, a través de las respuestas subjetivas de la sociedad ⎯influida principalmente por una diminuta fracción de la población, desde luego.

En principio los acuerdos económicos tienen alguna relación con cosas palpables ⎯hubo oro guardado en algún lado, alguna vez. En la modernidad las representaciones de la economía son cada vez más abstractas: archivos guardados en computadoras, passwords que permiten su modificación. No me sorprende que las modificaciones de esas representaciones virtuales tengan efectos físicos reales. La psicología ⎯individual y colectiva⎯ nos ha enseñado que eso ocurre todo el tiempo. Lo más interesante ⎯en mi humilde opinión⎯ es la hipótesis de que si la base de la economía es un acuerdo social, psicológico, es posible ⎯de nuevo, al menos en principio⎯ que se evite una crisis mediante la aplicación de la modificación social y psicológica adecuada. No que sepa cómo hacerlo, tampoco que quiera que se haga. Más bien la pura posibilidad de esta hipótesis me dice que no hay nada que la economía pueda hacer ante los problemas de la realidad.

Porque, como se ha repetido hasta la saciedad en estas reseñas, nuestros problemas son de la realidad. La disminución en la cantidad de energía disponible que vamos a experimentar en el futuro cercano es real y no hay nada que los acuerdos subjetivos de la sociedad puedan hacer para impedirla. El cambio climático es real y los lugares que no pasan un metro de altura sobre el nivel del mar ahora se van a inundar ⎯ con agua real⎯ en menos de cincuenta años. No hay nada en los acuerdos sociales que permita que vuelen suficientes aviones para trasladar tres mil millones de pasajeros al año [4] cuando no haya suficiente petróleo.

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Kunstler repite en este libro una característica que encuentro ligeramente irritante: escribe desde EEUU y sobre EEUU, el resto del mundo escasamente figura y siempre como algo que complicará los eventos ⎯ya de por sí complicados⎯ que se le avecinan a EEUU. Ni modos, así funcionan por acá las cosas y quién me manda a leer libros en inglés. De todas maneras me permitiré citar una de sus mejores páginas, en su explicación de lo que ha pasado en su país durante el último siglo. Describe la época de su infancia ⎯la década de los años cincuenta⎯ como “el premio que nos permitimos luego de ganar la guerra”, cuando el esfuerzo industrial que había crecido extraordinariamente para construir las armas que dirigieron ese esfuerzo mundial se convirtieron en fábricas para aumentar el consumo de la sociedad. De toda ella en EEUU, porque según dice, los oficiales del ejército regresaron a dirigir las fábricas y los soldados a trabajar en ellas, aquellos con habilidad y éstos con dedicación, ambos con disciplina. Y en una distribución de la riqueza relativamente razonable.
  • Así, para 1956, el presidente de una compañía de tostadoras podía recibir un salario muchas veces mayor que el del trabajador de la línea de ensamblaje, pero no obscenamente mayor. En 1956 ambos serían dueños de automóviles gringos (un Cadillac contra un Ford Fairlane) y ambos tendrían su casa en suburbios más o menos elegantes. Pero sus estándares de vidas parecerían, en comparación con los estándares actuales, asombrosamente parecidos. Ambas familias tendrían TV, una una familia varias la otra, pero ambas familias irían al mismo cine y se formarían para entrar en orden de llegada. Lo mismo en los estadios de béisbol o fútbol, antes de que hubiera plateas corporativas de lujo. Las clases altas y las trabajadoras consumían el mismo tipo de comida, ya que la estratificación actual de la dieta no había ocurrido aún, con adictos a la comida chatarra mórbidamente obesos por un lado y gourmets vegetarianos anoréxicos por el otro. Las familias de la clase trabajadora y las de los gerentes enviaban sus hijos a las mismas escuelas públicas primarias… y los padres en ambas familias jugaban golf… (p. 223)

Me interesa su opinión sobre los orígenes de la transformación entre esa visión idílica y la situación general actual
  • El sistema gringo de la época parecía ser razonablemente igualitario y quizá estable. Pero como pasa con todas las cosas buenas que provienen de la civilización industrial este proceso social ecualizador sufrió inesperados rendimientos decrecientes. Uno fue que las clases más bajas de la sociedad fueron capaces de imponer despóticamente sus preferencias a todos los demás, si acaso solo porque eran tantos y tenían tanto dinero que gastar. Empezaron a ocupar y modificar el ambiente gringo de una manera nunca antes lograda por las clases bajas en ningún país … empleando el principal artefacto de la civilización industrial para lograr esta conquista: el automóvil. Desfiguraron el paisaje físico y conquistaron el paisaje cultural gracias a una demanda infinita de entretenimiento banal, que fue satisfecha cínicamente por sus superiores sociales en la industria del cine y la televisión, que con el tiempo escondió la verdad y la belleza en las artes en un lugar tan subterráneo que su memoria, por no decir la verdad y la belleza mismas, son ahora quizá irrecuperables. El denominador común de los programas idiotas de la televisión, los anuncios infinitos, la manipulación eterna del consumo aplastaron democráticamente todo lo que aspiró a ser inteligente o independiente, principalmente en el pensamiento. (p. 224)

Quizá exagera, pero basta ver algo de reguetón para volver a creer en su idea. Y peor aún, luego de oír a Christiana Figueres ⎯en representación de las clases más altas del presente⎯ trivializar su capacidad de inteligencia e independencia me pregunto, con Kunstler, ¿tenemos alguna esperanza? ¿de veras hay algo qué hacer?

[1] Pude haber oído mal, o puedo estar exagerando. Pero, para salir de dudas pueden leer directamente sus conferencias gracias a la magia de internet. Chequen http://figueresonline.com/speeches.htm
[2] Véase http://www.ted.com
[3] Podríamos decir desparpajo en buen español, pero es que el yiddish su oye, a mi juicio, en el nivel peyorativo exacto.
[4] Este año cruzamos esta frontera en el número de pasajeros a nivel mundial (véase http://www.iata.org/pressroom/facts_figures/fact_sheets/Documents/industry-facts.pdf)