The Human Career: Human biological and cultural origins.
(La profesión humana: los orígenes culturales y biológicos de la humanidad)
Richard G. Klein.
The University of Chicago Press (2009)

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El paradigma científico postula la existencia de la realidad —no una realidad, sino la realidad—, y postula además que ésta es única y es cognoscible. Así nos educó la matemática —"el valor de pi […], que alguna vez fue presentado como constante y universal, es percibido ahora en su inescapable historicidad" dijo la burla de Sokal,† que era tan buena burla porque pi existe, es único y lo conocemos—, y nos lo han demostrado una y otra vez a lo largo de la época de oro actual de la humanidad la física, la química, la biología, la ingeniería, la medicina… Y mejor ahí le paramos porque empezamos a tener problemas conforme nos acercamos a la medicina ⎯la homeopatía no existe, pero cura⎯, la psicología, la sociología, la antropología social, la economía y la poesía moderna; en donde encontramos razones convincentes para discutir la existencia de una realidad y su cognoscibilidad. No me deja de preocupar el futuro de mi relación con mis amigamps de debate feminista luego de venir a contarles no sólo que existen razones convincentes para postular el origen de algunas de nuestras características como humanos —el bipedalismo, digamos— en la capacidad femenina de cuidar la prole y recibir alimentación de los machos —como si fuéramos curas del siglo… digo, de cualquier siglo—, sino además, de argumentar que es necesario conocer estos argumentos y, si se me permite la osadía, convencerlamps de que pertenecen a esa realidad única y cognoscible.

Confío en que estos postulados no se interpreten como un imperativo de lo humano. Quizás el peor error de la sociobiología sea encontrar en los acontecimientos del pasado una legitimación para las desigualdades del presente. Reconocer el peso de la biología en la generación de las características que nos definen como especie no significa reivindicar a la biología como el fundamento de las relaciones sociales. La naturaleza y la evolución nos brindan hechos que nos permiten explicar nuestra configuración como especie animal, como entidades biológicas que respiran, comen, defecan y se reproducen todavía como cualquier otro animal. Los significados de esas funciones, y las maneras en que la vida social y la cultura son capaces de construir esos significados, son otra cosa.

Pero si creemos en la evolución, tenemos que aceptar que lo que permite la existencia de una especie ⎯con todas sus características, que normalmente son biológicas, químicas y físicas, pero que en el caso particular y único del homo sapiens son también psicológicas y culturales⎯ es su eficacia para mantenerse viva y reproducirse en el ambiente que le tocó que la rodea. El largo viaje del homo sapiens, como el de cualquier ser vivo, empezó poco después del evento de la sopa primigenia hace más de tres mil millones de años, y pasó por la aparición de los primeros primates hace unos 65 millones de años, los primeros homínidos hace alrededor de seis millones de años, los humanos anatómicamente modernos hace ciento cincuenta mil años, los humanos conductualmente modernos hace cincuenta mil años y l@s químic@s teóric@s hace menos de doscientos años.

Así, también tenemos que reconocer que lo que hemos hecho en los últimos doscientos años ⎯o mil o diez mil o, incluso, cien mil si mucho me apuran⎯ ha tenido todavía poca influencia en nuestra fundamental conformación biológica, química y física, que depende de cosas que ocurrieron mucho antes. ¿Qué cambios en la conformación fundamental permitieron que los humanos hablen? ¿Por qué somos los únicos animales que hablan? ¿Qué cambios permitieron que los humanos caminen en dos pies? ¿Por qué en la actualidad somos los únicos primates bipedales? ¿Qué les pasó a los otros primates bipedales que no llegaron al presente? ¿Por qué, luego de pasar casi cien mil años encerrados en África, hace cincuenta mil decidimos poblar el mundo entero? Las posibles respuestas ⎯inconclusas, sujetas a verificación, quizás equivocadas, pero que sólo podrán ser reemplazadas por otras que expliquen todo lo que éstas explican⎯ involucran cosas que ocurrieron hace decenas de miles de años, cientos de miles de años y millones de años. Nuestras capacidades actuales nos permiten apenas atisbar desde muy lejos esos eventos antiquísimos.
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La revista Science forma, con Nature, la pareja de las revistas científicas más importantes del mundo. Publicar un artículo en Science puede constituir el máximo logro de una respetable carrera científica. La UNAM entera aparece en esa revista durante lo que va del siglo en 14 artículos, y solamente tres representan trabajo realizado mayoritariamente en México. Señalamos este dato para aumentar el efecto del siguiente informe: en el número del 2 de octubre de 2009, C. Owen Lovejoy, profesor de antropología en Kent State University, publica ¡ocho artículos!† Todos relacionados con los hallazgos y análisis de fósiles originalmente localizados en África del Este, a lo largo de más de siete años, en un esfuerzo internacional en el que Lovejoy ha participado como director. Los fósiles pertenecen al Ardipithecus ramidus y los sorprendentes hallazgos reorientan nuestras ideas acerca del origen de nuestra notable especie.

Para empezar, los hallazgos vuelven inútil la celebrada respuesta de Thomas Huxley ⎯el “bulldog” defensor de Darwin⎯ que prefería “ser descendiente de los monos que de un sabio que empleara su abundante talento para suprimir un debate”. Porque una de las primeras cosas que dejan claro es que no descendemos de los monos, por lo menos, no de los monos vivos en la actualidad. Y es que resulta que el Ardipithecus ramidus ⎯a quien ya empiezan a llamar “Ardi”, siguiendo la costumbre que llamó “Lucy” al Australopithecus afarensis que, por cierto, es descendiente de Ardi⎯ es un antepasado nuestro que caminó en dos patas en las que mantenía un pulgar oponible que le permitía, también, la habilidad de maniobrar en los árboles. Adicionalmente, a pesar de que no tiene los grandes dientes posteriores de Lucy, los cuales se han explicado como la adaptación a una dieta novedosa más abrasiva, comparte con ella la existencia de un canino superior pequeño, distinto a los gigantescos colmillos superiores del resto de los primates. Los monos actuales no caminan en dos patas y tienen caninos superiores grandes. La separación entre la rama de los homínidos y la de nuestros parientes más cercanos ⎯bonobo, chimpancé y gorila⎯, es decir, la existencia de nuestro último antepasado común ocurrió hace más de 4.5 millones de años, que es la antigüedad estimada de Ardi.

Más interesantemente, Ardi proporciona datos a la discusión de cómo evolucionamos hasta llegar a los seres humanos anatómicamente modernos desde hace más de cien mil años y cuya cultura data de hace más de cuarenta mil años. Porque el paradigma central de la evolución es la habilidad para sobrevivir y procrear. Y las características encontradas en Ardi señalan los caminos de la humanidad en esa dirección.
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La investigación arqueológica ⎯particularmente su subespecialidad, la paleoantropología⎯, como tantas otras actividades humanas, ha tenido un desarrollo exponencial en las últimas décadas. Los detalles relacionados con nuestra historia como especie, eso que Richard Klein llama la “carrera humana”, se amplian, ajustan y detallan ahora a gran velocidad. Además del quizá popular datado con carbono 14, contamos ahora con protactinio 231, torio 230, uranio 234, cloro 35, berilio 10, potasio 40, uranio 238 y rubidio 87. Por otro lado tenemos técnicas analíticas modernas como los métodos de luminiscencia y resonancia del espín del electrón ⎯esta última permite conocer cuándo dejó de renovarse el esmalte de un diente, o sea, cuándo murió el animal⎯ y la estratografía paleomagnética ⎯basada en los cambios conocidos del sentido del eje magnético terrestre. Finalmente, contamos con las capacidades del análisis de ADN mitocondrial que se ha aplicado recientemente a huesos arqueológicos.

Todo esto proporciona continuamente una pieza más al rompecabezas que hemos armado durante más de ciento cincuenta años para explicar la carrera humana. En el camino las ideas cambian, se generan debates apasionados y aparecen y desaparecen teorías. No es extraño, entonces, que uno de los libros de texto más empleados en la enseñanza de las múltiples especialidades que se mezclan en este armado de rompecabezas acabe de aparecer en su tercera edición,† exactamente veinte años después de que apareció la primera y diez después de la segunda; ni que las modificaciones a la nueva edición incluyan todo el texto, y que las referencias bibliográficas se hayan incrementado en mil setecientos artículos publicados en los últimos diez años ⎯para sumar ¡cuatro mil doscientas!

Entre las piezas del rompecabezas que se han añadido ⎯confiablemente por el momento⎯ se encuentra la certeza de que existieron humanos anatómicamente modernos desde hace más de cien mil años en África, y que, a pesar de ser idénticos físicamente a los siete mil millones de seres humanos que respiramos el día de hoy, su comportamiento era mucho más parecido al de sus contemporáneos neanderthales que vivían en Europa y Asia, que al comportamiento que empezaron a tener cuando salieron de África hace unos cuarenta mil años. Se sabe que los homínidos que habrían de dar origen a los neanderthales habían salido también de África hace entre uno y dos millones de años. Se habla entonces de dos eventos “Out of Africa” ⎯a partir de la novela de Isak Dinesen. Y desde luego, hay cosas que no se saben, y se discute si no se saben todavía o si no se sabrán nunca. Por ejemplo, qué fue lo que pasó hace cuarenta mil años que convenció por fin a los humanos de salir de África, luego de pasar más de sesenta mil años disfrutando del clima tropical, para ir a visitar Europa y Siberia, entre otros fríos lugares.

Estas novedosas técnicas analíticas permiten conocer historias apasionantes, como la hipótesis actual sobre el origen de nuestra capacidad para hablar. Como se sabe, el aparato vocal humano es muy complejo. Se sabe que la laringe de los bebés (humanos) está colocada en la parte alta del cuello, al igual que en los monos (bebés y adultos). Esta localización reduce importantemente la probabilidad de asfixia por broncoaspiración, ya que el canal de la alimentación y el canal de la respiración están alejados. Así es difícil que un bebé humano se ahogue con su comida. Pero por ahí del año y medio de edad, la laringe de los humanos baja y los dos tractos, el de la comida y el de la respiración, se juntan peligrosamente; ajuste que nunca ocurre en los monos. ¿Cuál es la ventaja evolutiva que proporciona esta notable deficiencia? La ampliación del espacio supralaríngeo permite la producción de un intervalo mucho más amplio de sonidos, entre los que están las vocales y las consonantes que, juntas o por separado, caracterizan todos los lenguajes conocidos y que son esenciales en la producción y decodificación del lenguaje articulado de gran velocidad; exactamente como es el de los humanos. Por otro lado, recientemente se ha podido identificar el gene que regula, parcialmente al menos, el lenguaje y el habla. Este gene estelar se conoce como FOXP2, y codifica la proteína reguladora que gobierna el desarrollo embrional de los circuitos neuronales relacionados con el lenguaje. Se han estudiado tres generaciones de una familia que tiene mutaciones en este gene, por lo que se conoce su importancia.† Como también se sabe, los genes tienen montones de segmentos que no contribuyen a la codificación. Pues resulta que en los humanos actuales estos segmentos inútiles varían de manera inusualmente alta, lo que se interpreta como que la parte que sí codifica se fijó en el gene recientemente. Un cálculo teórico estima que la fijación se hizo hace unos doscientos mil años. Júntese ahora estas dos hipótesis acerca del origen de la capacidad para el lenguaje de los humanos y compárese con lo que se sabe acerca de los neanderthales, es decir, que su base craneal era demasiado plana para permitir el descenso de la laringe que hay en los humanos adultos. La conclusión es que esto es consistente con la idea de que los Neandarthales no hablaban, al menos que no hablaban tan bien como hablamos los humanos, porque no alcanzaron a tener la estructura mecánica necesaria. Esa diferencia, la de no hablar tan bien como los humanos, puede explicar por qué desaparecieron en tan poco tiempo luego de la llegada de los homo sapiens a sus tierras.
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Los neanderthales están entre los homínidos favoritos de los paleoantropólogos. En parte porque los paleoantropólogos ⎯al igual que los neanderthales⎯ han sido mayoritariamente europeos y han buscado, encontrado y estudiado los restos fósiles en su territorio con mucha más dedicación que en otros lugares del mundo. También, porque fueron animales muy cercanos en forma y capacidad a los humanos actuales. Así es natural que surja la duda ⎯y la explicación⎯ de por qué los humanos actuales no tenemos un pariente más o menos cercano, a la manera en que lo tienen los perros y los caballos. Una explicación popular en el pasado fue que los neanderthales fueron esos parientes y que nos combinamos con ellos para formar a los humanos modernos. Otra explicación es que no tenemos parientes porque nos deshicimos de ellos a gran velocidad. El reciente desarrollo exponencial de las técnicas empleadas por los paleoantropólogos arrojan evidencia que orienta este debate.

Conocemos a los neanderthales desde que se encontraron fracciones de un esqueleto (un cráneo adulto y 15 huesos postcraneales), muy parecido al de un humano, pero también con diferencias indudables, en el valle del Neander, en Alemania, en 1856. De entonces a la fecha hemos encontrado gran cantidad de ejemplares

  • La muestra total de neanderthales suma en la actualidad unos 350 individuos en más de setenta sitios. La mayoría de ellos está representada sólo por fragmentos, que van desde dientes aislados hasta cráneos parciales o casi completos; pero en amplio contraste con la situación con respeto a homínidos más antiguos, algunos individuos están representados por esqueletos completos o casi completos, extraídos de las más antiguas tumbas intencionales que se conocen. (Klein, op. cit. p. 440)

El esqueleto de los neandertales, la única evidencia sobre su naturaleza que proporcionan los fósiles, indica que es un homínido distinto al ser humano actual, notablemente en la existencia de una protuberancia en el frontal —justo por encima de la cejas—, en el menor tamaño de sus antebrazos —mucho más cortos que el radio y cúbito de los humanos— y en sus antepiernas —muchos más cortas que la tibia y el peroné de los humanos—, y en la mayor anchura de su cadera y su tórax —cuerpo de bóiler, como dicen por ahí—. Esos son los datos de su anatomía. El resto de lo que sabemos de ellos es lo que podemos conjeturar a partir de las muestras de objetos relacionados con ellos que se han encontrado junto a sus huesos originalmente y, posteriormente, que se suponen suyos por la cercanía temporal y espacial con los objetos iniciales.

Para no aventurar de más, en lugar de asignar a los neanderthales todos los objetos que se encuentran así, se prefiere asignarlos a un tipo de “industria”. Así se denomina industria mousteriana —llamada así por el nombre del lugar francés donde se definió inicialmente— a la creación de las herramientas que se encuentran cerca de fósiles de neanderthales, y que incluye muchas herramientas de piedra, moderada cantidad de herramientas de hueso y escasas herramientas de madera —abundancias que se asocian con la durabilidad del material. La pura presencia de las herramientas de piedra permite saber, además de para qué se usaban y cómo se producían, de dónde las traían —algunas de ellas se encuentran en lugares muy alejados de una cantera adecuada— y permite especular cuánto podían desplazarse o intercambiar objetos entre sí los neanderthales.

La industria mousteriana permite saber que los neanderthales tenían menos habilidades y costumbres que los humanos modernos que los sustituyeron geográficamente hace alrededor de cuarenta mil años. No hay evidencia de adornos personales —pendientes o collares—, ni de instrumentos musicales, ni de representaciones artísticas —típicamente, pequeñas esculturas como la Venus de Lespugue (piedra) y de Kostenki (marfil) y el Hombre León de Alemania (marfil)— todo esto hallado cerca de homo sapiens datados alrededor de treinta mil años atrás. Sí enterraban a sus muertos, pero no los decoraban con adornos como nosotros. Comían mariscos, pero sólo en la época del año en que abundaban sobre el litoral. Llegaron lejos a partir de su origen africano, pero

  • [s]i nos basamos en la distribución de sitios conocidos, los mousterianos ocuparon sólo aquellas partes de Europa donde la temperatura promedio en enero supera -15°C. La gente del Paleolítico Superior [casi uniformemente homo sapiens] fue la primera en colonizar regiones mucho más frías, y lo hizo en tiempos glaciales en que las temperaturas promedio de enero eran comúnmente 50°C o más por debajo de las actuales. Los habitantes del Paleolítico Superior aparentemente fueron también los primeros en poblar las regiones particularmente inhóspitas de las latitudes subárticas y árticas del centro y norte de Siberia (por encima de 50°N de latitud) en donde, a pesar de esfuerzos intensos, no se han encontrado aún sitios mousterianos o anteriores. (Klein, p. 539)

Existe evidencia de la producción controlada y prolongada de fuego por parte de los mousterianos, pero no hay, ni de lejos, evidencia de su arquitectura. En cambio, ésta abunda para la gente del Paleolítico superior, lo que constituye otra evidencia de la gran diferencia biológica/cultural entre ambas especies de homos.
No nos deja de atraer la idea de que nuestros antepasados eran menos leones que hienas, es decir, menos cazadores que animales de carroña. Y desde luego, existe evidencia de que los mousterianos eran más carroñeros que sus sucesores. La cosa es un poco más complicada porque, como lo muestra cierta evidencia reciente, el trabajo del cazador está íntimamente mezclado con el trabajo del carroñero. Los hadza actuales del norte de Tanzania obtienen 80% de sus alimentos cárnicos de mamíferos grandes cazados con arco y flecha y 20% como carroñeros. Pero esta carroña a menudo se obtiene alejando a los leopardos, hienas o leones de sus víctimas, y si los cazadores originales no se quieren ir hay que ahuyentarlos o matarlos. Así es más justo hablar de carroñeros confrontacionales y tratar de medir si su acceso a los cadáveres es pronto o tardío. Hay claves para el antropólogo: el acomodo en el que se encuentra la parte del esqueleto fósil del animal, las edades de las presas al ser cazadas y la frecuencia y posición de las marcas del daño en los huesos. Klein tiene debilidad por los homos mousterianos y favorece la opinión de que eran más cazadores que carroñeros. Existen estimaciones de las edades a la muerte de los animales cuyos huesos se encuentran. Los búfalos morían o muy jóvenes o muy viejos, lo cual pone en duda la hipótesis de que fueran consumidos carroñeramente; los elands,† en cambio, eran consumidos a todas las edades, en números tan altos que sugieren el mecanismo cazador de aventar manadas enteras por un barranco.

Los huesos fósiles informan sobre los patrones anatómicos de los neanderthales. La frecuencia con que se han encontrado deformaciones traumáticas en los huesos sugieren conductas parecidas a las de los vaqueros de los rodeos actuales. Aunque también revelan características sociales parecidas a las nuestras. Los individuos cuyos huesos muestran patologías y traumatismos deben haber sufrido de incapacidades que los hubieran matado aún más temprano de no ser por la ayuda y el cuidado de sus camaradas.

¿Qué fue de los neanderthales? Una pregunta particularmente interesante es si hubo intercambio de genes y de cultura con sus contemporáneos, y a fin de cuentas, sucesores. La comparación entre el ADN de los humanos y el de los neanderthales —¡de veras!, en el siglo de oro de la humanidad se puede extraer ADN de la médula de los huesos fósiles— indica categóricamente que si acaso hubo intercambio, éste fue insignificante. Otra duda interesante es cuánto tiempo pasó entre la llegada de los humanos y la extinción de los neanderthales. Y aquí hay una discusión actual apasionante. Porque existe una industria, encontrada originalmente en la Grotte du Renne (Francia), que se conoce como la industria châtelperronian. Y es que es claro que los châtelperronios eran neanderthales ⎯como lo demuestra un fragmento de temporal juvenil, veintinueve dientes aislados y un esqueleto incompleto⎯, y en la Grotte du Renne se han encontrado artefactos de piedra y hueso que son quintaesencialmente Paleolíticos Superiores, o sea de los de homo sapiens. La conclusión es que hubo neanderthales que dominaron esa tecnología, que vivieron en Francia y que estaban ahí hace cualquier cosa entre 33 y 39 mil años. Aun luego de aceptar esta conclusión, queda la duda de cómo llegaron esos neanderthales a adquirir la tecnología: ¿la inventaron por su cuenta?, ¿la copiaron de humanos modernos?, ¿la robaron o fueron generosamente ayudados? No se sabe. Y lo que complica más esta conclusión es que no se ha encontrado más evidencias de neanderthales que dominaran la tecnología, lo que ha incrementado las dudas acerca de la adecuada caracterización ⎯entre 1948 y 1966, o sea en el Paleolítico en términos de la velocidad con que ha avanzado la tecnología arqueológica⎯ de los hallazgos de la Grotte du Renne.

Corresponde a la literatura responder si hubo Julietas Sapiens y Romeos Neanderthales. O quizá Prometeos.
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El paradigma central de la evolución, decíamos, es que la existencia de una especie se debe a su habilidad para sobrevivir y procrear. Ardi nos orienta sobre algunas de las direcciones que tomó la evolución, con respecto a las costumbres de nuestras especies de antecesores, direcciones que nos han traído hasta el presente, en el que podemos discutir matrimonios homosexuales e igualdad de género por primera vez en la historia de los seres vivos.

La inexistencia actual de especies de parientes cercanos nos obliga a informarnos sobre los caminos que siguió la carrera humana a partir de parientes lejanos existentes y de homínidos fósiles. Nuestros parientes existentes menos lejanos son los bonobos, los chimpancés y los gorilas. Nuestros homínidos fósiles más lejanos, antes de Ardi, es decir Lucy, son mucho más parecidos a nosotros que a los parientes existentes. Con esos datos, la hipótesis usual ha sido que los parientes existentes evolucionaron en la dirección que, pasando por Lucy, terminó en Thomas Huxley, por mencionar a alguien. Así se justifica el estudio detallado de las características de sobrevivencia y procreación de nuestros parientes lejanos. Y ahí se pone buena la cosa.

Empecemos con tres factores clave en la conducta reproductiva de los antropoides:† la competencia del esperma, la competencia macho-a-macho por la hembra y la ausencia de cripsis reproductiva. El primero significa que hay que acercar todo el esperma propio que se pueda al óvulo correspondiente. Se favorece esta competencia eyaculando mucho, con facilidad y con rapidez, e impidiendo que el esperma de otro individuo se acerque. La evidencia despacha abusivamente esta posibilidad en el humano: nuestras tasas eyaculatorias son un orden de magnitud menores que las de otras veinte especies de primates, nuestro semen no tiene la reacción coagulativa que produce un tapón en la vagina; tenemos, desde el punto de vista morfológico, el pene más simple, sin una superficie queratinosa que promueva la eyaculación veloz, como la tienen tantos otros primates y, para acabarla de amolar, somos el único catarrino que no tiene hueso en el pene. El segundo significa que los machos pelean entre sí por el acceso al óvulo correspondiente. En los primates, la principal manera de competir se realiza mediante la abundante exhibición del canino superior ⎯que alcanza magnitudes temibles en algunos primates. La evidencia despacha, aún más abusivamente, esta posibilidad en los humanos. El tercero se refiere a que las hembras primates muestran su disponibilidad de óvulos ⎯y los machos las detectan⎯ tanto visual como olfativamente. Las humanas tienen cripsis reproductiva, es decir que ocultan la disponibilidad de sus óvulos. Así, estos tres aspectos de la procreación de nuestros parientes lejanos no existen en los humanos. Los caminos evolutivos que hemos seguido nos alejaron en algún momento de esas costumbres.

Y aquí es donde el reciente hallazgo del Ardipithecus ramidus (Ardi) se vuelve muy importante. Porque cuando nos encontramos que el Australopithecus aferensis (Lucy) no tiene un enorme colmillo superior, adjudicamos esa carencia a que éste fue sacrificado para dejar espacio a los enormes molares ⎯necesarios para incluir en la alimentación cosas más difíciles de masticar, a diferencia de los chimpancés que mastican sólo fruta madura. Pero Ardi no tiene ni colmillos superiores enormes ni molares enormes. ¿Por qué perdió entonces sus colmillos superiores enormes?

Antes de postular la hipótesis que Lovejoy y sus colegas han ofrecido conviene pasar a otra de las características especiales de Ardi: su capacidad para el bipedalismo. De nuevo, ninguno de los parientes cercanos ⎯pero lejanos, como hemos visto⎯ contemporáneos del hombre son capaces de bipedalismo. Todavía más, desde el punto de vista mecánico, el bipedalismo es una mala idea, sobre todo para quienes vienen de andar en los árboles. No es tan difícil que un primate se levante en dos patas, pero de ahí a que camine ⎯o peor, que corra⎯ hay una buena distancia. Porque nuestras piernas son enormes ya que se desarrollaron para contener casi todos los músculos originalmente requeridos para trepar en los árboles. Nuestros músculos de la parte posterior del muslo ⎯los jamoncitos, hamstrings, como se les dice en inglés⎯ tienen que desacelerar la oscilación de la pierna a cada paso, y cuando corremos la inercia de la pierna puede ser tan grande como para desgarrar los músculos. Cuando levantamos una pierna perdemos su soporte y el soporte de la pelvis, y tienen que ser los glúteos los que estabilicen constantemente la pelvis y el tórax y nos impidan la caída.† Se ha postulado un buen número de hipótesis evolutivas ⎯a cual más ingeniosa⎯ para explicar el bipedalismo de los homínidos: el aumento de la habilidad para recoger frutas de los árboles más chaparros, la reducción en el área de la piel expuesta al sol al mediodía, la disminución de la energía necesaria para caminar a paso lento, la habilidad de ver con mayor claridad a la distancia, la facilidad de efectuar actos amenazadores en la disputa por recursos escasos. Y dejamos dos más para el final, porque tienen que ver con las hipótesis que Lovejoy postula a partir del hallazgo de Ardi: el incremento en la habilidad para cargar comida y llevarla a refugios o a otros miembros del grupo y la habilidad para cargar a los pequeños homínidos durante largas distancias.

Ahora sí sólo nos falta un detalle para llegar a las conjeturas que defiende Lovejoy. En algunos primates se observa el intercambio de derechos sexuales a cambio de derechos alimenticios:

  • …la estrategia frecuente del género Pan [chimpancés y bonobos] de intercambiar la cópula por comida importante (p. ej. carne o fruta especialmente valiosa con alto contenido en grasas y proteínas), particularmente si ésta requiere mucho tiempo para conseguirla. (C. Owen Lovejoy, op. cit. p. 74e5)
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Así llegamos a las conjeturas que defiende Lovejoy. Con base en la combinación de lo que sabemos acerca de la fisiología reproductiva de los mamíferos con el registro fósil de los homínidos, podemos suponer que en algún momento ocurrió una modificación fundamental en la estructura social de éstos. Modificación que redujo el conflicto macho-macho y concentró tres nuevas conductas: la posibilidad de transportar comida, la creación de parejas fijas y la cripsis reproductiva.

La bipedalidad permite el transporte de comida a largas distancias. Las hembras y su descendencia se benefician con la disminución del riesgo de depredación y los machos con la atención materna a su prole

  • …en esas circunstancias […] la formación de parejas temporales basadas en el intercambio de sexo por comida facilita el acoplamiento con machos eficaces como proveedores, en vez de con machos eficaces en la dominación o en la eliminación agresiva de los competidores como la que favorece la existencia de caninos enormes. (C. Owen Lovejoy, ibidem)

Los machos con caninos menores tienen más posibilidades de sobrevivir y reproducirse porque pelean menos y las hembras los eligen porque traen comida. Ambos ganan porque su prole gana. Los caninos desaparecen con el tiempo y todo lo que ayude a caminar y cargar comida se mantiene. Con la creación de parejas fijas ⎯basta con que sean temporales; la explicación de la pareja ligada hasta que la muerte los separe requeriría otros descubrimientos⎯, la cripsis reproductiva es una ventaja, principalmente como protección para ambos sexos frente a la infidelidad. Si las homínidas muestran su estro, los machos pueden ser infieles con homínidas distintas de las que los están esperando para comer, pero las homínidas pueden ser infieles con los machos que no fueron a buscar comida y se quedaron mostrando sus colmillos.
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Hace cuatro y medio millones de años existió un homínido del que descendemos evolutivamente los humanos. Las condiciones de su existencia favorecieron, por un lado, la desaparición de los enormes caninos superiores que exhibieron tantos otros antecesores del humano y que interpretamos con base en su función en otros primates contemporáneos nuestros; y por otro lado, la capacidad única de los humanos de caminar en dos pies. Estos datos son compatibles con la interpretación de que su efecto fue favorecer las posibilidades de supervivencia y reproducción de ese homínido y, a través de éste, de la humanidad. Los humanos anatómicamente modernos aparecieron hace más de cien mil años. Su época de oro, la que permite discutir ⎯y a veces ganar⎯ acuerdos para el equilibrio de género, tiene doscientos años si acaso. El largo viaje del ser humano ha recorrido un largo camino.